Fijando el precio

Hace mucho, escuché leí o me contaron (hace tanto que ya no la ubico) una anécdota que suelo contar a menudo sobre un sucedido (no sé si real o no) de principios del siglo XX. En una comarca extremeña había una serie de puestos que se votaban cada cierto tiempo. Uno de ellos era el encargado del molino de la comarca. El encargado del molino tenía ciertas ventajas como por ejemplo el hecho de que decidía los turnos de molienda. En esta comarca había un conde que tenía unas tierras muy extensas y siempre pujaba por tener el título de encargado para poder así disponer de todos los turnos que quisiera para su cosecha y que esta no se echara a perder.

El conde había establecido una especie de acuerdo que consistía en que, si salía elegido, le pagaría a cada uno de los votantes un real. Obviamente, el conde salía elegido siempre porque les interesaba a todos. Después de la votación todos los lugareños se acercaban a donde el conde a recibir su real.

Pero un día regresó un labriego que había hecho fortuna en América. Después de muchos años decidió volver a su tierra para pasar sus últimos días. El tipo era bastante rico y cuando llegó y le contaron la maniobra habitual del conde pensó en quitarle el puesto de responsable del molino simplemente para joder al noble y hacerse popular entre sus vecinos. Como tenía pasta prometió a sus vecinos el mismo real que le pagaba el conde, pero, en este caso además, se lo daría antes de la votación. Unos días antes, el nuevo rico les pagó el real a cada uno de sus vecinos.

El conde fue advertido por algunos de sus empleados y decidió contraatacar así que corrió la voz. Él pagaría dos reales a cada vecino si salía elegido pero, eso sí, con una condición: Una vez obtenido el puesto, todo el que quisiera cobrar los dos reales debería entregarle a cambio al conde el real que le había dado el nuevo rico.

La moraleja de la anécdota es obvia. Hasta para ser un chorizo o un déspota hay que saber y tener tablas.

Sin embargo, hoy me he acordado de la anécdota pero no por su moraleja sino por el hecho de que, independientemente de que sea verídica o no en este caso concreto, se refiere a una época en la que, lamentablemente, las voluntades de la gente tenían precio y además precios baratos. Es cierto que, bien pensado, comparado con tiempos anteriores donde el conde simplemente hubiese pillado lo que hubiese querido sin pagar un real, podríamos decir que suponía un avance.

En todo caso, se trata de situaciones que afortunadamente forman parte de nuestro más rancio pasado y que es probable que nunca vuelvan a suceder. De hecho, hoy día nadie se atrevería a intentar comprar nuestro voto por un real. Un siglo después, a nuestro país ya no lo reconoce ni la madre que lo parió y cien años de luchas intestinas con guerras y décadas de dictadura han conseguido alumbrar una época como la que vivimos hoy. Una época en la que nadie nos intenta comprar por un real, sino que si se atreve, debe invertir unos doscientos sesenta y seis mil doscientos veintisiete reales (unos cuatrocientos euros). Supongo que también tiene algo que ver el acumulado del IPC de un siglo.

Ahora sólo queda ver cual es la contraoferta del otro, aunque me da a mí que este no es tan listo como el conde.

PD: Se me ocurre en este caso la famosa conversación de Groucho Marx con una señorita:
- Se acostaría conmigo por un millón de dólares?
- Pues si, para serle sincera.
- Y por diez dólares?
- ¿Usted con quien se cree que está hablando?
- Eso ya ha quedado claro. Ahora estamos fijando el precio.

Abdominólogos

Por aquello de las cosas curiosas de la memoria, una de las primeras vivencias que recuerdo con mi madre es ir con ella (puede que con cinco o seis años) a comprar a una mercería que había cerca de casa. También recuerdo que me enviara a comprar algo a esa mercería cuando ya tenía edad de ir sólo y recuerdo esa mercería cuando pasaba por delante para ir al instituto y a la universidad. La tienda era conocida vulgarmente como “los rápidos” y estaba atendida por dos señores mayores (creo que siempre fueron mayores). Hace unos años pasé por allí y ya no estaba. Imagino que se jubilaron los dueños.

Recuerdo esa mercería más que nada porque, para mí, ir a comprar allí era un suplicio. Siempre que he entrado en esa tienda ha habido cola. En primer lugar porque estaba bien surtida y en segundo lugar (y yo creo que es la razón principal) porque con cada cliente gastaban una media de veinte a cuarenta minutos (y no exagero lo más mínimo sino que a lo mejor me quedo corto). De ahí el sobrenombre con que era conocida.

La razón de que se tardara tanto era por la extrema lentitud de los dependientes, que supongo era sus dueños y porque el proceso de compra en esa tienda no tiene nada que ver con lo que estamos acostumbrados ahora. Para entender mejor el porqué era un suplicio comprar allí pondré un ejemplo de lo que podía ser una sesión de compra.

Una vez que te tocaba tu turno el señor preguntaba:

- ¿Qué desea?
- Pues unos botones
- ¿Para que?
- Para una blusa que le estoy haciendo a mi niña
- Como es la blusa
- Blanca con rayas azules

Aquí comenzaba el proceso de investigación y búsqueda del producto. La tienda estaba organizada en forma de un pasillo con un mostrador largo y destrás una pared llena hasta el techo de cajones de diferentes tamaños. En definitiva tenía el aspecto de una caja de seguridad de un banco pero en madera color caoba.

El señor, después de pensar un rato imagino que haciéndose una idea mental de la blusa en cuestión, procedía a moverse a una velocidad aproximada de un decímetro por segundo. Primero iba a por la escalera de madera con ruedas que se dezplazaba por toda la pared de cajones. Despues de colocarla en su sitio, se subía y cogía un cajón, pequeñito y largo y lo sacaba. Volvía a bajar, apartaba la escalera, se acercaba al mostrador, sacaba una especie de paquete de papel cebolla, procedía a desplegarlo y ante la mirada de la señora en cuestión aparecían unos doce botones pequeñitos blancos con puntitos azules.

- No sé.. esos puntitos.. y además son un poco pequeños no?
- Un momento…

Entonces comenzaba el proceso inverso. Con cuidado, casi con cariño, volvía a poner los botones en el papel cebolla y comenzaba a plegar una, dos, tres y cuatro veces. Metía el paquetito en el cajón de madera, agarraba la escalera, la ponia en su sitio, subía y metía el cajón en su hueco. Seguía con el proceso bajando de la escalera, y moviéndose hasta el siguiente cajón.

Este proceso se repetía una y otra vez hasta que la señora encontraba el botón adecuado para la blusa, o la cremallera, o el corchete, o cualquier otro tipo de complemento de mercería.

Por supuesto, no sólo buscaban productos sino que también recomendaban.

- Ramón, que cremallera le pongo a un pantalón muy mono que le estoy haciendo a mi pepe?
- En que color?
- Azul indigo
- Que talla?
- Una 44
- De sport ?
- No.. para el jueves santo
- Espere… creo que tengo aquí alguna cremallera de 26 de paso corto en acero inoxidable con tirilla azul….

El señor se daba la vuelta, pillaba la escalera…..

Lo dicho, era un infierno para cualquiera que estuviera en la cola ( y más para mi, un chaval que sufría estando quieto dos minutos) pero las clientas sabían que iban a encontrar lo que buscaban y, además, tendrían la asistencia técnica de los mejores “botonologos” y “cremallerologos” de la zona. En definitiva, los dependientes, además de dueños, eran, al fin y al cabo, consultores en mercería.

Cuando pasé y vi que esa mercería no estaba me dió uno de esos brotes de nostalgia que te dan cuando constatas que, efectivamente, el mundo cambia y determinadas cosas del pasado nunca volverán. Incluso en su tiempo, esta mercería era un poco anacrónica, pero en el tiempo de los grandes centros comerciales y los autoservicios era, definitivamente, antidiluviana.

Hoy día, no creo que nadie fuese capaz de perder una tarde buscando una cremallera para el pantalón de su niño (y desde luego, nadie enviaría a un crío de ocho años a por ella).

No obstante, la evolución de la especie es mucho más lenta de lo que lo es el progreso. Por eso mantenemos dedos en los pies aunque ya no lo necesitamos para subir a los árboles o los guardias civiles siguen teniendo cinco dedos aunque sólo necesitan uno para escribir en el ordenador.

Es evidente que debajo de nuestro armani, sigue existiendo ese hombre primitivo que analiza el tamaño de los pechos de las mujeres deduciendo que cuanto más grandes sean, mas comida habrá para nuestra prole (y más posibilidades de que sobre algo para él).

Y por eso creo que en nuestra herencia inconsciente hemos heredado de nuestros mejores (una maravillosa forma de referirse a nuestros mayores que escuché hace poco) esa costumbre de pedir consejo al experto vendedor. El único problema es que el experto vendedor ya se extinguió.

Como la característica es “cuasi-genética” es, además, totalmente irracional. Por eso, un ingeniero de telecomunicaciones se acerca a un “Phone house” y le dice al dependiente de unos veinte años que hace dos meses repartía pizzas en una vespino:

- ¿Este modelo como sale?

El chaval te mira, entorna los ojos y contesta:

- Bueno, no sale mal pero es que últimamente Nokia no es lo que fué (lo que fué cuando él repartía pizzas) y da algunos problemas con los chips de codificación de voz. Llevese el Samsung que nos esta saliendo estupendo.

A veces, para apuntalar la opinión técnica se procede a la ingeniería social:

- Además, el Samsung se lo han llevado muchos clientes y están muy contentos con él.

Como todo el mundo sabe, cuando te compras un teléfono en un Phone House, estas deseando volver a los cinco días para darle un completo informe sobre el funcionamiento al dependiente.

Otro ejemplo es cuando la señora de sesenta años le pregunta a la dependienta de dieciocho del corte inglés que ha sido contratada para la campaña de navidad:

- ¿Esta faja es cómoda?
- Uy… comodisima

Aunque es obvio, la predisposición genética nos impide reconocer el hecho evidente de que la niña, con su culito de adolescente, es probable que no sepa ni para que sirve una faja. Por otra parte, incluso aunque la dependienta sea de la vieja guardia y tenga un culo inmenso. ¿Cuántas posibilidades hay de que haya probado todas las fajas que vende el corte inglés?.

Esto último. Nuestra inmensa confianza en que el dependiente conoce y ha usado cada una de las cosas que vende se hace particularmente evidente en la farmacia.

- Esta crema con aloe-vera es buena?
- Si, muy buena, pero la mejor es esta

Todo el que haya tenido algún contacto alguna vez con el mundo de los laboratorios farmacéuticos sabe que no es que la dependienta esté a la última y se pase toda la noche probando todas las cremas y haciendo estudios propios con grupos de control. Más bien resulta que esa supuesta mejor crema es la que más regalos le hace o la que más margen le da.

En definitiva, hay cientos de ejemplos. El dependiente del banco que sabe siempre que acción va a subir o bajar y que es un experto financiero recomendando planes de pensiones a incautos desvalidos, el teleoperador que ni sabe como se escribe la empresa para la que supuestamente trabaja (en la mayoría de los casos ni siquiera trabaja para ella) y al que le preguntamos alegremente como si fuese el director financiero o el director técnico, etc, etc….

Hoy estaba yo con mi amigo putero y después de comer nos hemos metido en una de esas nuevas perfumerías gigantescas en las que te sirves tu mismo y cuyas dependientas suelen coincidir en que no superan los veinte años y en que van pintadas como una puerta. Ni que decir tiene que estas niñas suelen seleccionarse en función de su capacidad científica y sufren un severo proceso de formación continua en los últimos avances de la dermatología. De hecho, suelen esconder el último número de las revistas científicas líderes en el sector debajo del “que me dices”.

Plenamente conscientes de todo ello, dos tipos bastante maduritos universitarios y empresarios y nada fáciles de convencer por cualquiera, nos hemos sorprendido a nosotros mismos atendiendo ensimismados a la explicación de una niña, que en nuestro trabajo seguramente sería la encargada de los recados, y que nos aleccionaba sobre la eficacia de determinada crema para la piel y sobre las ventajas evidentes “y comprobadas científicamente” que la alta concentración de retinol tiene sobre los radicales libres de la piel de los maduritos interesantes.

Después de la conferencia, y cuando ya dejábamos el establecimiento con sendos botes de crema convencidos de que estábamos hablando con la futura premio nobel de química aplicada a la estética, nos hemos fijado en una crema “reductora abdominal”. Con la crema en la mano hemos preguntado a nuestra consultora particular:

- Oye.. esto realmente funciona?

Ante nuestra sorpresa, la chica ha dudado. Lógico –pensé yo- no se puede estar al tanto de todas las líneas de investigación abiertas. Entonces, nuestra guía en el proceloso mundo de la dermoestética se ha vuelto hacia un chaval y ha preguntado?

- Robert, esta crema realmente funiciona?

Robert, un chaval de unos veinte años con un tatuaje que le salía por el cuello y un piercing en el ojo ha dejado el plumero con el que limpiaba el pasillo y se ha acercado. Ha mirado el bote, le ha dado la vuelta para leer la composición y depues de asimilar el hecho de que la crema tenía cyclopentasyloxsane, niacinamide y pseudoalteromonas ha sentenciado mirandonos fijamente:

- Si, siempre y cuando se haga una dieta sana y ejercicio, claro.

¡Nos ha jodio el abdominólogo!

Comunicado de prensa

Como respuesta al post anterior he recibido un comentario del señor anónimo (que como se sabe históricamente ha sido un señor que ha sabido beber en buenas fuentes... para después vomitar por las aceras) que me acusaba de las siguientes cosas.

1. Busca rollo aquí sin compromiso.
2. Se llama Javier y es de Sevilla,
3. No respeta a la gente que tiene una familia,
4. Solo ve su diversión sin importarle lo demás.
5. Tiene mujer e hijo

(he corregido alguna falta pero he sido fiel al contenido).

A pesar de que soy consciente de la posibilidad de que al hacer un desmentido de todo el contenido no haga sino alimentar el rumor, también es cierto que mi silencio podría ser entendido en el sentido del famoso dicho castellano de "quien calla otorga".

Pudiera parecer que se trata de acusaciones sin importancia pero no puedo por menos que sentirme indignado al menos por uno de los puntos.

Así pues, visto lo visto, y sin perjuicio de las acciones legales que mis abogados estimen oportunas, quiero hacer un rotundo desmentido:





Sobre los otros puntos… “no comment by the moment”

La curiosidad es buena. Preguntarse cosas es loable. Pero todo ello no sirve de nada si después no nos esforzamos en investigar y conocer las respuest

Pues eso, me estaba yo preguntando si Blogger tendría límite en la longitud de los títulos de los posts. Parece ser que sí.

Una (duda) menos, uno (conocimiento inútil) más.

A menda la reprimenda?

Cuando yo era un chaval (antes de ayer… mucho antes de ayer) practiqué durante una temporada remo. En el club donde yo estaba había un entrenador famoso por dos cosas. Una por sus resultados y la otra por la dureza de sus entrenamientos. Probablemente una cosa era la consecuencia de la otra.

Llegó una época que en mi ciudad es particularmente “delicada” para un adolescente. La semana santa y la feria que llegan con dos semanas de separación, no es el mejor momento para plantearte una actividad deportiva. Como a este entrenador la feria, y en general el resto de nuestras vidas, se la traía bastante floja, no se le ocurrió otra cosa que poner sesiones dobles de entrenamiento durante toda la semana. No hablamos de los entrenamientos de los futbolistas que suelen ser dos carreritas y media hora de baño y masaje, hablamos de entrenamientos de dos o tres horas y bastante fuertes.

Desde que nos dio el planning de entrenamientos, las conversaciones giraban sobre si debíamos ir a los entrenamientos o no y, sobre todo, que haría el ogro si faltábamos. Yo lo tenía bastante claro. Bastante sacrificio me estaba costando el deporte como para perderme la feria con mis amigos. Por si alguien no ha estado nunca, la feria de Sevilla es, básicamente, un botellón de un millón de personas. Puede que a alguien incluso le moleste esta definición, pero es lo que es. Obviamente, después de una noche de juerga que incluye la degustación poco selectiva de todo aquello que lleve alcohol y muy especialmente el fino y la manzanilla, la idea de “correrse” diez kilómetros es bastante impensable. De hecho, la simple idea de “correrse” ya es bastante improbable.

No obstante, llegó el lunes (que en teoría aún no es feria aunque en la práctica para todo aquel de menos de veinte años lo es) y a pesar de estar toda la noche de marcha me levante al despuntar el mediodía con cierta prestancia (hoy día después de una noche como esa hubiese necesitado el resto de la semana para recuperarme). El primer entrenamiento era a las cuatro de la tarde así que decidí ir.

Cuando llegué el espectáculo era bastante desalentador. Un equipo de atletas, muchos de ellos con medallas mundialistas e incluso uno con medalla olímpica con caras demacradas. El entrenador fue recorriendo el gimnasio echando una ojeada al lamentable estado general y como era “buena gente” nos dio ánimo. “Venga, ya veréis como cuando volváis de los ocho kilómetros de calentamiento estáis mucho mejor”. Yo por aquel entonces me calentaba con que mi vecina llevara un botón de la blusa desabrochado así que nunca entendí muy bien porque al hecho de matarse a correr lo llamaban “calentamiento”.

Si antes del calentamiento el espectáculo era penoso, después de la vueltecita era ya denigrante. Así, tirados en colchonetas pasamos a la siguiente parte del entrenamiento que consistía en rutinas personalizadas para cada tripulación. Cuando llegó nuestro turno descubrió que de los cuatro componentes, sólo habíamos asistido dos. Es cierto que apenas valíamos como uno, pero ahí estábamos. Al ver que faltaban dos el "pedagogo"se sentó delante nuestro y nos soltó una de las broncas más inhumanas que he recibido en mi vida. Cual si fuese el típico sargento marine chusquero de las películas, el tipo no dejaba de gritar sobre lo poco comprometidos que estaba nuestros compañeros con la tripulación y lo malo que era que a dos meses de los campeonatos de España nos perdiéramos entrenamientos.

Normalmente, el entrenador se hacia respetar. Era una de esas personas que sin tener una apariencia física que intimidara (al revés que muchos de sus pupilos) tenia una fuerza increíble en su seguridad y en su manera de hablar (de gritar muchas veces). Por otra parte, tenía una autoridad moral y real debido a sus excelentes resultados. Una anécdota que lo ilustra fue cuando se encontró en una cafetería a un tipo bicampeón del mundo echándose un cigarrito. Se le acercó y le dijo.

- “¿Tu eras el que hacía remo en nuestro club no?.

El tío se tuvo que ir a otro club a pesar de su currículo.

Pero dicho lo dicho, a mi me estaba cargando bastante. Yo había pasado una noche donde, entre otros logros de importancia, me había bebido una garrafa de dos litros y medio de Mistela, había llegado a casa a eso de las ocho de la mañana mientras mi padre se hacía el desayuno (recuerdo que le pregunté que hacia levantado tan tarde), me había levantado a las doce de la mañana con un cuerpo regular, había comido más bien poco, me había ido en bicicleta al club y me acababa de hacer ocho kilómetros corriendo. Encima ahora tenía la cabeza como un bombo de un tío que no hacía más que gritarme. En una de las pausas para tomar aire, al ver como le miraba el entrenador se dirigió a mí y me increpó de forma amenazante: “¿Tienes algo que decir?”. No aguanté más y en el mismo tono que estaba utilizando él, y ante la cara medio sorprendida, medio horrorizada del resto de los pringaos que allí estabamos, le espeté:

Pues si mire usted. Toda esta bronca que esta usted echándonos a los que hemos venido ¿no cree que debería echársela a los que han faltado?.

En ese momento se quedo callado y pensativo. Al poco, ante la sorpresa de todos los presentes el tío dijo. Joder, pues tienes razón.

Fue la primera vez que vi a ese hombre reconocer que cabía la posibilidad de estar equivocado. En el resto de la semana no volví a los entrenamientos y al final todo quedó en nada pero a menudo recuerdo aquella anécdota que he comprobado, se repite bastante a menudo.

La última fue ayer mismo cuando compré una serie en DVD. Al llegar a casa y abrirlo comprobé que dentro tenía un díptico con el sugerente título de “la piratería es un delito”. Me leí todo el díptico donde me explicaban, en un tono francamente amenazador, que la piratería, aparte de ser un hábito deleznable, implicaba la perdida de puestos de trabajo por miles y, además, era un delito penado por la ley. Así que, me advertian, mucho cuidadito con lo que haces que luego vienen los llantos y los "comoibayoapensar". Sólo faltaba que terminaran con una frase del tipo "cuidadito que te tengo calado y sé donde vives".

Después de leerlo pensé: ¿y esto porque se lo dicen a quien ha comprado la serie original y legal?. Esto me pasa por tonto. La próxima vez me lo bajo con el emule y me ahorro la bronca y las amenazas.

Gracias imbéciles.

Hoy he leído un artículo publicado hace unos días por Pérez-Reverte. Antes que nada diré que a mi este tipo no me caía muy bien. Yo tuve la ocasión de conocerlo personalmente hace mucho tiempo porque trabajaba con un familiar muy cercano mío. Era la época de reportero de guerra y ya se trataba de un tipo conocido por ciertos “trucos”, bastante habituales en la profesión por otra parte, pero que él solía elevar a la categoría de arte.

Para no meternos en berenjenales y evitar pleitos digamos que si alguna vez veis a un reportero agachado detrás de un coche, agarrándose con una mano un casco y con la otra el micrófono mientras explica la situación con cierta cara de susto, podéis preguntaros que pasará realmente detrás de ese coche, y sobre todo porqué está apoyado en un coche cuando cualquiera que este mínimamente instruido en situaciones de conflicto sabe que las balas de verdad (al contrario que las de las películas) atraviesan los coches. También es curioso y esclarecedor la mayoría de las veces, deducir la situación del cámara. Porque si el tipo esta agachado detrás de un coche y el plano es picado hacia abajo implica que el cámara está levantado detrás supuestamente expuesto a la situación de extremo peligro. En fin, que cada cual saque conclusiones.

También recomiendo a quien este interesado en este tipo de situaciones revisar un video que circula por ahí (imagino que como todo, estará en youtube) donde se repasan crónicas de guerra de periodistas americanos utilizando imágenes de archivo (incluso de otras guerras) para parecer que están en situaciones de extremo peligro. Tampoco es tan extraño, El morbo vende y sino que se lo digan al pobre pato lleno de petróleo que fue grabado en Alaska cuando el desastre del Epson Valdez hace años y sigue apareciendo (incluso cuando el Prestige) cada vez que hay un derrame de petróleo.

Volviendo al personaje y olvidada su faceta como reportero de guerra, nadie puede negarle a Perez-Reverte sus logros. Aunque las dos novelas que he leído de él no me han parecido gran cosa, el hecho de vender lo que vende en nuestro país tiene un merito innegable.

No obstante, cuando me suele gustar es cuando leo sus columnas de opinión. Me sorprende muchísimo (no me suele pasar con casi nadie) el hecho de que, en la mayoría de los casos estoy de acuerdo con él pero incluso cuando no lo estoy, aprecio sus opiniones y el tono trasgresor de las mismas. Tal vez lo que me gusta de él es el hecho de ser políticamente incorrecto o más concretamente, el hecho de no casarse con nadie. No hace mucho, en un acto de la real academia de la lengua le reprochó abiertamente a Zapatero la campaña esa de “con Z de Zapatero”. Yo no le hubiese dado tanta importancia a ese asunto en concreto pero hay que tenerlos muy bien puestos para decírselo personalmente a la cara. Mucho trasgresor anti-sistema de boquilla se acongojaba sistemáticamente cuando se trataba de defender una opinión frente al interfecto de turno (se me ocurren ahora ejemplos como los de Antonio Burgos o los fallecidos Cela o Umbral con el que, por cierto, Perez-Reverte tuvo una polémica bastante agria).

En definitiva, es cierto que es un tanto chulo, pero hay personas a las que se les puede perdonar la chulería. Esta es una de las pocas personas que conozco a las que les permito una cierta dosis de chulería (la otra soy yo).

El artículo que he leído trata algo que yo ya comenté en un post anterior incluso a este artículo y en cuyos comentarios alguien ya se refirió curiosamente a otro artículo de Perez-Reverte: El problema de la educación (de la falta de educación) en España.

Si alguien quiere leerlo (si es que no lo ha hecho ya) puede hacerlo en esta dirección (creo que es su fuente original y no soy muy partidario de reproducir textos completos): Permitidme tutearos, imbéciles.

El título me parece a la vez provocativo y apropiado. Aunque si me meto en detalles hay algunos aspectos con los que no estoy de acuerdo (por ejemplo esa manía tan acusada en este país de asociar la cultura a las disciplinas humanísticas o de letras y no tanto a la científica o técnicas) estoy plenamente de acuerdo en los culpables a los que señala. Como ya habrá notado quien me haya leído anteriormente, los políticos (de cualquier bando) no son precisamente santos de mi devoción. Con los políticos yo he pasado del interés a la indiferencia, de la indiferencia a la indignación y de la indignación al odio. Suena duro pero si, odio a los políticos, sin matices, me parecen despreciables los de derecha, los de izquierda y los que están en medio de ellos. Odio a los nacionalistas periféricos y a los nacionalistas centralistas, en fin, podría hacer una versión del famoso anuncio de Coca Cola (para los mayores, para los menores….) sólo que al final les daría una mierda y no un refresco.

El tonto que nos toca ahora, que sustituyó al tonto que nos tocó antes que a su vez hizo lo propio con el tonto anterior, se apropia de cualquier dato medianamente positivo y hace oídos sordos a una realidad tozuda. Mientras, por poner solamente un ejemplo, mantenemos un déficit comercial mayor que el superávit comercial de China (dato que debería ser escalofriante en cualquier sociedad mínimamente instruida) nos permitimos el lujo de criar una generación de incultos y encima, regodearnos de ello. Me da pánico pensar en que, estadísticamente, los más inútiles de los tontos serán nuestra próxima generación de políticos.

Tal vez parezca algo agrio en mis comentarios, pero ha sido pura casualidad que, después de leer el artículo, me haya pasado por un sitio donde se hablaba de una noticia referida al precio de la vivienda. Como suele ser cada vez más habitual y espeluznantemente esclarecedor sobre el nivel medio de “la peña” el sitio donde lo he leído permitía comentarios y solo había uno firmado por un tal xcojoven (un nick que aúna de forma sorprendente y seguramente poco intencionada la abreviatura de tipo sms, el taco y la juventud).

El comentario, transcrito literalmente decía así:


a vivir con lo papis i a esperar ke por lo menos algun dia cuando te falten te dejaran eso ke es imposible tener aora ,,,,,un piso,,,ke nadie compre i aga rico a cualquier sinverguenza ke se kiera lucrar i llenarse los bolsillos a nuestra costa,la vivienda ai ke poner solucion .porke nadie kiere vivir asta el cuello toa su vida i creo ke la gent es lista i ya no van a comprar asi por asi i eso ara ke no se venda i ke esten obligaos a vender muxo muxo mas barato porke ni los alkileres son accesibles porfavor 700 euros un piso de alkiler es un robo amano armada porfavor pero ke esta pasando en españa se esta descontrolando ,esto muestra la iprokresia ke ai en españa i esto ai ke arreglarlo ya¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡


Incluso en lo poco que se entiende, el comentario asusta (“a vivir con los padres hasta que se mueran y te dejen el piso).

Esto es lo que hay. Gracias imbéciles.