Teoría de curvas inteligentes (contra-hipótesis)

Un día me contaba un profesor de de universidad, compañero de Santiago, de la misma quinta y que había trabajado con él algunas investigaciones una anécdota sobre la forma de ser de mi amigo. Se encontró con Santiago en una investigación conjunta en un país sudamericano de varias universidades y entidades de investigación. Él iba becado por una universidad mexicana y Santiago venía de Estados Unidos.

Aunque no recuerdo los detalles exactos el tema de la investigación era estudiar los efectos sobre el organismo de la hoja de una planta que crecía en unas montañas de un país sudamericano (Ahora mismo dudo si era Ecuador, Perú o Chile). Parece ser que desde hacía muchos años en la zona donde se daba esa planta que la gente tomaba machacada y en infusión los casos de dolencias cardiacas y de cáncer eran muy inferiores a la media general del país. Por otra parte decían que se vivía más.

Cuando se formó el equipo internacional auspiciado por el gobierno de aquel país alguien propuso el método de estudio del que Santiago solía abominar: los grupos de control. Se trataba de darle a un grupo un preparado de la hoja triturada durante un tiempo y a otro grupo un placebo y estudiar coincidencias que se dieran en el grupo que tomaba la planta y no se dieran en el grupo de control que tomaba el placebo. Esta técnica solía tener dos ventajas: en primer lugar era muy simple y fácil de realizar y en segundo lugar les proporcionaba a los científicos una excusa para estar un tiempo viviendo en un buen hotel y cobrando dietas.

Me contaba este profesor que Santiago se cabreó bastante y por aquello de que eran dos españoles rodeados de extranjeros hicieron cierta amistad. Su idea era que ellos iban allí a hacer estudios “serios” para saber porque pasaba lo que pasaba. Al segundo día, cuando los demás estaban formando grupos de control él se fue a la zona donde se daba la planta y comenzó a preguntarles a los habitantes de una aldea. Preguntando enseguida llego a varias conclusiones. La primera es que la ingesta de la planta no era ni mucho menos algo general. Había quien la tomaba siempre, otros la tomaban algunas veces y había quien no la tomaba nunca. Así pues descartó que las estadísticas de infartos y enfermedades tuviesen algo que ver con la planta en si. Más bien, observando como vivían y que comían, pensó que se trataba simplemente de causas medioambientales y del hecho de que comían poco (que curiosamente parece que es el secreto para mantenerse joven) y hacían bastante ejercicio. También se dio cuenta de que sin embargo solían padecer muchas enfermedades que tenían que ver con la mala calidad del agua de los pozos.

Simplemente observando, me contaba este profesor que fue un par de veces con él a la aldea, se dieron cuenta de que veían a personas bastante mayores con críos pequeños. Al principio creyeron que se trataba de abuelos que cuidaban a sus nietos mientras los padres trabajaban pero luego descubrieron que no, se trataba de parejas bastante mayores que tenían niños. Curiosamente, en todas las parejas de este tipo de personas mayores que tenían niños al menos él tomaba estas plantas. Cuando preguntaron sobre el tema algún habitante le vino a decir que desde siempre se sabía que tomando las plantas la libido y la potencia sexual se mantenía hasta hacerse viejo.

Cuando regresaron comentaron con los demás investigadores que llevaban una semana atiborrando a unos cuantos tipos con plantas que dejaran de perder el tiempo. El profesor para ayudar al razonamiento de Santiago apuntilló el hecho de que lo único que parecía claro es que la planta era una especie de revitalizante natural y que probablemente tuviese efectos sobre la libido y la potencia sexual. Curiosamente Santiago replicó que nada de eso estaba probado y que simplemente podrían decir lo que vieron que es que había muchos viejos con hijos pequeños. Al día siguiente Santiago se fue. Cuando se encontró con el profesor le dijo “yo ya se lo que quería saber, esa planta no previene el cancer ni los infartos. Me llevo unas cuentas para analizarlas a ver si alguien puede demostrar que sirven para otra cosa. Lo que no entiendo es que nos hayan hecho perder el tiempo viniendo aquí sin preguntar a la gente”.

Muchos años después –me seguía contando este profesor- se desechó totalmente que aquella planta tuviese algún efecto preventivo sobre el cancer o las dolencias cardiacas pero un laboratorio la comercializó como sustancia principal de un compuesto revitalizante.

Estando en este punto, apareció mi amigo y cuando le contamos lo que me estaba contando torció el gesto. Era bastante habitual así que nos reímos. Entonces me dijo una cosa que siempre recuerdo: Una vez más, se reunieron un grupo de científicos para deducir algo que todo el mundo sabía. A veces creo que en la universidad debería haber una asignatura que se llamara algo así como “técnicas de interrogatorio” porque muchas cosas se descubren simplemente preguntando.

Como me gustaba picarle y encontraba pocos resquicios en sus argumentaciones, aproveché para reseñarle una incongruencia.

- Pero vamos a ver Santiago, tu siempre dices que eso de los grupos de control es una chorrada y no demuestran nada. Preguntando en realidad lo único que haces es acceder a una especie de grupo de control.
- Efectivamente, yo lo que digo es que un grupo de control no demuestra nada pero no que no sriva para nada. La cuestión es que preguntando se puede evitar perdidas de tiempo y, sobre todo, sirve para descartar líneas de investigación (como en este caso) o para abrirlas. De todas formas hasta que no demuestres como y porque sucede algo no puede decirse que hayas descubierto nada.
- Ya, pero en este caso descubristeis que la planta en cuestión era un revitalizante sexual.
- ¿Quien te ha dicho eso?, ¡jamas se ha comprobado!.
- Creí que se comercializaba como tal.
- Si, y yo no digo que no funcione, pero nadie pudo comprobar que tiene que ver o como funciona ninguno de los componentes de esa planta. Hubo un laboratorio que analizo la planta, descubrió que tenía un tipo de alcaloide y se dedico a unir puntos. Decidió que ese alcaloide era un revitalizante sexual pero, te insisto, nadie sabe si era verdad. De hecho, años después se dejó de comercializar.
- Y si no era eso, que pudo ser?.
- Puede que fuese la planta pero también puede que fuese la forma de prepararla. Por ejemplo, la planta se machacaba utilizando una especie de cuenco y maza hecha con rocas de la zona. A lo mejor tenia algo que ver las trazas de minerales que se mezclaban con las hojas. Vaya usted a saber.

De esa conversación, y de muchas más, fui extrayendo un par de enseñanzas. Una es que preguntando se descubren muchas cosas. Una versión del mucho más castizo “preguntando se llega a Roma”. La otra es que las cosas solo se demuestran cuando realmente se demuestran y no porque normalmente suceda, o parezca que tiene relación.

Hoy he leído que según “un estudio” (y lo entrecomillo porque en esto de los estudios soy muy escéptico sobre el hecho de que realmente se hayan hecho siquiera) las mujeres con muchas curvas tienen hijos más inteligentes. (http://www.chile.com/tpl/articulo/detalle/ver.tpl?cod_articulo=94344)

He descubierto, una vez más, que las dos grandes enseñanzas de Santiago se cumplen. En primer lugar, para llegar a tal conclusión podrían haber preguntado. Hace tiempo vi un documental donde unos tipos que iban buscando los secretos de la belleza fueron a una tribu perdida del interior de la selva amazónica. Su objetivo era simplemente preguntar a gente que no hubiese sido “contaminado” con las manías de las modas. La idea partió del hecho de que es evidente que los cánones de belleza han ido cambiando con el tiempo. Desde las “tres gracias de rubens” gorditas y blancas como la leche hasta las actuales modelos hasta arriba de rayos uva y esqueléticas.

Cuando por fin encontraron una tribu que supuestamente no estaba contaminada, preguntaron a los hombres enseñándole fotos y dibujos y todos sin excepción se ponían como motos al ver los dibujos del prototipo “Marilyn”. Era curioso ver como, al enseñarle fotos de algunas de las supermodelos más conocidas, los tíos ponían cara de asco. Cuando le preguntaron a los tíos porque les gustaban más las mujeres de caderas anchas o de muchas tetas contestaron que eran mejores madres. En realidad, eso es lo que decían en el documental pero yo simplemente les veía la carita de salidos.

Esos tios amazónicos no son especiales ni menos inteligentes que cualquiera de nosotros. A veces tenemos la tentación de confundir educación con inteligencia. No se quien fue el que me dijo que en realidad los tipos de la prehistoria (al menos de la prehistoria “más cercana”) eran igual de inteligentes que nosotros. Parece que, aunque nos guste pensar lo contrario, en eso no hemos evolucionado apenas.

Así pues, si hubiesen gastado un poco de tiempo en preguntar en la amazonía o en cualquier vagón de metro los sesudos investigadores habrían descubierto algo tan evidente como que a los hombres nos gustan las mujeres con curvas.

La segunda parte cumple con el corolario escéptico de Santiago. Bien, aceptamos que las mujeres con curvas son las que nos gustan e incluso (y aquí comenzamos a hacer esfuerzos) que los hijos de las mujeres con curvas son más inteligentes. Pero de ahí a pensar que la culpa la tienen las grasas de las caderas de las mujeres hay un trecho que sólo puede caminar sin dudas los que son perezosos para dudar (una gran mayoría que nunca ha hecho nada por la humanidad).

¿Quién ha descubierto exactamente la relación entre esas grasas y la inteligencia?. De hecho, quien sabe que es exactamente la inteligencia?.

De momento para mi eso no está demostrado y como no quiero dejar pasar la oportunidad de agregar un granito de arena al conocimiento científico mundial voy a exponer mi teoría, tan poco probada y tan factible como la otra.

¿No será que los hijos de las mujeres con curvas son más inteligentes porque sus padres fueron lo suficientemente inteligentes como para elegir a sus mamas?. Porque vamos a ver, a quien se tire a scarlett johansson podemos odiarlo cordialmente pero jamás negaremos que el tio, tonto, lo que se dice tonto no es.

Espero que “Evolution and Human Behaviour Society” me lo publique en su próximo número.

Física y química

En los vuelos nacionales, el hecho de viajar en clases bussines o en primera o en como quiera que se llame siempre me ha parecido un tanto snob. Y eso que yo, por razones obvias si tenemos en cuenta mi estatura, agradezco sobremanera el espacio extra entre butacas. Al fin y al cabo, excepto en el caso de Canarias, el tiempo de vuelo es mínimo y bastante soportable. No echo de menos que me hagan la pelota ni que me den vino ni tampoco el llamado “menú ejecutivo”. Es más, casi me molesta y me parecen ridículos esos pequeños privilegios que en definitiva se sustentan normalmente en disponer de quince centímetros más de espacio y a los sumo “disfrutar” de una butaca de piel ajada en cualquiera de los cutre-vuelos domésticos. Hasta la gente que viaja en esas míseras seis u ocho plazas me resulta desagradable. Un prejuicio como otro cualquiera acrecentado desde que me pasé un puente aéreo al lado de un insufrible intelectual anteriormente conocido como “el rey del pollo frito” que con su tonillo autosuficiente y su deje barriobajero humillaba a todo el que podía por culpa del retraso.

Sin embargo, cuando el viaje es internacional, y en concreto cuando se trata de cruzar “el charco” la diferencia es abismal. Para mi desgracia, lo pude comprobar hace poco ya que hasta ahora se había dado la curiosa y feliz circunstancia de que cada vez que viajé a América lo había hecho en primera clase (o bussines) por cortesía de la empresa de turno. Así pues, hasta ahora yo pensaba que un viaje trasatlántico era pesado por la duración pero relativamente cómodo. Lamentablemente, una de las consecuencias de ser emprendedor y cambiar el rol de “consultor” por el de empresario currante ha sido la haber echado trece horitas en el asiento central de un grupo de tres con la piernas encajonadas en los veinte centímetros que amablemente nos ofrecen entre asiento y asiento.

No soy yo de dormir en los viajes, pero en este caso, además, era físicamente imposible. Para colmo de males, ni siquiera podía ver el documental y la película que echaban en el video porque la pantallita que le correspondía a mi fila no funcionaba. Tampoco soy de los de sacar la PDA o el portátil a pasear en cuanto lo permiten.

Por aquello de hacer tiempo me propuse, como suelo hacer a veces, plantearme un problema e indagar entre distintas teorías para buscar soluciones. Es un hobby raro que tenemos algunos tipos raros. En este caso, por razones para mi muy evidentes y que el lector deberá adivinar, me propuse investigar sobre que es y en que consiste el amor.

Severo Ochoa dijo una vez que el amor es física y química y existen bastantes teorías científicas sobre los efectos que se producen a nivel físico en el cuerpo humano (y en el de algunos animales) cuando una persona se enamora. Yo me he enamorado muy pocas veces pero los efectos son evidentes. Es lo que mi hermana llama esa especie de “ridícula estupidez maravillosa”.

En los últimos años Internet se ha cargado muchas de las teorías que se abrían paso y que se basaban en una especie de contagio físico. Con la cantidad de enamoramientos virtuales que hay cada día (ya casi es raro encontrar una pareja que no se haya conocido por la red) es muy difícil sostener eso de que hay un bichito (en forma de feromona o de cualquier otra cosa que termine en “mona”) que se transmite por el aire y que te afecta cual resfriado mañanero.

En realidad, mi objetivo no era descubrir que es el amor tal cual. No tengo previsto atacar el premio Nobel hasta que mis canas me den cierto toque de distinción y produzcan el respeto necesario, así que mi curiosidad se limitaba a intentar descifrar porque me enamoro o, para ser más exacto aún, porque no me enamoro.

A decir verdad, la excusa del medio día de viaje tampoco hubiese sido necesaria. Volvía de un país maravilloso mientras el payaso que lo comanda y cuyo único mérito en la historia será el de haber inventado el concepto de “golpe de estado progresivo” volvía a sacarnos de dudas sobre el hecho de que es un bocazas. Un país donde vive una mujer que siempre consigue desconcertarme.

Ya me referí a ella en un post hace mucho. Se trata de una mujer a la que es imposible encontrarle un “pero” y que siempre me hace plantearme cuanto de lógico, o cuanto de ilógico hay en el amor. En definitiva se trata de una mujer a la que quiero muchísimo pero de la que nunca he estado enamorado. Lo curioso es que por más que lo analizo no lo entiendo. Ya sé que lo fácil es apuntarse al ramalazo romántico y concluir algo como que "el amor es mágico" o que nadie puede entenderlo pero es que yo soy de la vertiente lógica-determinista que piensa que todo tiene una explicación incluso aunque sea imposible (o improbable) conocerla. Es parte de mi encanto.

Ya he dicho alguna vez que, al contrario que la mayoría de las mujeres, yo no soy capaz de identificar las características que debe tener mi pareja ideal. En cualquier caso, si me esforzara mucho en definir lo que para mí es una mujer perfecta creo que me saldría un retrato robot muy similar al de mi querida amiga (lo que por otra parte me hace pensar que eso de los retratos robots no es muy fiable).

En primer lugar se trata de alguien que me quiere con locura. Ni yo mismo lo entiendo pero es así. Esta enamorada de mí desde que me conoce hace ya más de diez años. A veces yo he pensado que sólo era una forma de hablar pero situaciones que sería muy largo de explicar me han confirmado que efectivamente es así. Cuando yo la conocí, llevaba poco tiempo con Ella. En cuanto la cosa parecía ponerse “sería” se lo dije y ella asumió una especie de rol de “secundaria” que jamás le pedí ni alenté. De hecho no fue mi amante jamás. Simplemente ella solía decirme que estaríamos juntos en la otra vida.

Aparte del hecho (no precisamente menor) de que ella sí que está enamorada de mí lo cierto es que es difícil encontrarle un aspecto o faceta mediocre a esta mujer. No quiero extenderme demasiado porque las contadas ocasiones en que he hablado de ella (básicamente a dos amigos) yo mismo tenía la sensación de que más que hablar de una mujer real hablaba de un prototipo. Una mujer culta e inteligente, independiente, triunfadora en los negocios, socialmente bien situada por su familia y profesión, cariñosa, sensible y simpática. Físicamente tal vez sólo tenga un defecto que me hizo ver no hace mucho mi amigo Putero: Esta demasiado buena. Mi amigo Puerto se refería a una de sus amigas argentinas cuyo único defecto (desde un punto de vista físico) es que estaba tan buena que era imposible que no llamara la atención y era embarazoso salir con ella. Es un defecto que sólo un hombre puede entender. Pues bien, mi amiga, aunque es bastante cosmopolita y elegante y para nada intenta llamar la atención, es imposible que no lo haga.

La cuestión es que aprovechando algunos viajes agrupados por trabajo he pasado una semanita con ella. Mitad en su ciudad y mitad en una casita frente al mar en una isla paradisíaca. Todo perfecto. Tal vez hasta demasiado perfecto. Transcurrida la semana, me acompañó al aeropuerto y, cuando me despedí me di cuenta de que, con todos los bonitos recuerdos y el cariño que le tengo, seguía sin estar enamorado. Ni tenía el irrefrenable deseo de volver a verla ni por supuesto me planteaba pedirle que se viniera conmigo (me consta que lo haría). En definitiva, ninguna de los síntomas tan fácilmente reconocibles del enamoramiento. Sólo me quedaba, una vez más un cariño inmenso y muy especial pero poco más.

No consigo identificar como o qué debe suceder para que me enamore. Y el caso es que yo si creo que el amor, como todo en esta vida, es una cuestión de física y química. El hecho de que no sepa porqué sucede no quita para que crea que debe haber algún factor o una combinación de ellos que lo consiga.

Repase mentalmente una y otra vez las contadas ocasiones en que si que me he enamorado y busqué un denominador común. Alguna vez encontré alguno pero lo descarté ya que también se daba en mi amiga. Eché de menos mi cuaderno de cuadritos para garabatear mientras mis neuronas hervían pero no conseguí resultados siquiera aproximados.

Enfrascado en mi investigación, me propuse volver a hacer memoria e intentar recordar no sólo el momento en que conocí a mis amores y cuando sentí que estaba enamorado. Es curioso pero mi primer amor. Ese que todos tenemos y al que le guardamos un cariño muy especial fue un amor a primera vista. Con apenas trece años entré a comprar un cuaderno a una papelería y vi a una niña rubita de la que me enamoré en el acto. Posteriormente, en los siguientes seis años estuvimos juntos en tres ocasiones distintas. Pasado un tiempo me la encontré cuando iba a la universidad. Ella estaba comprometida y con fecha de boda fijada. Nos encontramos (lo nuestro tiene que ver con el arte de imprenta) en una tienda de fotocopias y nos tomamos un café. Al cuarto día consecutivo de vernos “de forma casual” me dijo que teníamos que dejar de vernos porque se estaba volviendo a enamorar y no podía permitírselo. Aún hoy, con veinte años que no se de ella, tengo la sensación interna de que si mañana nos encontrásemos me volvería a enamorar. Quien sabe, a lo mejor es que nunca me “desenamoré”.

Cuando iba a repasar la segunda mujer verdaderamente importante en mi vida escuché al comandante avisando que en diez minutos aterrizaríamos en Madrid. Pensé en lo curioso que era que un vuelo de trece horas se te haga corto.