Rutina, dulce rutina

Dicen que a los autistas (por cierto, no se muy bien porque siempre se habla de niños autistas cuando imagino que también habrá adultos autistas) necesitan la rutina. En realidad yo creo que todos necesitamos la rutina o al menos eso me parece a mí (y soy una de las personas más cualificadas para hablar en mi nombre, después de mi madre). A lo mejor es simplemente que yo soy un poco autista (lo cual explicaría muchas cosas, por cierto).

El caso es que la rutina se vende muy mal y por eso esta minusvalorada. Suele suceder que cuando alguien habla de rutina se refiere a ella en términos despectivos. Yo no (vale, soy raro). A mí me gusta la rutina, o mejor dicho MI rutina. La razón es obvia. Mi rutina no es otra cosa que el conjunto de lo que yo he decidido hacer en la vida. Hay gente que vive la vida que no quiere. Yo he decidido vivir la vida que quiero. Esta decisión no es fácil. Suele ir acompañada de problemas derivados de la incomprensión y/o la envidia de la gente que no está dispuesta a admitir que a ti te guste vivir como vives.

No hace demasiado, en esas pequeñas islas de imposición que salpican mi preciada rutina (esta vez en forma de comida de navidad con clientes o proveedores), surgió un ejemplo.

Alguien se quejaba de lo estresante de nuestra forma de vida y de, como no, lo rutinaria de nuestra actividad diaria. Inmediatamente comenzó a glosar las grandes ventajas de la vida que se hacía en los pueblos y, en concreto, de la vida que él hacía en vacaciones cuando se iba a una casa en un pueblo donde, se despertaba con el canto de gallo, daba paseos por los trigales y pastoreaba ovejas y vacas con una ramilla en la boca. Aunque estoy intentando moderar mis ganas de discutir, un tópico tan típico como este es como si a Ronaldinho (en horas bajas el pobre) se la ponen botando en el punto de penalti. Así pues no aguanté más y lo tuve que decir.

- Pues a mi me encanta la (mí) rutina y desde luego no la cambio por esa otra que, por cierto, no deja de ser pura rutina.

Como no podía ser de otra forma, mi afirmación causo estupefacción entre la concurrencia. Uno de ellos incluso se atrevió a más y olvidó las generalizaciones.

- Pues que quieres que te diga, no creo que seas tu precisamente el más indicado para decir eso.
- ¿Porqué?
- Tu mismo me dijiste que llegabas a la oficina tempranísimo.
- Cierto, normalmente a las siete.
- Y quieres convencerme de que es mejor levantarse a las cinco y media o seis y hacerse treinta kilómetros para ir a una oficina que levantarte con el canto del gallo?.
- Por supuesto, podría decirte que lo mejor de mi jornada es precisamente cuando llego a hacer un trabajo que me gusta pero es que, incluso eso que tu has descrito de forma tan despectiva y que es mi rutina mañanera a mi me apasiona. Se trata de una pura cuestión descriptiva.
- Y ¿cómo podrías describirme tu esa rutina según tu apasionante?.
- Simplemente describiéndola detallada y objetivamente.
- Pues descríbenosla, seguro que todos estamos interesados.


Bonito reto el de describir mi rutina mañanera. Bonito pero fácil. Es lo que tiene la rutina, que es tan evidente para el que la cumple que es fácil de detallar. Así pues, procedí.

Verás, yo me suelo despertar a las seis menos cuarto escuchando música. Depende de la época pero ahora me ha dado por despertarme escuchando “la chica de ayer” de Antonio Vega (Nacha Pop). Una vez despierto, me voy a la ducha que está convenientemente climatizada gracias al programador. Ahora que hace frio esta calentito. Y procedo a la ducha matutina que suele ser larga, con agua muy caliente y crema de ducha abundante. Más tarde, después de afeitarme y echarme crema me embuto en mi albornoz calentito (para eso tengo una percha calefactada) y me dispongo a desayunar.

Aquí mi rutina se disocia. Hay veces que opto por un café cortado con leche, un zumo y un par de tostadas con tomate y aceite. Pero eso sí, en este caso el café debe ser Nespresso (wath else?) que ofrece una espuma y un sabor inigualables, y los tomates deben ser de la variedad “Raff” que, por si no lo sabeis, es una variedad salvaje que aún sabe a tomate.La otra opción, relativamente reciente y muy apreciada en mañanas frías, es la de hacerme unos churros acompañados en este caso por el reglamentario chocolate a la taza. Aparte del sabor y de lo bien que sienta por la mañana, este desayuno me trae recuerdos de mi infancia cuando, los fines de semana, mi padre traía churros de la churrería/freiduría del barrio. Hablo de churros calientes y recién hechos por supuesto. Yo en eso soy muy de mi pueblo.

Posteriormente, me visto y bajo al parking a por mi coche. Por si no lo sabéis, a mi me encanta conducir y los coches. Es lo suficientemente temprano como para que conducir no se convierta en sufrir de los nervios en el atasco así que suelo aprovechar para pasear tranquilamente en algunos tramos y jugar con el volante y el pedal en otros. Me encanta el tacto del cuero del volante y del pomo del cambio. Por supuesto, siempre conduzco con la ventana subida, el climatizador encendido y la radio puesta.

Durante el trayecto, en el que no ocupo más de veinte minutos, escucho la emisora de “Intereconomía” y me voy enterando de las noticias y de los mercados asiáticos. Últimamente me ha dado por conocerlos más y en algún caso que sería largo de explicar incluso me ha sido útil y beneficioso. Sé que os parecerá raro pero me gusta ir enterándome de las noticias. A esa hora suelen hacer un repaso de las noticias en los principales periódicos. Pero cuando estoy llegando, aún queda uno de los mejores momentos.

En esta emisora también deben ser unos amantes de la rutina y todos los días (todos) a las siete menos cinco y hasta el boletín de las siete solo ponen música y siempre es la misma. Podría parecer cansino, pero uno (o al menos yo) no se cansa jamás después de haber descansado, haberse duchado y haber desayunado bien, después de veinte minutos de conducir, de escuchar a Pavarotti cantando “Nessum Dorma” que, aparte del tan apropiado título para las horas que son (¡Nadie duerma!), es particularmente revitalizante. La radio es tan previsible que siempre me da tiempo de liberar al macarra que llevó dentro y desde la intimidad de mi soledad y con la complicidad de la noche aprovecho para subir el volumen a tope de forma que el torrente de voz de Pavarotti me inunda completamente haciendo retumbar los cristales. Día por día, a pesar de la rutina, el efecto suele ser el mismo. Los vellos de punta y la lágrima a flor de piel. Con minutos de diferencia, el final de la música, y el inicio del boletín de noticias coincide con la llegada a mi destino donde, con las pilas cargadas aún, me dispongo a servirme el primer o segundo (depende del desayuno elegido) café de la mañana. Y aún me queda un día entero para divertirme.

Así pues, me reitero en mi amor por mi rutina. Y tal vez por eso odio las fiestas especiales. No pretendo convencer a nadie de que adopte mis costumbres. Cada uno debería estar contento con su rutina. Incluso sobre la marcha se me ocurre que no existe mejor descripción de felicidad. Así pues, no soy proselitista pero que nadie me venga hablando de la mierda de vida que tengo porque es la que he elegido.

Y tal vez si, puede que haya a quien le encante levantarse con el estridente canto del gallo, lavarse en el agua helada del río, notar el picor del polvo de trigo en los ojos y sentir el inconfundible aroma del ganado y se entusiasme con la increíble variedad de matices del balar de las ovejas o el mugir de las vacas. Pero a mí no. Yo tengo mi rutina que es la que disfruto. Y para mi es inconcebible compararlas.

Porque que yo, antes de comenzar propiamente dicho mi hobby (mi trabajo) disfruto de la caricia del agua caliente y la crema sobre mi piel, paladeo la untuosidad de la espuma del mejor café, saboreo el frescor salvaje del tomate silvestre o, tal vez, me reconforto con los calidos recuerdos que me ofrecen el sabor de la masa frita y el aroma a chocolate caliente, disfruto el tacto del cuero y la sensación de independencia que me otorga la potencia de mi coche y mientras conduzco, doy un paseo virtual por los parajes del exótico oriente a la vez que me instruyo e informo y, para finalizar, me estremezco y siento erizar el vello con la música de Puccini y la voz de Pavarotti.

Cuando terminé de explicarme la mayoría se sonrió pero me fije en una chica que estaba en otra mesa y que, evidentemente, había atendido a mi argumentación como si estuviera en la nuestra. Su expresión era sugerente. No era por mí, yo creo que era por lo que acababa de explicar. Será que además, mi rutina es sexy.



PD: ya que estamos en estas fechas tan especiales y que, por pura coherencia con mi post, tanto me joden aprovecharé para desearos a todos que en el próximo año consigáis hacer de la felicidad una pura rutina. Y para acompañar el deseo, os dejo con un trocito de mi rutina mañanera.

Ante-cita, cita, post-cita y contra-cita

Hace un tiempo conocí a una pareja famosa. O mejor dicho, una pareja de famosos. Él famoso (relativamente) por humorista. Ella famosa (relativamente) por haber sido modelo y presentadora de televisión ocasional. He de reconocer que yo no sabía quien era ni ella ni él y fue mi acompañante la que me instruyó. Es más, a día de hoy, jamás he oído hablar ni de él ni de ella. Para los efectos de este post los reconoceremos como famosos.

Se trataba de una cita de “parejas” para ir a tomar unas tapas. Nada espectacular. En la preparación previa y durante el camino en taxi (llamaremos a esta fase la ante-cita), aparte de informado sobre el hecho de que eran famosos, fui convenientemente instruido para no pedirle al tipo en cuestión que contara un chiste puesto que era algo que no le gustaba y le pasaba continuamente.

Eso demuestra claramente que mi acompañante era una acompañante ocasional porque cualquiera que me conozca un poco sabe que yo no soy de pedir que me cuenten chistes a nadie y mucho menos a alguien que se dedica a ello. De hecho uno de mis amigos de verdad, aparte de otras cosas, se ha dedicado profesionalmente al tema y jamás le pido que me cuente un chiste. Me los cuenta por cojones (o como se diga).

Poco después mi interlocutora, intentando aportarme más sabiduría popular según íbamos a la cita, me contó que la mujer en cuestión se había operado y tenía unas tetas perfectas lo cual “le facilitó bastante su carrera profesional” en ese tono de “franca admiración” que utilizan las mujeres para hablar de las “tetas perfectas” de sus amigas. Pensé que iba a pedirme que no le pidiera que me enseñara las tetas. No lo hizo y suspiré aliviado disfrutando la pequeña satisfacción interior que te da el saber que tienes permiso para hacer algo, aunque después no lo hagas.

Así pues, puesto que yo no tenía ni idea de quien eran (a pesar de insistirme en que salían mucho en la tele) me iba haciendo una composición mental formada por un tipo gracioso y una niña mona. La tarde de tapas se evidenciaba cada vez más prometedora.

Aunque me da vergüenza admitirlo, debo decir que añadiendo “postjuicios” a mis prejuicios pensé que el tipo sería ocurrente e imaginativo y la señorita bastante insulsa. Suelo presumir de mi capacidad de juicio sobre las personas, pero nunca he dicho nada sobre mi capacidad de prejuicio.

Nada más llegar (fase que podríamos llamar la cita propiamente dicha) me sorprendió una pareja bastante heterogénea. Para empezar, el vestía de forma impecable, con cierto aire deportivo pero impecable dejando bien claro que se trataba de alguien que cuidaba mucho ese asunto. Ella no. No es que fuese vestida en bata pero poco le faltaba. No soy un gran amante del maquillaje y el arreglo excesivo pero me llamó la atención que, siendo por lo visto modelo y presentadora, saliese a tomar unas tapas vestida así (obviamente no recuerdo como, pero si la sensación que me produjo). Mucho más viendo lo esmerado del vestuario y colección de complementos de su pareja. Otra cosa que me sorprendió en un primer momento es que yo me esperaba un monumento de chica y era una chica bastante “normalita”.

Durante el tiempo que estuvimos juntos (de tapeo por el centro) terminé de sorprenderme. Mientras la chica era una mujer increíblemente agradable, simpática y ocurrente, el tipo era decididamente insoportable, agrio y nada elocuente. De hecho me era dificil encontrarle la gracia que, supuestamente, le había encumbrado como "famoso" .

Despues de despedirnos de ellos (en lo que llamariamos la post-cita), mi acompañante demostró ser tan poco apropiada para mí como para caer en el tan manido tópico y la tan común equivocación de creer que, en realidad, el hecho de que yo me pasara la tarde hablando con la chica se debía a sus tetas (por cierto, perfectamente disimuladas en un jersey bastante horroroso) y no a su conversación amena e inteligente. Imagino que echarle la culpa a mis instintos masculinos sobre las tetas falsas de su “amiga” era mucho menos humillante que entrar en comparaciones odiosas sobre quien era más interesante. Creo que nunca conseguiré hacer creer a las mujeres esa famosa frase de "tiran más una sonrisa deliciosa y una charla amena que dos carretas". Cada uno lleva su propia cruz.

De aquella tarde-noche (que no pasará a los anales de mi intrahistoria personal), me quedó la duda de que habría visto aquella chica en ese tipo y también de cómo un prejuicio puede verse mancillado tan fácilmente.

Aquello pasó, y hace unos días, mientras hojeaba unos libros en un Vips alguien me dio un golpecito en la espalda.

- Hola, tu eres Tito verdad?
- Pues si.. y tu eres…. No me lo digas… bueno si, dímelo.

Era la chica en cuestión. La “modelo y presentadora” que increíblemente (estas cosas siempre me sorprenden) se acordaba de mí. He de decir que esta vez su apariencia encajaba más con el tópico que se le supone a una señorita de buen ver. Aún así, a mi me agradó volver a recordar su sonrisa. Dos minutos de charla forzada fueron suficiente para recordar aquella tarde y la sensación que me dejó.

Tal y como ella y una amiga se metían en la cafetería yo abrí un libro con citas por una página cualquier y encontré una en ingles que decía algo así como:

Mi padre me dejó sólo dos cosas: un violín y un cuadro. Resultaron ser un Rembradt y un Stradivarius. Para mi desgracia, los violines que hacía Rembrandt eran pésimos y los cuadros de Stradivarius realmente horrorosos.

La cita me pareció genial, pero rápidamente me acordé de la historia con el “gracioso insoportable” y la “modelo inteligente” y pensé que tal vez abusamos de los prejuicios demasiado. A esta parte de reflexión le llamaré la contra-cita (el avispado lector observará el bonito juego de palabras, para el no avispado aquí dejo un paréntesis explicativo). La cuestión es que una cosa es por lo que seas conocido y otra cosa es que sólo seas bueno en eso.

Porque, vamos a ver, ¿quién puede asegurar que Rembrandt no hacía buenos violines o que Stradivarius no tenía una sensibilidad especial para pintar bodegones?.

De hecho yo, sin ir más lejos, puedo hablar por mí mismo. A pesar de que es bien conocido que soy bueno en casi todo, soy excelso cuando se trata de no hacer nada.

Discusión (análisis o comparación de los resultados de una investigación, a la luz de otros existentes o posibles) interna.

Cuando yo era un chaval recuerdo que mi madre me enseñó un papel que le habían enviado desde algún sindicato de profesores. El texto iba en contra de una de las múltiples reformas educativas y ponía como ejemplo un posible problema de matemáticas. Con ayuda de “san Google” he encontrado algunas versiones de aquella carta que leí. A continuación reproduzco una de ellas:


ENSEÑANZA TRADICIONAL DE 1965:Un campesino vende un saco de patatas por 1000 pts. Sus gastos de producción se elevan a 4/5 del precio de la venta, esto es, a 800 pts. ¿Cuál es su beneficio?


ENSEÑANZA MODERNA DE 1970:Un campesino cambia un conjunto P de patatas por un conjunto M de monedas. El cardinal del conjunto M es igual a 1000 pts., y cada elemento vale 1 pta. Dibuja 1000 puntos gordos que representen los elementos del conjunto M. El conjunto F de los gastos de producción comprende 200 puntos gordos menos que el conjunto M. Representa el conjunto F como subconjunto del conjunto M y da la respuesta a la cuestión siguiente: ¿Cuál es el cardinal del conjunto B de los beneficios? Dibuje B con color rojo.

L.O.G.S.E.:Un agricultor vende un saco de patatas por 1000 pts. Los gastos de producción se elevan a 800 pts. Y el beneficio es de 200 pts. Actividad: Subraya la palabra "patata" y discute sobre ella con tu compañero.


En realidad lo de LOGSE es por obra y gracia del blog del que lo he pillado porque la que yo leí con el mismo ejemplo se refería a una de las primeras reformas de los años ochenta.

Para darle un toque aún más esperpéntico, en este mismo sitio aún llegan más lejos proponiendo el siguiente corolario:


LA PRÓXIMA REFORMA:"El tio Evaristo, lavriego, burges, latifundista espanyol, facista, espekulador i intermediario es un kapitalista insolidario y centralista q saenriquezio con 200 pelas al bender espekulando un mogollon d patatas". Bibe al hoeste de Madri, esplotando ha los magrevis, lleba asus ijos a una esjuela de pago. Analiza el testo, vusca las faltas desintasis, dortografia, de puntuacion, y si no las bes no t traumatices q no psa nada. Ejcribe tono, politono o sonitono con la frase: ?QUE LISTO EL EBARISTO? y envía unos sms a tus colejas comentando los avusos antidemocraticos de Ebaristo i convocando una manifa espontanea n señal d protesta. Si vas a la manifa sorteamos un buga guapeao. Pasalo.


Aquí se ve un cierto tufillo ideológico del autor de este blog (o más bien del autor de la gracia) que tiende a mezclar el culo (la evidente carencias de la educación actual en determinadas facetas) con las témporas (pelín toque de crítica a la progresía y a la emigración).

Bueno, y ahora, cuando la mayoría de los mortales blogeros darían por finalizado el post, comienzo yo el mío. ¿a que viene todo esto?. Pues que durante unos días me he encontrado inmerso en una de esas inacabables discusiones con una de las pocas personas que consiguen sacarme de quicio: yo mismo.

La cuestión es que hace tiempo, cuando era una adolescente llegué a un acuerdo conmigo mismo. Por una parte, a mi tierna edad de diecisiete años, y aún siendo consciente pleno de haber alcanzado el summun de la sabiduría sobre la vida, me planteé tratar de no ser injusto con los “puretillas” y viejales de más de treinta años. A cambio, firmaría un compromiso de que cuando llegara a esa increíble edad de más de treinta años (por aquel entonces pensaba que en el dos mil tendría treinta y cuatro años y me parecía increíble que alguna vez llegara) no sería ese tipo de viejos que critican de forma inmisericorde a los jóvenes sólo por serlo.

Como dice en Sabina en su canción “yo siempre cumplo los pactos y más si son entre caballeros” así que desde siempre he intentado ponerme en la piel de los adolescentes, o al menos, intentar entenderlos y no criticarlos porque sí. Un ejemplo de la injusticia que todos a menudo cometemos la tenemos cuando criticamos el botellón, o que los chavales de hoy en día “se ponen hasta el culo”. La última vez que escuché algo similar fue en una reunión de amigos a los cuales, uno por uno, yo he visto más de una vez cerca del coma etílico, o fumándose hasta los hilos de los plátanos (todavía tengo curiosidad por saber quien fue el cachondo mental que se inventó que esos hilillos resecos colocaban).

En mi última discusión y fuente de inspiración de este blog ligero, breve y conciso a juego con los dulces típicos de las fiestas que se avecinan, se me ha ocurrido plantearme si realmente los chavales de hoy en día (y en el término chavales creo que podríamos agrupar a los estudiantes de colegio, instituto y universidad) están tan poco preparados como parece o en realidad todo es una pura exageración y en realidad lo que sucede es que nos jode que, además de jovenes, sean más listos que nosostros (la generación de los maduritos interesantes).

Si me pongo a hacer recuento de argumentos (razonados o no), por una parte tengo el compromiso moral adquirido con mi otro yo adolescente que aún tiene vigencia (intenté escaparme de dicho compromiso alegando que cuando se hizo el pacto yo llevaba una cazadora con hombreras pero no prosperó la moción) y que me impide criticar y menospreciar a los jóvenes por el mero hecho de ser jóvenes. Por otra parte, yo siempre he sido un progresista convencido. Cuando hablo de progresismo no hablo de opciones políticas. Simplemente creo en el progreso del hombre y en que, en general, todo tiempo futuro será mejor. Hasta ahora siempre ha sido así. De hecho, si preguntamos a los abuelos nos dirán que en su tiempo si que se divertían cuando, objetivamente hablando, es fácil demostrar que, en todos los aspectos vivían mucho peor. Para terminar, hay que tener en cuenta que un intelectual de la talla de Zapatero acaba de sentenciar que nunca como hoy han estado los españoles tan bien formados. La verdad es que este último no se si es un factor a favor o en contra. De momento lo coloco aquí y que cada uno lo valore en su justa medida.

En contra de esos argumentos positivos tengo la evidencia empírica en varios aspectos de mi vida personal y profesional. Yo trato a menudo con recién licenciados en carreras del área de las ingenierías, ciencias y económicas y noto cierta falta de competencias, habilidades y conocimientos básicos. Es relativamente normal que hoy en día un chaval sepa tres idiomas pero no sea capaz de expresar una idea con cierta coherencia en ninguno de ellos. La “compresión lectora”, ese término que se ha hecho tan famoso últimamente es otra de las competencias donde, en general, hay un suspenso general. Alguien puede pensar (de forma muy equivocada según mi forma de verlo) que en un ingeniero el hecho de no saber expresarse correctamente de forma escrita u oral no es importante pero es que ni siquiera observo una capacidad de razonamiento lógico superior a la media (y eso que la media es muy media). Para terminar, es curioso observar como materias y conocimientos que yo adquirí en su día en mi paso por la universidad (que en realidad fue un paso por la cafetería y la tienda de fotocopias de enfrente de la facultad más que por las clases) son grandes desconocidos cuando hablo con los chavales. Antes se decía que en España nos pasábamos con los contenidos, yo creo que ahora andamos muy escasitos.

Aparte de esa vertiente profesional es curioso observar en Internet la diferencia entre blogs y foros escritos por gente de cierta edad y los escritos por gente joven. Y no me refiero sólo a lo evidente (las faltas de ortografía o el escrito-sms) sino al hecho de que en muchos casos es realmente complicado siquiera entender que quieren decir.

Para rematar tenemos el famoso informe PISA que aunque me fastidie (con j) es la causa primera de mi discusión interna. Lo cierto es que suelo desconfiar bastante de este tipo de informes. Leí en algún sitio un ejemplo de las preguntas del informe y no me parecieron muy representativas del nivel educativo. Este informe deja algunos datos para la reflexión. Leyendo los detalles, observo como no, que Andalucía está a la cola. Eso sí, curiosamente, la cola la ocupan las “nacionalidades históricas” donde hace más tiempo que las competencias educativas dependen de las autonomías. Algo que, como mínimo, tendría que dar que pensar a nuestros políticos (por cierto, un ejemplo evidente de la falta de formación general) .

No obstante, algo le veo de bueno al hecho de que se haga publicidad a este tipo de informes y es que, por lo menos, todo el mundo será consciente de nuestro pobre nivel. Aunque la verdad es que todo esto pasará pronto porque aquí, como le escuché a alguién, la humillación verdadera como país la sufriremos si Hamilton le gana a Alonso. Todo lo demás es transitorio.

Hace unos años, el secretario de educación del gobierno de Clinton dijo en una rueda de prensa con periodistas extranjeros: “quiero que sepan que somos un país de tontos, y que somos muy conscientes de ello”. Por cierto, a raíz de aquello y aprovechando el término que utilizó (dummies) un espabilado aprovechó para lanzar la serie que hace furor en USA de “for dummies” (cocina for dummies, la inflacción for dummies, informatica for dummies…).

Lo cierto es que aquí somos como somos y nos parecería increíble que el ministro de educación dijera algo similar. Seguro que directamente pediríamos su dimisión por decirnos las verdades del barquero. Yo he escuchado veinte mil veces lo tontos que son los americanos (yo mismo lo he dicho más de una vez) y su bajo nivel educativo y mientras tanto, ocupamos puestos de cola en cualquier tipo de medida o estadística que se hagan al respecto (muy por debajo de los mismos americanos).

Y así no va. Nunca asumimos nuestros problemas. Por eso, aunque la gente trabaja más horas que en ningún país de Europa (y con menos productividad) y somos los que menos dormimos y menos tiempo dedicamos al ocio (incluso somos de los que menos follamos) aún es común en charlas de café pretender que “es que como en España no se vive en ningún sitio”. Eso sólo es cierto si eres un jubilado inglés o alemán.

Santiago solía comentarme algo años antes de que algunas estadísticas comiencen a darle la razón. La dieta mediterránea está totalmente sobrevalorada y no es precisamente un ejemplo de dieta equilibrada. Hoy en día resulta que se hacen estadísticas y en todas las medidas posibles resulta que la cuenca mediterránea es la más afectada por obesidad, colesterol, etc..Efectivamente, seguimos pensando que “como en España no se come en ningún sitio” y seguimos pensando que los americanos, aparte de tontos, comen fatal y por eso están tan gordos y no nos fijamos en que somos “lideres mundiales” en obesidad infantil.

Así pues, uno no sabe ya a que atenerse aunque, en mi discusión interna hay momentos que me hacen decantarme por lo peor. Uno de ellos sucedió hace unos días cuando venía en el AVE rodeado de una pandilla de niños gordos, maleducados y gritones con padres de esos que en cuanto se pone el ave a andar llaman a toda su familia, amigos y conocidos para, a grito pelado, darle la buena nueva: “pues si.. aquí estoy, en el ave…”. De ese mal rato saqué dos conclusiones, una idea comercial y una reflexión apocalíptica.

La idea comercial se la regaló a alguien por si le sirve. Dicen que en breve comenzarán a operar otras compañías ferroviarias además de RENFE. Les propongo una clase en la que no permitan ni niños ni móviles. Podría llamarse simplemente “clase”. Yo pagaría a gusto el incremento de precio.

La reflexión es obvia. Mirando a mi alrededor a los niños pensé: ¿Será esto que es lo que nos espera en un futuro? Un país de tontos obesos, maleducados y gritones.

De momento sigo con mi discusión, pero la cosa no pinta bien.


PD: para evitar comentarios inútiles, quiero decir que yo he sido obeso durante bastante tiempo por una enfermedad y que no asimilo el termino obeso a tonto a no ser que vayan unido de por sí (como en el caso de los niños a los que me refiero).

El más tonto no hace relojes

Una de mis pasiones menos publicitada (al menos en este blog aunque también en general) es mi debilidad por los relojes. No es algo que suela decir aunque los más observadores que están a mí alrededor suelen darse cuenta al verme cada día un reloj diferente.

Los aficionados a los relojes son (somos?) gente curiosa. En realidad tienen esa pasión propia de los aficionados a cualquier cosa (trenes, barcos, coches, sellos, monedas, muñecas…) que es difícil explicar para quien no comparta dicha afición. A mí la afición me viene desde siempre. Desde que tengo uso de razón me han fascinado los relojes. Primero, como en casi todo, me intrigó su funcionamiento, después me atrajo su estética y después fue la estética de la función.

Eso de la “estética de la función” fue algo que me dijo alguien una vez y que yo he adoptado como propio y es algo muy particular de los aficionados a los relojes. En los coches por ejemplo, hay a quien le gusta la estética y hay quien prefiere la mecánica o hay a quien le gustan las dos cosas pero suelen diferenciarse claramente.

Los amantes de los relojes (al menos un gran grupo de ellos) se mueven por pura estética pero referida tanto al exterior como al interior. Para un aficionado, tanto o más bonito le parece el mecanismo del reloj como el exterior. Tal vez por eso, la mayoría de los grandes aficionados suelen despreciar los relojes con maquinaria de cuarzo. “Un reloj sólo es un reloj si es mecánico” dice un amigo mío. Es una frase muy habitual en estos ambientes.

Una cosa curiosa de esta aseveración es el hecho normalmente poco conocido de que cualquier reloj de cuarzo barato es mucho más preciso que las obras de artes carísimas de calibres mecánicos de remonte manual o automático. Hablando en plata, el reloj rosa que te regalan con la barbie es, probablemente, más preciso que la mejor de las realizaciones de Rolex, Vacheron Constantine o Jaeger-Lecoultre.

Por eso yo hablo de la estética de la función. En realidad, lo que nos encanta a los que nos gustan los relojes es apreciar la belleza de un mecanismo funcional más que su rendimiento. De hecho, cualquiera que tenga un mínimo gusto artístico o inquietud en las áreas del diseño o la ingeniería tiene que sentirse fascinado al ver una maquinaria de reloj desarmada en piezas. A veces la gente me dice que los relojes (los buenos) son muy caros. A esa gente me gustaría simplemente que viesen las piezas (con ayuda de una lupa y a veces de un microscopio) y el proceso de montaje y equilibrado de un calibre mecánico. Seguro que después les parecería incluso barato.

Aunque yo me considero un advenedizo en muchas cuestiones (por ejemplo, en mi colección hay muchos relojes de cuarzo que me compré por pura estética), en cierta forma, me he ido convirtiendo en un miembro de esa extraña hermandad que forman los amantes de la relojería y a través de mi afición he conocido a personas muy interesantes.

Que nadie confunda a un amante de los relojes como al tipo que se compra un reloj caro “de marca” para fardar. Aunque es una afición muy cara a veces, los verdaderos amantes suelen disfrutar con relojes que para la mayoría de los mortales pasan totalmente inadvertidos (que en muchos casos cuestan una fortuna, pero que nadie reconoce). A mí lo que me admira de esta gente es su capacidad para desarrollar su gusto por la estética hasta alcanzar los más mínimos detalles. Yo, aún no me reconozco como un verdadero aficionado pero poco a poco me voy acercando.

Aunque tengo fama a veces de ser un poco borde y no hacer caso a la gente, lo cierto es que no es así. Cada vez que veo alguien que realmente puede aportarme valor intento aprender de él. Otra cosa es que sea raro que encuentre alguien del que crea que pueda aportarme dicho valor.

Hace muchos años me sucedió una de esas extrañas anécdotas que van conformando tu forma de ser. Yo vivía por entonces entre Madrid, Pamplona y Zaragoza por cuestiones profesionales. Tuve que ir a Finlandia unos días. No se si habrá algún finlandés entre mis lectores pero espero que no se ofenda si le digo que es uno de los países más aburridos del mundo entero. Una mañana de sábado como no sabía que hacer me fui a dar un paseo por la pequeña ciudad en la que estaba y me encontré una especie de rastro. Ante mi sorpresa, había multitud de puestos de relojes antiguos. Compré unos cuantos (la mayoría sin mucho valor). Cuando estaba en la habitación me dio por mirarlos y encontré un reloj de bolsillo de diseño bastante habitual pero con un mecanismo realmente raro y bello a la vez.

El reloj no funcionaba y aunque por aquel entonces no era un experto (ahora tampoco, aunque sé un poco más) rápidamente vi que una pieza estaba rota. El reloj estuvo unos meses en mi casa hasta que la casualidad quiso que me encontrara cerca de mi casa de Zaragoza un relojero de los de toda la vida. Se trataba de un señor mayor en un minúsculo local con puerta a la calle en una calle estrecha y perdida. De hecho simplemente lo descubrí porque estaba al lado de un “Sabeco”. Decidí llevarle el reloj de bolsillo y ya desde el primer momento me sorprendió la reacción de este señor.

Al ver el reloj se le iluminó la cara. Le pregunté si se trataba de algún reloj conocido y me dijo que no tenía ni idea pero que era precioso. Era justamente lo que yo pensé cuando lo vi. Se lo quedó y a la siguiente visita me dio el diagnóstico. Había que limpiarlo y engrasarlo, había que revisar el espiral y sustituir varios tornillos. Todo eso era simple pero había un problema. Se había roto una pieza fundamental en un reloj mecánico: el áncora. Además, se trataba de una pieza muy rara. El hombre abrió delante de mí una especie de caja de herramientas y yo me quede muy sorprendido. Tenía en cada compartimiento cientos (miles seguramente) de piezas de cada tipo –fruto de una vida guardando piezas, me dijo-. Me enseñó las dos piezas rotas del áncora original y después el compartimiento donde guardaba las demás. Ninguna era similar.

Quedamos en que se quedaría el reloj, iría haciendo las reparaciones más sencillas y consultaría con algún colega a ver si sabía algo de aquel reloj. Pasaron días y a costa de pasar cada vez que iba a la compra terminé cogiendo confianza con el señor. Siempre me han gustado los artesanos y este, además, era uno de eso extraños casos en que, además, es un enamorado de su trabajo. Aprendí algunas cosas curiosas sobre los relojes y poco a poco, la compra semanal del Sabeco se convirtió casi en una excusa para ir a visitar la relojería.

Durante este tiempo, me iba poniendo al día sobre los progresos con la pieza del reloj que, la verdad, no eran demasiados. El reloj parecía ya nuevo. Restauró la esfera cerámica, pulió y bañó en plata la caja, desmontó totalmente el mecanismo, lo limpió y engrasó pero el ancora seguía sin estar listo. Sus consultas con sus colegas fueron infructuosas. Escribió (a mano, y con sellos… que eso del mail era “muy raro”) a colegas en distintas ciudades de España y de Europa y ninguno le supo decir que modelo de reloj era ni como conseguir la pieza.

Desestimada la posibilidad de encontrar la pieza me propuso intentar fabricarla. Yo ya hacía tiempo que le dije que podía hacer lo que quisiese. De hecho, hace mucho que el reloj hay no era una cuestión mía sino suya. Lo primero que hizo fue intentar soldar la pieza pero era imposible y además había perdido las paletas de rubí, después intentó modificar un áncora que ya tenía pero no funcionó. Luego se propuso adaptar un ancora de las que tenía modificando la rueda de escape (la pieza sobre la que bate el áncora) pero tampoco funcionó.

Un día le dije que lo dejara pero me miró con cara de decepción. Me vino a decir que no me cobraría nada, pero la cuestión se había convertido en una especie de reto. Una de las últimas cosas que intentó fue hacer un molde del áncora original para fabricarla. A mí me parecía una locura pero él lo intentó e incluso funcionó pero era imposible calibrarlo y perdía varios minutos al día.

Un día, cuando yo pensaba que ya no habría solución, me llamó por teléfono al trabajo. Había solucionado el problema. Cuando llegué me contó que una de las consultas que había hecho dio resultado. Alguien había identificado el reloj. Se trataba de una manufactura rusa de los años setenta (yo pensaba que lo mismo tenía una antigüedad valiosísima de finales del diecinueve). Para redondear el éxito, ni siquiera había que pedir la pieza porque el mismo que lo había identificado tenía una maquina para piezas con el áncora perfecta.

Una semana más tarde, tenía el reloj perfecto (con su perdida de tres minutos por días por supuesto). Insistí mucho en pagarle y mi amigo relojero hizo cuentas… restauración de esfera, pulido en plata, limpieza, engrasado, tornillos azul cobalto, sustitución del áncora…… total… tres mil quinientas. Yo me quede mirándolo muy fijo. ¿te parece mucho?, mira que ya te he dicho que te lo regalo. Yo estaba patidifuso pensando en el trabajo que tenía aquello y “la mierda” que cobraba.

Al día siguiente de recoger mi reloj, fui a verlo con el reloj y el lo miró con cierta satisfacción. En una de estas a mí me dió por decir algo que, inmediatamente pensé que sería algo inconveniente. Le dije: “la pena es que al final hayamos tenido que tirar de una pieza porque a mí lo que de verdad me hubiese gustado es que alguna de tus soluciones hubiese funcionado”. Él me miró sonriendo y me dijo algo que se me quedó grabado: “Bueno, este reloj me ha aportado mucho, después de tantos años, aún he descubierto muchas formas de cómo no hacer una cosa”.

La última vez que vi a mi amigo relojero fue cuando dejé mi piso en Zaragoza. Nos despedimos con un abrazo, él me regaló una pequeña navaja para abrir tapas de reloj que alguna vez le dije que me hacía falta y yo, cuando me iba le dejé una caja encima de la mesa de trabajo.

- “Eh… que se te olvida esto”.
- No, en realidad es tuyo. Ya nos veremos.

Me quedé con las ganas de ver su cara al desenvolver el reloj.

Hace un par de días, iba yo con uno de mis socios y se iba quejando de lo mal que habíamos hecho una cosa. En un proyecto habíamos optado por una solución que no funcionó, después modificamos el diseño de la solución pero tampoco funcionó. Más tarde intentamos arreglarlo cambiando algo y tampoco funcionó. Al final tuvimos que cambiar todo y comenzar de nuevo. Esta vez parece que si ha funcionado. Yo iba pensando y sonriendo.

- De que te ríes?. Hemos perdido dinero con este proyecto. Tantas horas de trabajo para la mierda que hemos cobrado.
- Estoy pensando que al fin y al cabo no hemos perdido tanto, y hemos ganado bastante. Ya sabemos varias formas de cómo no hacerlo.
- Joe tio… pues vaya mierda de consuelo.
- Una cosa, el Rolex que siempre llevas… tu sabes como funciona por dentro?
- Ni idea, yo sólo se que me da la hora.
- Ya.. lo suponía