Feo

Yo no fui amigo de Miguel y es de las pocas cosas de las que me arrepiento porque Miguel era una de esas personas que realmente merece la pena. Miguel era reportero de guerra. En mi familia hay periodistas y he trabajado en medios de comunicación así que había conocido antes a periodistas que van a cubrir las guerras pero Miguel era otra cosa. Nunca se sabe muy bien porqué un tipo que estudia derecho de pronto y sin previo aviso, pilla una moto y se va a un sitio de guerra a hacerse corresponsal free-lance. El caso es que Miguel lo hizo.


Miguel, al que nuestro amigo común le había dicho que podría ayudarle en un determinado proyecto, me contó para qué solicitaba mi ayuda. Yo, que siempre soy tan puñetero le pregunté el porqué. Ese primer día sólo me dijo “para poder dormir por las noches”. Como si fuese algo premeditado, en ese momento recibió una llamada y se tuvo que ir dejándome absolutamente intrigado.


Como uno tiene sus contactos, hice alguna llamada preguntando por Miguel. La respuesta fue sorprendente “es uno de los mejores y más considerados reporteros de guerra no sólo españoles sino mundiales”. Me sorprendió porque, en primer lugar no era conocido (o al menos yo no lo había visto tal y como por ejemplo a Perez-Reverte) y, en segundo lugar, era prácticamente un chaval.


Unos días más tarde, volvimos a vernos y me explicó la razón de su proyecto. Usando un tono que a veces uso yo (y que me consta puede ser irritante) Miguel parecía querer decir “voy a intentar explicártelo pero es muy probable que no puedas entenderlo” y comenzó una especie de relato que, aunque interesantísimo, tenía cierto tufillo a rutinario. Pensé yo que seguramente, aunque no estuviera preparado, era una historia que había contado más de una vez. Posteriormente supe que, efectivamente, era así.


Para ilustrar su comentario me habló de un fotógrafo sudafricano llamado Kevin Carter. Abrió una carpeta y me enseñó una foto. La foto me sonaba. Era impresionante. Una niña agonizando por el hambre y un buitre detrás como esperando a que muriera.

Esa foto –me contaba Miguel- hizo que Kevin ganara el Putliztcher. De hecho, alguien que lo conocía le contó cómo se hizo y como Kevin no consiguió la foto perfecta. Estuvo durante cerca de una hora esperando que el Buitre se acercara más o que abriera las alas pero se tuvo que “conformar” con esta.







Kevín Carter hizo prácticamente toda su carrera en Sudafrica fotografiando los ghetos negros y la violencia blanca del apartheid. Era uno de los innumerables reporteros que llegan a una conclusión que a la gente le puede resultar inhumana: “lo mejor es limitarse a fotografiar”. Hace años hubo un reportaje similar no recuerdo donde fue de una niña que estaba ahogándose porque estaba atrapada mientras subían las aguas. El reportero estuvo hablando con ella mucho tiempo y la niña, al final, se ahogó. La pregunta era siempre la misma. ¿Porqué el reportero no fue a buscar ayuda en vez de quedarse filmándola?.

Miguel me dijo que la respuesta más obvia es la de conseguir el reportaje o la foto perfecta y que, sin duda, algo hay de eso pero que además existe una idea que se mantiene entre los reporteros de guerra (los de verdad, no la estrellita que se va a un hotel de lujo y no sale de ahí) y es que, si actúas puedes salvar a una persona pero si haces la foto, o la filmas o cuentas la historia puedes ayudar a la sensibilización mundial. Si Kevin Carter hubiese ayudado a la niña, esta se podría haber salvado (o no) pero con esa foto seguramente se consiguiera que la gente hiciese algo para solucionar el problema general.

Miguel me dijo que a él, durante un tiempo al principio, le costaba mucho aceptar esa forma de pensar pero que, a base de ver miserias y barbaridades terminas por pensar que es lo mejor que puedes hacer. No obstante “tienes el peligro de convertirte en una máquina”. Kevin Carter cuando terminó la foto se fue sin ayudar a la niña.

Miguel me contó que es muy difícil compaginar el trabajo de reportero y la vertiente humanitaria. Cuando un tipo esta herido, hay quien lo cura y hay quien lo filma. Así de simple. De hecho, me contó, Kevin Carter será conocido siempre por esa foto pero es uno de los tipos que gracias a su valentía consiguió retratar la vida inhumana de los negros sudafricanos. Hay quien dice que era un cabrón por dejar morir a la niña pero muy pocos valoran lo que significa que un blanco, nacido en el apartheid sudafricano, con una vida cómoda, se la jugase cada día en los ghetos con un doble peligro. Con los negros por ser blanco y con los blancos por ser anti-apartheid. De cómo era el tipo baste decir que cuando hizo esa foto estaba de vacaciones y no lo aprovechó para irse al Caribe a una playa sino que prefirió ir a fotografía la hambruna en Sudan.

En este punto yo estaba un poco sorprendido por la dureza de este tipo que parecía más bien tímido. De hecho físicamente parecía un pijillo que, para aparentar ser un indiana Jones cualquiera se hubiese comprado un chaleco de bolsillos en Coronel tapioca.

Caí en la cuenta de que todo lo que me estaba contando (tampoco tan innovador, puesto que esta teoría ya la había oído a más de un periodista) no cuadraba con los proyectos que intentaba llevar a cabo.

La cuestión es que esto no funciona -siguó contandome- y eso lo ilustra el hecho de que Kevin Carter se suicidó dos mese después de recibir el premio putlitzer abrumado por la culpa y perseguido por la constante pregunta de “¿y al final ayudaste a la niña?”. De hecho, no es una excepción, el alcoholismo, la adicción a las drogas o los problemas sicológicos es algo muy común entre los reporteros de guerra.

De pronto, no sé muy bien porqué, me dio la impresión de que cambio el rictus de su cara y pasó de un relato interesante pero un poco automatizado a un tono más distendido e intimo. “Yo soy un tío raro en esto” (él no lo sabía pero era obvio que esta frase avivó mi sentido de empatía). He decidido que quiero hacer mi trabajo y quiero colaborar en que la gente conozca las guerras y el sufrimiento humano pero, si puedo, intentaré ayudar aunque sea sólo un poco. No busco recompensas sino simplemente poder mirarme al espejo sin verme un monstruo.

Como si notase mi cara de sorpresa ante la afirmación, amplió la explicación. Es muy duro ver a niños cazando ratas para comer en las ruinas de Chechenia mientras tu llevas barritas energéticas por si te entra el gusanillo. Así que lo que hago es, primero rodar a esos niños cazando las ratas y explicarle al mundo que esas cosas pasan pero luego, a mis amigos de las agencias y los periódicos, les pido que por favor me envíen algo de víveres en las valijas. Sé que no es mucho pero al menos es algo. Por lo que me ha dicho mi amigo, tu me entenderás porque tu haces algo parecido. Miguel se refería a una estupidez tal como que yo daba clases de informática a gente desfavorecida. Es obvio que, en esos momentos, me sentí un poco una mierdecilla frente a ese “Indiana Jones de Coronel Tapioca”.

En este punto de la conversación, Miguel consiguió dejarme patidifuso cuando me dijo. En realidad, en el ejemplo que te he comentado, la filmación de la historia es algo donde los mayores beneficiados son los niños y el reparto de comida es algo en lo que el beneficiado soy yo.
Creo que lo entendí, pero él insistió. Al final, hacer estas pequeñas cosas a ti no te cuesta tanto pero es algo que te permite mantener cierto equilibrio interior. Kevin Carter hizo con esa foto y con la sensibilización que produjo, mucho más bien a Sudan que si hubiese ayudado a la niña. Pero si hubiese ayudado a la niña, probablemente no hubiese terminado suicidándose.

Hablé con Miguel sólo una vez más. El proyecto para que el me contactó no se llevo a cabo pero le dije que si alguna vez necesitaba algo me llamara. Transcurrido el tiempo, leí una nota de prensa que decía algo así como

El 24 de Mayo de 2000, una emboscada guerrillera acabó en Sierra Leona con la vida de Miguel Gil Moreno. Perdió la vida junto a su compañero de profesión, Kurt Schork. Miguel desarrolló su labor profesional como camarógrafo y corresponsal de guerra en numerosos frentes de batalla como Bosnia, Kosovo, Congo, Liberia, Ruanda, Sudán, Chechenia y Sierra Leona.

Hace unos años escuché la canción “feo” de fito y fitipaldis. Cualquiera sabe porqué la escribió Fito pero a mí, al instante de escucharla me recordó la conversación que mantuve con Miguel en una cafetería de Zaragoza. Ayer alguien me preguntó porque hacía una cosa y le contesté: para no verme tan feo en el espejo. No tuve tiempo de explicarle a lo que me refería. En realidad es pura vanidad: creo que soy más guapo cuando no me siento feo.



La razón y los monstruos

El mundo de la neurona es apasionante. A veces práctico un juego que consiste en intentar descubrir porque llego a una determinada idea o pensamiento a partir de algo absolutamente distinto y lejano. En esta ruta, a veces me encuentro con recuerdos de vivencias pasadas (las futuras son un poco más complicadas de encontrar) o de lo yo llamo habitualmente “conocimientos inútiles”. Al fin y al cabo se trata de del conocido deporte de conectar puntos.

Ayer venía yo de viaje a la hora en que se celebraba el esperado “debate del siglo” entre las dos eminencias que pretenden (y lo que es peor, en uno de los casos la pretensión tendrá premio) gobernar este país. A los diez minutos de empezar y ante el nivelazo de los debatientes (palabro que no existe pero que yo voy a utilizar para ver si la academia “se pone las pilas”) me dio por ponerme a pensar y miré usted por donde y obviamente influido por lo que sonaba de fondo comencé a pensar en la irracionalidad.

Aunque todos sabemos que es (o al menos que significa) la razón y la racionalidad, y casi todos deberíamos saber (si es usted joven no se apure por su desconocimiento, probablemente sea culpa de la ley de educación de su época) lo que es un número racional. Para quien no lo recuerde, un número racional es aquel que puede expresarse como la razón (o división) de dos número enteros. Ejemplo, el número 0,5 se puede expresar como la razón de uno y dos.

La cuestión que yo me pregunté hace mucho (porque yo soy mucho de preguntarme impertinencias) es si los términos “razón” (como expresión de división) y “racional” tienen algo que ver con el término “razón” como cualidad humana (siempre y cuando este humano no sea político). La teoría oficial etimológica dice que no. Razón viene de ración. Una ración, como bien saben los que hayan hecho la mili o hayan visto las pelis de guerra de los sábados por la tarde, es una división de algo. Asunto concluido.

Pues no. Porque uno, además de raro e impertinente es bastante tozudo y jamás me ha gustado cerrar en falso una autodiscusión así que abrí una línea subterránea de investigación al respecto. Línea subterránea es como yo llamo a cada una de las cientos de discusiones o ideas inconclusas que mantengo abiertas y para las que no he alcanzado una solución. Conforme voy aprendiendo cosas, voy cerrando dichas líneas y abriendo otras.

En estas estabas cuando de pronto, escucho al presidente del gobierno una frase que demuestra, una vez más, la profunda ignorancia general en cuestiones racionales.

La estadística es abrumadora: déjeme que subraye este último ejemplo: 2.500 euros a 500.000 familias al año y ustedes cero euros. 500.000 familias dividido por cero es infinito.

Bien, debo decir ahora que la definición de número racional que he dado al principio del post es un tanto inexacta. Un número racional es aquel que puede expresarse como la razón de dos números enteros siempre y cuando el denominador no sea cero. Porque cualquier número dividido por cero es una indeterminación. Es algo que todo aquel que haya hecho el bachillerato al menos debería saber y que los programadores conocen al dedillo por los famosos errores de “divided by zero exception”.

Pero dejemos a los personajillos y volvamos a la idea. ¿Tendrá que ver algo el número racional con la racionalidad entendida como la cualidad del pensamiento humano?. Si yo fuera malo malísimo cortaría ahora el post y os dejaría enganchado hasta el próximo pero como no quiero ser responsable de alguna que otra lipotimia causada por la tensión acumulada en la espera, continuaré con el desenlace.

Transcurrido el tiempo yo conseguí encontrar un evidente vínculo entre los número racionales y la razón pura y fue gracias a un personaje (hay que diferenciar mucho entre este personaje y los personajillos) llamado Pitágoras, conocido en su tiempo como Pitágoras de Samos y en la actualidad como “¿él del teorema no?”.

Parece ser que Pitágoras, después de unos viajes por Egipto, Babilonia y otros destinos turísticos de la época, vino con una serie de conocimientos matemáticos muy avanzados y fundó una especie de secta que llamo la escuela Pitagórica. La secta , hecha a imagen y semejanza de su creador, era rarita de cojones. Por ejemplo, sus miembros tenían prohibido comer habas o pisar las uñas cortadas (por cierto, que ahora caigo en que mi madre es pitagórica, un poco hereje en lo de las habas, pero fundamentalista en lo de las uñas).

Es probable que Pitágoras y su secta no hubiese pasado a la historia sino es por la entidad de su creador y por dos hechos. En primer lugar su teorema que dicen las malas lenguas (a mí me lo contó una mujer en la cola del pescado del mercado maravillas que se lo había oído a su cuñado) que no es propia de Pitágoras y que, como está de más recordar, dice que la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa en un triangulo rectángulo. Una vez más pensar en los cuadrados de los catetos me hace pensar en el debate, pero dejemos que las eminencias periodísticas juzguen y yo vuelvo al asunto que me ocupa.

La segunda teoría que le dio relevancia a la escuela pitagórica (que es el eufemismo que históricamente se usa para la secta) es el hecho de que el mundo vive en una armonía pura y esta armonía tenía un carácter matemático y numérico. Una consecuencia del pensamiento fundamental era la verdad irrefutable de que en el universo todo podía expresarse en función de relaciones entre números. Como conclusión última, y aquí está la gracia que seguro que es apreciada por todos, la armonía divina puede expresarse en función de la razón de números. Y es aquí donde la razón, y los números racionales se unen indisolublemente. Como veremos a continuación este lazo indisoluble se revelo soluble en poco tiempo.

Lamentablemente, el sueño del fundamentalismo racional de la secta pitagórica produjo sus monstruos (entre ellos el mismo Pitágoras) y sus víctimas. Una de esas víctimas fue un tipo apenas recordado por la humanidad y que, además de descubirir uno de los elementos más fascinantes del conocimiento humano, podría haber sido conocido como el chulo que destruyó la teoría pitagórica usando su teorema. Porque si señores, el teorema de Pitágoras es la base de uno de los acontecimientos que pusieron en solfa el pensamiento racional de Pitágoras y su panda.

De pronto a un tipo se le ocurrió calcular la hipotenusa de un triángulo rectángulo de dos catetos iguales a uno. La respuesta era sencilla, la hipotenusa al cuadrado era la suma de uno al cuadrado más uno al cuadrado, es decir, (haremos el cálculo para los seguidores de Rajoy), dos. Si el cuadrado de la hipotenusa es dos, el valor de la hipotenusa es (ahora dediquemos la conclusión a los zapateristas) la raiz cuadrada de dos.

Hasta aquí nada nuevo sólo que los pitagóricos se encontraron con algo inexplicable. La raíz cuadrada de dos es imposible de representar como la división de dos números. ¿Cómo?, ¡no puede ser!. Toda la armonía del mundo mundial debería poder expresarse en forma de razón de números y ¿resulta que una humilde raíz cuadrada de dos no puede?. Esta aparente estupidez causo desolación. Pitágoras creyó que la raíz de dos era una herejía que manchaba la armonía pura del universo.

Y es aquí donde Pitágoras olvido sus buenas intenciones iniciales y, según la leyenda, prohibió a sus discípulos la simple mención del hecho que haría tambalear los cimientos de su ideología. Incluso el tipo que planteó el problema (un tal Hipaso) fue expulsado de la secta y se erigió una tumba con su nombre para dejar bien claro que “tu pa’mi has muerto colega”.

Aún se llega a más, hay quien asegura que la muerte de Hipaso en un naufragio en circunstancias sospechosas se debió a un comando de la pitagóricos. Los más “mal pensantes” dicen que Pitágoras tuvo algo que ver en ello.

Para mucha gente Pitágoras es el padre de la matemática pero, si todo esto fuese cierto (que cualquiera sabe), habría que identificarlo como un precursor en cuanto a la creación de un partido político en el que una aparente racionalidad, da paso, apoyada en la disciplina interna, a la más completa irracionalidad. Incluso tendría su propia escisión provocada por alguien que rompió la unidad de pensamiento.

Mientras pienso en esto, de fondo se escucha:
- Y Eta que?
- Y la guerra de Irak que?
- Pues tu más
- No, tu más….

Así pues, como se ve, existen evidentes argumentos históricos para relacionar la razón con los números racionales y la sinrazón con los números irracionales. Por cierto, aunque a nadie pueda parecerle nada excepcional, los números irracionales son una de las grandes maravillas del mundo y algo a la vez bello e insondable. Para apreciar la belleza de estos números sólo hay que hacerse una composición de lugar y pensar por un momento en el hecho casi mágico de que, sean cuales sean los números que escojamos para numerador y denominador, jamás conseguiremos expresar el valor de la raíz cuadrada de dos o el número pi. Entiendo que es una belleza menos accesible pero no por ello menos hermosa.

Y para terminar y maravillarse entre la similitud y la correlación entre el mundo matemático y el mundo real sólo decir que, cuando los matemáticos por fin accedieron a aceptar el hecho de que no todo en el mundo era racional, dedujeron: “sumaremos a los números racionales, los números irracionales y a todo ello lo llamaremos números reales”. Es obvio, la realidad, al fin y al cabo está formada por una mezcla de razón y sinrazón en estado impuro.

Y si no lo cree, escuché usted la grabación del debate.

Resistencia al cambio

Hace unos años trabajaba yo en un proyecto para una empresa industrial en la que, a lo largo de más de tres años, fuimos realizando un completo rediseño de su sistema de información que, en muchos casos, implicó una auténtica reingeniería de procesos y en todos los casos una reingeniería de procedimientos. Puesto que la empresa en cuestión tenía más de cuarenta años y su filosofía era bastante conservadora (aparte de que hasta ahora había dado estupendos resultados en forma de pingües beneficios) los cambios a veces costaban en asumirse un poco más de lo normal. De hecho el reto ha sido uno de los más apasionantes de mi vida profesional porque esta empresa (familiar y aragonesa, para más señas), lejos de ser un desastre, era líder en prácticamente cualquier clasificación mundial de productividad.

Pasados los peores momentos al principio y como (y esto es una gran excepción en este mundo, a veces un poco falso, de la tecnología) los resultados tangibles se comenzaron a apreciar en forma de ahorro y aumento de productividad, los responsables nos dieron “carta blanca” para acometer cambios en todos los departamentos de la empresa. En todos los departamentos sin excepción al principio nos recibían con cierto recelo. Yo, que ya había aprendido a reconocer que puede que no supiera de todo más que nadie, siempre planteaba reuniones en las que insistía una y otra vez en que me contaran con todo detalle como trabajaban.

Para limar asperezas y porque además estaba convencido de ello, siempre les explicaba que si habían estado cuarenta años haciendo una cosa y les había ido como les había ido, muy mal no podían estar haciéndolo y que mi función allí era ayudarles a hacerlo igual de bien pero más fácil y cómodo. Esto nos abría un poco más las puertas para desarrollar el nuevo sistema pero aún así, y aún reconociendo que después de implantar el nuevo procedimiento y con la ayuda de los sistemas la cosa iba mejor, solíamos recibir continuos comentarios del tipo “si, ahora va mejor y más rápido pero el sistema antiguo era mejor”.

La aparente incongruencia de ese comentario solía recalcarse con el hecho de que el director de sistemas que nos ayudaba fue la persona que implantó un par de décadas antes el sistema anterior y recordaba perfectamente como la gente se quejaba exactamente igual por el cambio. Es una resistencia al cambio que todos los humanos llevamos dentro y que nos hace recelar de todo lo nuevo incluso aunque la mejora sea evidente.

Como anécdota ilustrativa de este proceso mental suelo poner el ejemplo del sistema de control de producción en planta que implantamos en la fábrica. Durante años se detectaban continuos errores (en un porcentaje pequeño, pero constante) en determinados procesos debido a la manipulación de los trabajadores. Cuando me di una vuelta por los diferentes turnos de la planta comprendí bastante bien a que se debían estos problemas. En primer lugar la plantilla de operarios la formaban un grupo de hombres que en la mayoría de las ocasiones pasaban de los cincuenta años y no ya con poca formación sino en su mayoría analfabetos funcionales (y quien quiera ver un insulto o desprecio está muy equivocado porque simplemente se trata de la constatación de un hecho tan cierto como que este grupo de operarios superaba en productividad por persona a la mayoría de empresas de este tipo de Europa y América). Frente a este personal, había un sistema de control de producción de principios de los setenta basado en una especie de terminales con una pantalla de dos líneas de 32 caracteres y un teclado. Para dar una orden el operario debía meter, su código de operario, su código de orden, un número de serie del producto y los distintos parámetros codificados en número. Todo ello lo hacían estos señores, con guantes en un entorno con una temperatura en muchos casos superior a los cuarenta grados (en verano bastante más) y con un 100% de humedad.

Los fallos debidos a errores de manipulación eran, aproximadamente del 0,75%. No demasiado, pero considerable si tenemos en cuenta que hablamos de una empresa que factura miles de millones y que funcionaba con capacidad excedida (es decir, que vendian todo lo que fabricaban y si fabricaban más, vendian más). Con un simple ahorro de un tercio de esos errores (un 0,25% del total) se justificaría de sobra la inversión en el nuevo sistema.

Como para mí esto era muy importante gastamos mucho tiempo en desarrollar y fabricar de forma casi artesanal (porque por aquel entonces ni siquiera existía comercialmente) unos terminales industriales con grandes pantallas de 19 pulgadas y táctiles. Se desarrollo un interface de usuario muy intuitivo donde los elementos se “dibujaban” en la misma posición que se encontraban en la fábrica. Para seleccionar un producto sólo había que tocarlo con el dedo y de él salía una gran pantalla con todas las opciones que había en grandes botones con dibujos intuitivos y textos muy claritos y poco ambiguos.

Una vez desarrollado e implantado todo se decidió hacer la prueba con un equipo particularmente curioso que los mismo de la empresa denominaban el “Dream Team” (que por si alguien no lo sabe significa el “equipo de ensueño”, Dream equipo y Team ensueño). Se trataba de un grupo de operarios que llevaban más de treinta años en la empresa pero que tenían serios problemas de comprensión. Dicho de forma mucho menos diplomática, eran unos mastuerzos de mucho cuidado. Me contaron decenas de historias sobre ellos (alguna surrealista) y de las pocas estadísticas que tenían se confirmaba que el nivel de errores en sus turnos era mucho mayor que en el resto. Eran los candidatos ideales para probar el nuevo sistema.

Comenzamos una mañana y en cada puesto, junto con el miembro del “dream team” se colocó uno de los desarrolladores del sistema como apoyo. A media mañana me llamaron desde un puesto: “Será mejor que vengas para acá porque este tío dice que esto no hay quien lo entienda”.
Cuando me acerqué el tio estaba negando con la cabeza.. esto no puede ser. Yo, que ya conocía a todos le pregunte y tuvimos más o menos esta conversación:

- ¿Qué te pasa?
- Que esto no funciona.
- ¿Cómo que no?, si a todo el mundo le funciona.
- Bueno, pero es un lío.
- Vamos a ver, explicamé que quieres hacer.
- Marcar la bobina como defectuosa.
- Vale, que bobina. Aquella, la que está al fondo de la rampa.
- Bien, no ves el dibujo aquí de la rampa?
- Si
- Y no ves la bobina aquí dibujada?
- Si
- Tocalá

El tipo, por una razón que jamás entendimos pero que no conseguimos que dejara de hacer en el tiempo que estuvimos allí, se quito el guante, se mojó el dedo con la lengua y tocó el dibujo de la bobina. Al instante se desplegó una pantalla con varios botones con todas las acciones posibles. Una de ellas, la más gorda porque en este puesto era la ocupación principal ponía (bonina defectuosa) y un dibujo de una bobina tachada.

- Ves?, que hay que hacer aquí
- Elijo esto de defectuoso no?

Tal y como tocó le aparecieron una serie de botones con dibujos explicando la razón del defecto.

- ¿Cuál es el error de la bobina?
- Tiene una mancha.
- Que botón tienes que pulsar ahora?
- Supongo que este que pone “mancha en bobina”.
- Ok, púlsalo
- Vale
- Ya está

El tipo se me quedó mirando como pensando en que después de todo, no podría decir que el sistema no funcionara y al poco me espetó:

- Pero este sistema es un lío, el otro es mejor!
- Aja, dime como lo harías con el otro.
- Muy fácil. Primero me voy a la bobina y apunto el numero de serie de la etiqueta.
- Y si el número esta en la parte de abajo?
- Le doy una vuelta
- Aja, le das la vuelta a la bobina de dos mil kilos, y ahora que?
- Con el número de serie me voy al terminal y marco mi número de operario y espero a que el sistema me diga OK.
- Vale, y ahora que?
- Marco el número de bobina y ahora marco el código de incidencia, el sistema me pregunta cuál es el código de tipo de incidencia y le marco el código de bobina manchada –me dijo mientras buscaba en un papel plastificado el código que, vaya usted a saber porqué, tenía como diez dígitos- y una vez marcado –seguía mientras sacaba la lengua para atinar al teclado en el terminal- me pregunta si estoy seguro y pulso el uno que es SI.

Terminado el proceso habían transcurrido al menos tres minutos. Le pregunté:

- En serio me dices que ves más fácil el manejo del sistema antiguo?
- Si, esta todo más claro.

Conmigo iba el director de sistemas que, como ellos, llevaba una pila de años en la empresa y optó por el procedimiento de tratamiento estándar en estos casos. Se trata de un sistema que une la diplomacia a la ingenieria social.

- Pues aunque sea más difícil que sepas que Don Jesus (el jefe y propietario de la empresa) ha dicho que tienes que utilizar este por cojones así que ya te puedes ir poniendo las pilas.

- El tío asintió a regañadientes.

Seis meses después, hicimos una estadística. El porcentaje de errores debido a manipulación de operarios bajó del 0,75% a menos del 0,10%. Pasado el tiempo, pasando por la fábrica vi al tipo en cuestión trabajando y me acerqué a gastarle una broma.

- Hola, te voy a dar una buena noticia. Me han dicho que al jefe no le gusta este sistema así que volvemos al anterior?
- A cual, al de los números?
- Si.
- Pero quien ha dicho eso?, si ese era un galimatías!!. Con lo fácil que este.

El tipo se quedó más tranquilo cuando le aclaré la broma. Me dijo “que cabrón eres sevilano” mientras se reía, se quitaba el guante, mojaba su dedo índice con la lengua y pulsaba sobre un dibujito en la pantalla.

Con este pequeño preámbulo quiero dejar claro que si hay alguien que sabe lo que es la reticencia a lo nuevo incluso en el caso de que lo nuevo sea mejor, ese soy yo que lo he sufrido y lo sufro a diario en mi trabajo.

Y dicho esto, quiero dedicarle desde aquí una mierda muy grande, muy negra y muy blandita al capullo que diseñó el puto sistema Windows Vista gracias al cual, llevo una semana cabreado con el mundo.

Lecciones de historia

Es bastante habitual que los pueblos olviden determinadas partes de su historia. A veces, y más últimamente, no es que se oculten sino que se maquillan o directamente se inventan. No pondré ningún ejemplo de esto último para no herir susceptibilidades. Pondré un ejemplo curioso que sólo molestará a los hijos de la Gran Bretaña (espero que a nadie se le ocurra escoger este texto para estudiarlo en ninguna universidad inglesa).

Los ingleses que están tan orgullosos (y con razón) de su victoria en Trafalgar sobre las flota franco-española, y que son capaces hasta de hacer que una fragata española acudiera a la celebración de su efeméride, no estudian jamás en ninguna de sus clases de historia el lamentable ridículo que hicieron, unos sesenta y cinco años antes de Trafalgar, en su intento por tomar Cartagena de Indias por parte del general inglés Vernon que contaba con 186 barcos (sesenta más que la famosa armada invencible) y casi venticuatro mil combatientes mientras que el general español (el vizcaino Blas de Lezo) contaba con seiscientos efectivos para la defensa.

Por cierto que, curiosamente, Blas de Lezo era el nombre de la fragata que acudió al homenaje a Nelson. Quién sabe si algún mando militar tiene un fino sentido del humor o simplemente fue una casualidad. Todo apunta a lo segundo.

La cuestión es que, en un primer momento, creyendo que el general inglés Vernon había vencido, los ingleses llegaron a acuñar medallas conmemorativas con el lema “el orgullo español humillado por Vernon”. Sin embargo, cuando se confirmó la derrota el rey Jorge II prohibió a cualquier historiador bajo pena de prisión la simple mención del “incidente”.

Esto demuestra además el hecho de que los ingleses son muchísimo más influyentes que nosostros porque, además de aceptar de buen grado aquello de la armada invencible que ellos mismos llamaron así, no creo que haya muchos españoles que conozcan esta historia más allá de los historiadores o aficionados a la historia.

En España seguro que hay múltiples ejemplos similares a este inglés porque, además, somos un país con bastante historia y en algunos casos no precisamente como para alardear. Pero a mí siempre me ha llamado la atención lo poco que se conoce sobre un capítulo tan importante en nuestra historia como es el emirato de Al-andalus.

En primer lugar, de lo poco que se sabe es común la identificación de Al-andalus con Andalucía (es cierto que el nombre ayuda) pero se olvida con esto que, aparte de los dominios en el norte de África, el emirato independiente llegó hasta Mérida, Toledo, Zaragoza o Valencia. Por otra parte, es curioso que una civilización que estuvo “sólo” ochocientos años en la península se considere en muchas ocasiones como unos intrusos.

Pero lo que realmente me sorprende es que, cada vez que leo algo sobre Al-andalus no puedo dejar de pensar que, en muchos aspectos, se trataba de civilización adelantada a su tiempo.

Sin duda, si hubiese que destacar una época de grandeza habría que reseñar los años del mandato de Abderraman segundo. Aparte de que convirtió a Cordoba en capital mundial, es curioso el hecho de que, tratándose de un emirato islámico, se practicaba la tolerancia religiosa y convivían judíos, cristianos y árabes sin mayor problema. Frente a la refinada cultura de Al-andalus (y ahí queda su literatura, su arquitectura, su medicina, etc..) los cristianos del resto de la península deberían parecer trogloditas.

Hace poco me contaron un hecho que dice mucho sobre el tal Abderraman II. Parece ser que por diversas causas, se hizo una cierta moda entre algunos cristianos el hecho de convertirse en mártires. Lo cierto es que lo tenían muy fácil. No hacía falta más que ir a cualquier calle de Cordoba y comenzar a gritar insultos a Alá o Mahoma. A pesar de la tolerancia, no hay que olvidar que se trataba de un emirato islamista y sus leyes eran contundentes al respecto. Los sacrílegos eran condenados a muerte y convertidos en mártires cristianos.

Abderraman, al que no le gustaba nada eso de tener que matar a los cristianos, y temiéndose que fuese el inicio de una revuelta promovió un conclave cristiano en Sevilla. En este conclave los sabios cristianos decidieron que el martirio sólo era válido a los ojos de Dios si venía impuesto y no si era buscado. Osea que ponerse a provocar para que lo mataran “no valía”. Esto hizo que cesaran los incidentes.

Desde que me lo contaron me ha llamado la atención el hecho de que en aquellos tiempos, el poder islamista fuese tan diplomático como para promover un conclave cristiano y estos cristianos fuesen tan civilizados como para aportar su buen juicio al apaciguamiento de la crispación. No puede uno por menos que comparar con la situación actual y añorar los tiempos en que en nuestra tierra se simultaneaba la responsabilidad política y/o religiosa junto al sentido común.

Pero el hecho histórico que me ha inspirado este post tiene que ver con otro aspecto de los andalusíes. A pesar de que, por comparación con el resto de habitantes de la península podría ser considerados algo así como metrosexuales, normalmente cuando les hinchaban los cojones (o como se diga) respondían de forma contundente como bien sabían los cristianos que hasta que no formaron un ejército con componentes de Castilla, Navarra y Aragón e incluso con cruzados provenientes de toda Europa no consiguieron comenzar a doblegarlos en las Navas de Tolosa.

Por cierto, a modo de apunte tocapelotas nótese que entre los participantes (o incluso entre los que no participaron que eran Portugal y León) no hay ningún representante de Galeuskcat que hoy día se arrogan el derecho exclusivo a ser considerados nacionalidades históricas.

Una prueba de que una cosa es ser educado y otra es ser débil sucedió en el año 844 cuando los Vikingos, ya hartos de aterrorizar al norte de Europa decidieron hacer una excursión de las suyas bajando por la costa atlántica. Después de algunas incursiones como por ejemplo el saqueo de Lisboa subieron por el Guadalquivir y se plantaron en la misma entrada de Sevilla. Se trataba de una pandilla formada por ochenta barcos (los famosos “Drakkars”) y unos cinco mil especímenes.

Los vikingos se entretuvieron haciendo pillaje en Sevilla hasta que a los andalusíes, comandados por el emir Abderraman II, se les acabó la paciencia. Dicen las malas lenguas que los vikingos se descojonaron de risa al ver llegar al ejercito del emir montado en caballos que, comparados con los que ellos estaban acostumbrados a montar, parecían ponys.

Aunque hay diferentes versiones, parece ser que que abderraman dijo entonces la famosa frase: ¿Qué los andalusíes somos pacíficos?. Que no se pasen!

Fue en una explanada a las afueras de Sevilla que se llama Tablada (y en la que hoy hay una base aérea) donde los jinetes de caballería ligera de Abderraman II arropados en su estandarte verde y heridos en su orgullo por la burla de sus contrarios, le dieron cuarto y mitad a los vikingos que perdieron veinte naves y casi mil bestias (me refiero a los hombres) en la refriega. Dicen que Abderraman que era un hombre sabio y misericorde dejó a los prisioneros en libertad para que regresaran a su tierra a decirles a sus paisanos que el sur había unos tíos con caballos pequeñitos pero muy matones y que mejor seguir acojonando a los del norte. Cuenta la leyenda que los que llegaron a su tierra jamás aceptaron la derrota y pusieron todo tipo de excusas como que en realidad estaban cansados, o estaban pensando más en las siguientes conquistas que en esa misma.

Nunca he sabido porque esta historia, como en general todas las que tienen que ver con ese trozo de nuestra historia, no son estudiadas ni conocidas. Alguien dijo que quien no conoce la historia está condenado a repetir los errores.

Y este fin de semana, algo similar pasó cuando, doce siglos más tarde, unas hordas de vikingos, después de machacar a los castellanos llegados de las orillas de Pucela se aceraron a una explanada a apenas tres kilómetros de Tablada, en Heliopolis, dispuestos a masacrar a los nativos.

Como en aquel día, la prepotencia hizo que se confiaran y, como aquel día, los del estandarte verde se revolvieron picados en su orgullo. Resultado de la contienda: Real Betis 2; Real Madrid 1.

Y es que los vikingos nunca aprenderán a ser humildes. Pasadas unas horas, su jefe normando sigue sin aceptar la derrota.

la res publica, la res impúdica

Alguna vez me han preguntado que porque no me meto en política. No es, ni mucho menos, una inquietud derivada de mis grandes dotes para la cosa pública sino más bien como reacción “tocapelotas” a cualquiera de mis críticas a los políticos. Es una reacción normal y admito que lógica. Yo mismo cuando veo a alguien criticar suelo preguntarme porque, en vez de tanto criticar, no se hace algo por mejorar lo criticado. Me consta que es mucho más fácil hablar que hacer y el hecho de que solo se equivoca el que hace algo.

De hecho, en otro ámbitos de mi vida si creo que soy más de los que hacen que de los que miran. Iba a decir que soy un hombre de acción pero lamentablemente eso de “action men” ya lo tiene registrado Mattel y yo no pienso saltar de un helicóptero ni me atrae nada la vida del comando.

Lo cierto es que, por mucho que a veces piense eso tan humano de “yo eso lo haría mejor”, la vida del político profesional y real sería imposible de llevar para mí. En casi todas las profesiones hay una idealización de la actividad y después está la realidad pero en pocas la diferencia es tan evidente. Se supone que la vocación de un político debe ser (y me consta que en muchos casos lo es al principio) la “res publica” o sea la gestión de los bienes comunes con el objetivo de mejorar la sociedad (sea esta un país, un pueblo o un barrio).

La realidad del político profesional es sórdida. Contra lo que pueda parecer, el político tiene continuamente el enemigo en casa. Es tu compañero de partido el que puede fastidiarte el puesto. Y a la vez que luchas contra todos “tus compañeros” debes plegar tus deseos y tus convicciones ni siquiera a los de la mayoría de tu partido sino más bien a los del líder de turno. No tengo ni idea de las estadísticas pero no me extrañaría que fuese una de las profesiones donde más depresiones haya. Y los que no se depriman serán porque han encontrado un punto de equilibrio en la esquizofrenia.

Eso es lo que realmente siempre me ha puesto los pelos de punta. Soy plenamente consciente de muchas (nunca se sabe si todas) mis fortalezas y mis debilidades. Una de mis debilidades es la imposibilidad de hacer cosas en contra de mi opinión. Eso que mucha gente llama disciplina pervirtiendo el significado real de la palabra. Eso de “disciplina de partido” es un eufemismo para llamar a la disponibilidad para quebrar tu sentido ético y tu conciencia.

Yo lo he sufrido en otros ámbitos. Aún hoy, trascurridos algunos años desde que dejé mi puesto de trabajo anterior tengo que explicar a algunas personas porque dejé la empresa. Me es difícil hacerme entender. Por una pura cuestión de cortesía suelo decir que es que no me explico pero sinceramente creo que para mucha gente es muy difícil comprenderme. La principal razón fue que determinados comportamientos a los que me obligaba ese trabajo me causaron una frustración tal que incluso tuvo consecuencias a nivel físico. Si analizas los parámetros básicos de “status” fuera y dentro de la empresa, sueldo, promoción, etc, etc.. mi anterior trabajo era un chollo pero lo que nadie puede calibrar es hasta que punto a mi me afectaban determinados comportamientos.

Pondré sólo un ejemplo y evitaré detalles y concreciones por razones de discreción. A base de trabajar en un determinado sector identifiqué un problema y diseñé una solución. Fuimos a presentarlas a varias empresas de ese sector y hubo tres (competencia directa obviamente) que se interesaron en ella. Mantuve unas reuniones y presentaciones preliminares y dos de ellas se animaron a aplicarla. Cuando esto sucedió fui a consultar con directivos de la empresa y les pregunté que haríamos. Como no quiero concretar demasiado sólo puedo decir que este trabajo implicaba el conocimiento de datos muy sensibles por lo cual, según mi opinión, no era de recibo el acometer los proyectos en paralelo y mucho menos por el mismo equipo.

La respuesta de “la dirección” fue la esperada. Si habíamos tenido la suerte de “colocarselo” a dos empresas, ahora no íbamos a renunciar. Yo propuse alguna opción alternativa. Mantengamos los dos proyectos pero que lo hagan equipos distintos. No era posible porque la única persona que podía hacerlo era yo. Bien, pues, por lo menos – argumenté- formemos dos equipos dirigidos por mí pero independientes entre sí. Incluso llegué a proponer decirlo a los clientes y que ellos mismos decidieran. La respuesta fue clara: Imposible. Hazlo tu pero, eso sí, de ninguna manera pueden enterarse de que estas haciendo lo mismo en la competencia. “Esto pasa todos los días” me dijeron. Y es cierto que sucede.

Y así estuve durante una temporada. Mi trabajo nacido de la creatividad y que tanto me gustaba se había convertido en algo poco ético. Durante un tiempo yo iba a las reuniones en dos empresas (en un sector donde hay muy pocas más) reuniéndome con altos cargos homólogos en los que me trataban como un aliado e incluso a veces, comentando formas de trabajar de la competencia para la que yo también trabajaba.

Desde determinado punto de vista, a mí ese trabajo me podría suponer un impulso en forma de una experiencia profesional tremendamente valiosa (a precio de mercado) o, incluso, en forma de entrada como alto directivo de alguna de estas empresas. A mí me supuso, unido a muchas otras cosas, mala conciencia que se tradujo en fatiga crónica y que, por primera vez en mi vida, no me gustara ir a trabajar.

En muchos casos, la gente no hace de esto un problema tan grande o se autoprotege en la auto-convicción. Un amigo mío, en un caso similar me dijo: “Yo tengo dos vidas, una en la que tengo que hacer cosas que no me gusta y otra en la que hago lo que me gusta. La primera me paga la segunda”. A mí, no me termina de funcionar.

En el caso de la mayoría de las profesiones estas situaciones son excepcionales. En el caso de la política “tragar sapos” viene con la profesión. Si tu eres del PSOE hace unos meses tenías que estar a favor de negociar con ETA y llamar a Batasuna la “izquiera abertzale” y hoy deberás pensar que Batasuna es ETA y no hay otro camino que la rendición. Si eres del PP lo mismo de lo mismo sólo que con otros plazos; estar a favor de la negociación con el “frente de liberación vasco” según Aznar y hoy estar en contra. De la misma forma, y según los torticeros mecanismos de la política, una cosa en la que ayer creías hoy se vuelve detestable simplemente por el hecho de que lo defienda la otra opción política (un ejemplo, el canon de la SGAE).

En definitiva, tienes que “pensar” y defender lo que diga tu líder, amo y señor independientemente de tu opinión. Dicen que Platón solía dar discursos a favor de una determinada postura y cuando terminaba entre aplausos decía “y ahora, os demostraré lo contrario”. Eso es retórica y es una herramienta muy útil. Pero toda la retórica del mundo no conseguirá que internamente pienses que eres miserable (al menos es mi opinión basada en mi forma de ser) o al menos no te sientas precisamente orgulloso de ti mismo.

En estos días, con el frenesí de la campaña electoral sucede algo que deja bien a las claras como un político debe transigir. Hace unos días, a un iluminado del PSOE se le ocurrió (seguramente diez minutos antes del discurso del mitin de turno) que, como la gente de pronto comienza a darse cuenta de la crisis inminente, habría que dar un golpe de efecto rápido y no se le ocurrió otra cosa que regalar cuatrocientos euros. Como imagino que ni les dio tiempo a estudiarlo no cayeron en la cuenta del hecho de que “estéticamente” era una chapuza. Parecía ni más ni menos que una compra descarada de votos.

Todos en el PSOE se callaron excepto un manojo de políticos de toda la vida que, lejos de amilanarse, buscaron la excelencia en la chapuza. Una de las que más me gusto fue la del ministro de trabajo. Dijo el tipo que “se van a devolver cuatrocientos euros porque como la media del incremento de la hipoteca es de ochenta euros mensuales, con esta medida se palia el efecto negativo del aumento del Euribor”. Con dos cojones. En primer lugar cabría pensar que sería mejor, si es lo que quieren, que cada uno presentara un recibo de hace tres años y un recibo de ahora y el estado le pagara la diferencia. Siguiendo este razonamiento llegaríamos a conclusiones tan absurdas como si propusiéramos que, como la media de consumo de hamburguesas es de cinco al mes por habitante, tendríamos que regalar cinco sobrecitos de ketpchup a cada hijo de vecino para compensar el gasto (por cierto, desde ya pongo a la venta mis sesenta sobrecitos anuales).

En el PP, imagino que después de que alguien manejara alguna encuesta en la que se dice que la preocupación de los españoles es la inmigración, no se les ocurrió otra cosa que presentar un “contrato” para los inmigrantes y entre los proyectos de “integración” planteaban la prohibición del velo. En Francia se prohíbe el velo pero se hace porque se considera un símbolo religioso y allí la educación pública es expresamente laica y está prohibido cualquier símbolo religioso ostentoso. O sea, que se prohíbe el velo pero también los crucifijos en las aulas, por poner un ejemplo.

Como siempre, con las prisas, a los pensantes que manejan las encuestas se les olvidó el pequeño detalle de que en Ceuta y Melilla abundan las familias musulmanas y el velo suele ser habitual y entonces llega el tipo que siempre tiene que haber (homologable en cualquier partido) y que en su esfuerzo por justificar algo de difícil justificación no se atreve a decir que no está de acuerdo sino que dice algo así como que, los musulmanes de Ceuta y Melilla no tienen porque preocuparse por el hecho del velo ya que a ellos no le afecta porque, al ser españoles, no tienen que firmar ningún contrato.

Menos mal, yo creía que la medida era pura discriminación por razones de relogión pero no, sólo es xenófoba. Es obvio que la ablación es una barbaridad si se practica por un congoleño a su hija pero si hablamos de un tipo de Alpedrete no tiene porque ser reprochable.

Y cada vez que escucho estas cosas siempre pienso en lo jodido que es ser político. Porque imagino que este hombre, o su mujer, o sus hijos, o sus amigos tendrán que pensar forzosamente en que lo que ha dicho es una estupidez. Yo me confieso incapaz de ejercer esta profesión. Tal vez por esto de llamar a la política la “res publica” es por lo que el calificativo de público ha adquirido tan mala prensa. Hay quien se queja del hecho machista de que una mujer pública sea asociada inmediatamente a una prostituta y un hombre público a una persona honorable. Puede ser verdad en general pero para mí, el hombre público (en genérico, hombre o mujer) está mucho más cerca de la verdadera prostitución.

Guardemos la formas por favor

Los americanos tiene un termino para nombrar a las mujeres que tienen bastante pecho y caderas anchas y la cintura pequeña. Se trata de las mujeres de tipo “hourglass” es decir, las mujeres con tipo “reloj de arena” (hourglass, como todo el mundo sabe, viene de la unión de dos palabras: hour que significa reloj y glass que significa arena). Hace un tiempo y no recuerdo en que contexto se me ocurrió decirle esto a una audiencia entre la que se encontraba una mujer y me cayó un “chorreo” considerable. Parece como si yo tuviera la culpa de que los americanos hicieran ese tipo de asociaciones visuales (por cierto, bastante evidentes). La mujer en cuestión venía a justificar su indignación en el hecho de que era un término machista y denigrante el simple hecho de comparar la forma de una mujer con un objeto.

Lo cierto es que yo sigo sin verle esa maldad. La comparación es bastante evidente (mucho más que, por ejemplo, la arquetípica comparación españolísima de la “forma de guitarra”) y además es bastante neutra en cuanto a sus connotaciones. Aparte de la forma, no creo que nadie pueda achacar ninguna otra similitud más o menos despectiva de un reloj de arena con una mujer. Hilando muy fino podríamos, si quisiéramos ser muy malos referirnos a su precisión, a su simpleza o a su monotonía. Pero yo, si quiero hilar fino hasta el infinito, prefiero quedarme con el poder hipnótico que tiene sobre mí el hecho tan elemental y básico de ver caer un filo hilillo de arena.

La cosa hubiese quedado en un sucedido sin más hasta que ocurrió algo que lo elevo a la categoría de nimio. A alguno de los contertulios se le ocurrió decir que a él, las mujeres que le ponen son las de forma de pera. Aparte de las evidentes muestras de desaprobación de algunos de los tertulianos, esto fue el granito de arena que desbordó el montón de la susodicha. Parece ser que si ya el reloj de arena era ofensivo, la pera era la idem. ¿Como podía osar ese espécimen troglodita a hablar de las mujeres en esos términos?. ¿Una mujer con forma de pera?. Yo intenté aliviar la tensión hablando de las magníficas propiedades nutricionales de las peras y del hecho, absolutamente cierto, de que a mi me encantan las peras (con piel y sin rabo). Una vez más me autodemostré que soy bueno para subir la tensión pero regular para bajarla.

Bromas aparte, el enfado de esa mujer creo que iba más por la predisposición que muchas mujeres tienen a pensar que los hombres hablan mal de ellas o que las tratan como objetos. Esto no es tanto así, y de hecho, ocurre muchos menos de lo que las mismas mujeres piensan (y algunas desean). Es cierto que existen miles de chistes de mal gusto (algunos incluso de excelente mal gusto) sobre formas femeninas pero normalmente por cada uno de esos chistes existe un recíproco en versión femenina (aunque en este caso la cosa incida mucho más en el tamaño que en la forma).

La cuestión es que los humanos que nos encontramos más debajo de los pirineos y más arriba de estrecho de Gibraltar (quedan expresamente excluido de esta generalización gratuita los habitantes de Ceuta, Melilla y las Islas Canarias, lo siento Miroslaw) somos particularmente dados a la comparación de formas. Creo que fuera de esos puntos geográficos pasa lo mismo, pero no me atrevo a asegurarlo.

Ya comenté hace un tiempo en un post la anécdota cierta de un tipo que hacía investigaciones sobre avistamientos de ovni(s) y sus problemas para que los lugareños le explicaran la forma del objeto en cuestión. En principio todos usaban un término que engloba a una infinita cantidad de formas: “Reondo”. Y ahí estaba él para ir afinando.. “¿reondo como una pandereta o reondo como una pelota?”. En la anécdota en concreto se llegó a la conclusión de que el ovni en cuestión tenía la forma de un capirote de nazareno pero sin punta (o sea troncocónico).

Otra anécdota al hilo de esto de la dificultad para expresar las formas me la contó un conocido del pueblo de mi madre que es ingeniero aeronáutico y que presento su tesis a la NASA. Le pregunté si la había enviado en inglés y me dijo “es que no tiene traducción”. Ante mi extrañeza me explicó que la base de sus tesis era una cosa que estaba inspirada en la forma de los “chirimbolillos” del cabecero de su cama. Cualquier puede comprobar empíricamente que no hay traducción posible al término “chirimbolillo” y además, estoy seguro que cualquiera de los que esta leyendo esto sabe como es un chirimbolo de la cama pero no tiene ni idea del nombre de esa forma si es que la tiene.

En mi nacionalidad histórica, (y mucho más en la república independiente de Triana), las comparaciones son una forma de expresión principal. A veces, aunque llevo bastante tiempo de inmigrante en la metrópoli central y he jurado asumir las costumbres de mis hospitalarios vecinos (¿alguien sabe dónde hay que recoger el contrato ese de los inmigrantes?), aún me salen algunas comparaciones que provocan la risa entre la concurrencia. En el caso de las asociación de formas, y aunque yo no soy mucho de usarlas, también es común ejercer el fino arte de la comparación. Como por esa tierra somos muy de campo, los términos asociados a las formas femeninas y masculinas son hortofrutícolas en su mayoría. Así tenemos las brevas, el higo, el nabo, etc, etc.. Incluso, en un alarde de sincretismo, a veces la comparaciones recorren un camino de ida y vuelta y así los altramuces son comúnmente conocidos como “chochitos”. Es cierto que no suenan particularmente elegantes pero al menos es obvio su parecido. Aún me pregunto yo que son y en que se parecen a unos pechos femeninos las “domingas” o el caso mucho más sangrante de “la polla”. Porqué, uno no es de campo pero en alguna ocasión he visto las pollitas de mi vecina del pueblo. Nada que ver oiga.

A todo esto hay que sumar que, incluso antes de que nos los dijera el informe Pisa la incultura generalizada es aún más profunda y general cuando hablamos de formas. Si yo hiciera ahora mismo una pregunta con mala leche como “nómbreme todas las formas que conozca” estoy seguro que poca gente pasaría de seis. No se el porcentaje de personas que sabe diferenciar un círculo de una circunferencia y esta última de una esfera. Mis años de dibujo técnico, y el cariño y la dulzura de mi profe asturiana, no consiguieron evitar que siguiera hablando de rayas en vez de líneas o que cuajara en mí el hecho de que un punto debe representarse como el cruce de dos líneas y no con un punto gordo y reondo.

Así pues, no es de extrañar que nuestras referencias a las formas estén plagadas de comparaciones. A lo más que llegamos, intentando ser más finos o parecer más eruditos, es a hacer comparaciones de alto nivel. Es evidente, que no es lo mismo decir que las mujeres (algunas mujeres) tienen forma de reloj de arena o de guitarra a decir que tienen forma de los orbitales N3 del tipo D en el eje Z de los átomos de hidrógeno. Es igual de inexacto, pero es una pasada de vocabulario.

Por todo lo anterior es por lo que me ha hecho mucha gracia que, en un estudio sobre las tallas femeninas, el ministerio comandado por un muy nombrado (porque aparte de nombrado, poco más…) científico como es Bernat Soria haya decidido proponer a la Comunidad Europea una modificación de las tallas femeninas en la ropa. La idea a mi no me parece mala y es tan revolucionaria que consiste en dividir la talla en tres medidas (pecho, cintura y cadera).

Para los hombres, que sólo respondemos a estímulos básicos, es mucho más evocador escuchar “yo tengo una 110,70,95” (por huir del tan poco excitante 90-60-90) que el frió y neutro “yo tengo una 40”. Pero lo que más gracia me ha hecho es que para llegar a la conclusión que firmaría don Pero de Grullo y Grullo, la justificación científica se basa en una división antropométrica de las mujeres españolas (debe ser que tampoco se han atrevido a llegar más lejos en sus generalizaciones) según la cual las mujeres se dividen en tres tipos: diábolo, campana y cilindro.

Una diferencia más entre nuestros mundos. Mientras en USA existen las mujeres “Hourglass” en Europa son Diábolo. Puestos a elegir, me parece menos despectivo el termino americano. Aparte del parecido fonético entre diábolo y diablo (mucho más evidente si uno vive en Italia), no puedo dejar de pensar que, mientras que el reloj de arena es absolutamente neutro, podríamos decir que un diábolo no es más que un juguete con el que jugar moviéndolo repetitivamente agarrándolo por “su cintura”. No quiero profundizar más en la reflexión porque no quiero llegar a la misma conclusión que el protagonista de “María y el trono” de Les Luthiers.

Me ha llamado mucho la atención el hecho de que usen dos términos coloquiales (diábolo y campana) frente a uno geométrico (cilindro). ¿Qué pasa?, a los sesudos investigadores antropométricos (no sé si se llamaran “antropometrologos”) no se les vino nada a la cabeza con forma de cilindro?. Que tal una caña, o un palo o un vaso cubata?. Esta bien, admito que no queda bien comparar el cuerpo de una señorita con un vaso de cubata pero, ¿acaso si es correcto compararlo con un diábolo o una campana?. Por cierto, espero que, en la imagen mental de la campana, se olvidaran del badajo. Existen más imprecisiones en el estudio y de hecho en el fondo tampoco estoy de acuerdo. Puestos a denigrar y hacer generalizaciones vacuas y ofensivas. ¿Porqué olvidar a la mujer aceituna? O una rareza pero de la que existen magníficos ejemplares como es la mujer campana invertida o vaso de cocacola?

Yo creo, definitivamente, que tratándose de estudios científicos deberían haber intentado, en primer lugar, ser mucho más precisos y correctos geométricamente hablando y, en segundo lugar, procurar no ofender. Y este estudio lo presenta un señor que va de progre por la vida y que hace de determinados valores como por ejemplo el feminismo y la igualdad entre sexos un pilar fundamental de su ideario político. Pues yo creo que es de muy mala educación y una ofensa. Cómo somos como somos, dentro de poco espero las primeras voces que exijan un estudio donde se denigre igualmente a los especimenes masculinos. No es la solución. La solución es pedir perdón humildemente a todas las mujeres que se sientan humilladas pensando en si son más diáboloformes o más campanoides.

Y si aún así siguen insistiendo, decirles que ya que han optado por hacer un estudio científico y homologando al término neutro de cilindro, yo les echo una mano desde mi formación en matemática geométrica. Señor Soria, un diábolo es un cono doble o un cono afín aunque imagino que sus sesudos estudiosos querían referirse a lo que se conoce en determinados círculos populares como un hiperboloide hiperbólico y que no es más que una figura de proyección cuya expresión matemática es 1+x2-y2-z2 = 0. La figura de campana es mucho más simple y se trata de una simple figura cónica o a lo más parabóloica elipsoide si quiero suavizar un poco la inclinación. Es cierto que puede que no se entienda, pero desde cuando el común de los mortales tiene porque entender a un ministro y a un grupo de antropometrologos aburridos?.

Yo, de hecho, ya hace mucho que utilizo términos mucho más precisos. Aún recuerdo la conversación con mi compañero del instituto, mientras observaba con mucho detenimiento la figura de mi profe de dibujo asturiana que a sus formas rotundas solía sumar la bonita costumbre de llevar blusas de lino prácticamente transparentes.

- No se si me gusta más la forma de hiperboloide hiperbólico de la tía o esas dos paraboloides elípticas que se mueven al compás según escribe en la pizarra.
- No se que decirte, yo sólo te puedo asegurar que me comía esas pedazos de peras ahora mismo.

Lo dicho, en mi tierra somos muy hortofrutícolas.

El lujo

Hace poco, en un blog del que no me permiten recordar su nombre, a modo de complemento del post vi un video un tanto cursi pero, a mi modo de ver, muy bueno que está basado en un texto de una escritora norteamericana que escribió a finales de los noventa en un periódico y que aunque en un principio se llamaba de otra forma, fue conocido como “use protección solar”. Se trata de un compendio de consejos vitales.

El título tan poco glamoroso viene del razonamiento de que de todos los consejos que se dan en este texto, es el único que tiene base científica. El resto, sólo parten de la experiencia. Yo conocía el texto de hacía unos años. Un compañero de trabajo me lo pasó hace unos siete u ocho años y me explicó que se trataba de un artículo escrito a modo de discurso de graduación (tan típico en aquellas latitudes) para una generación futura (de hecho creo que se escribió en el noventa y seis y lo primero que dice es algo así como “para la clase del noventa y nueve”).

Vaya usted a saber que hay de cierto en eso, pero lo cierto es que el artículo tuvo tanto éxito que la columna de la escritora en el periódico se pasó a llamar así (wear sunscreen). Años después, una agencia de publicidad hizo un video con el contenido y fue ofreciéndolo a diversas empresas. Un laboratorio lo compró como parte de una campaña de prevención de la diabetes o algo así.

Es cierto que el video es un poco más cursi y más efectista con su estética de videoclip y tal vez por eso (y por supuesto por el fenómeno youtube) ha llegado tanto a la gente. Quien quiera verlo sólo tiene que hacer una mínima búsqueda en youtube o google.

Por aquel entonces, cuando me pasaron el texto, yo ya solía escribir cosas que después se quedaban en el disco duro de mi portátil e, inspirado por la idea, hice una especie de lista de consejos. De hecho, como mantengo una copia de seguridad del disco de ese portátil la busqué y la encontré. Pensé incluso en publicarla en el blog pero decidí que no porque, además, con el paso del tiempo me parece aún mas una simple copia del texto. Así pues, lo guardaré en la listas de post nunca publicados con lo que tarde o temprano publicaré un libro recopilatorio que espero sea un best-seller.

Debo decir que yo antes me prodigaba mucho en el "noble arte" de dar consejos. Ahora apenas lo hago. Suelo decir que es porque no soy nadie para dar consejos pero internamente sé que además de eso es porque cada vez estoy convencido de la poca utilidad que tienen. A veces cuando les hablo a cualquiera de los chavales que contratamos y que normalmente acaba de salir de la universidad o tienen poco tiempo de trabajo me sorprendo dando consejos profesionales basados en mi experiencia y cuando me doy cuenta de ello suelo terminar diciendo: “en cualquier caso tu no me vas a hacer caso y hasta que no te pase a ti y lo sufras en carne propia no reconocerás que es cierto”. Tal vez el ejemplo más simple directo y eternamente repetido es el de hacer una copia de seguridad de un archivo antes de modificarlo, o de los documentos de trabajo, etc... No llevo la cuenta de las veces que lo digo y tampoco llevo la cuenta de las veces que me ha llegado un chaval con la cara blanca diciéndome “es que he perdido el contenido del archivo…”.

Y es que los humanos somos así. Raramente escarmentamos en carne ajena. En realidad todos somos muy similares y hemos sentido las mismas cosas en épocas parecidas. En mis viajes por el mundo, que no han sido muchos pero tampoco pocos, ha habido una cosa que siempre me ha llamado la atención y es que todos los niños parecen comportarse igual. Da igual que estés en un país latino que nórdico, en una potencia económica o en un país en vías de desarrollo. Al final los niños lloran y se ríen igual y casi por las mismas cosas. Después de la infancia, tampoco cambiamos tanto. Que levante la mano todo aquel que no haya hecho alguna estupidez por amor o que no se haya imaginado cantando con un micrófono o guitarra imaginaria delante del espejo de su habitación.

Pensándolo bien, el hecho de que en el fondo seamos muy parecidos nos tendría que convertir en unos estupendos proveedores de consejos para las generaciones posteriores a las nuestras pero como la naturaleza es una cachonda, cada generación lleva incrustado en su código genético el gen de la autosuficiencia que a la vez que nos hace pensar que somos la generación más lista, y precisamente por ello, nos impide reconocer y admitir los consejos de los mayores.

Hace ya bastantes años mi cuñado perdió a su padre. Yo estuve cerca de él durante esa época y vi como superaba todo con bastante entereza. No lo vi llorar en los días en los que duró el amargo trago desde el ingreso casi cadáver en el hospital hasta que se murió y lo enterraron. Era un tipo bastante duro y poco dado a la expresividad así que no me sorprendió. No obstante, transcurrida alguna semana desde aquello me lo encontré por casualidad en la máquina de café del trabajo (por aquel entonces trabajabamos en el mismo sitio) con la cara demacrada y evidentes rastros de haber llorado. Lo cierto es que me pilló un poco descolocado. Antes de que le preguntara me dijo con voz entrecortada:

“Hoy hablando por teléfono con alguien he descubierto que tiene familia en mi pueblo. Nada más colgar he pensado en llamar a mi padre para contárselo y ver si él conocía a esa familia. Ya tenía el teléfono en la mano cuando me he dado cuenta de que ya no podré llamarlo nunca más. Lo he perdido y nunca volverá. Ha sido hoy, con esa estupidez, cuando me he dado cuenta del lujo que he perdido y me he venido abajo.”

Para terminar, y con las lágrimas aún en las mejillas me dio un consejo: “Disfruta de tus padres tú que tienes la suerte de que aún los tienes”.

Con la emoción del momento casi se me saltan las lágrimas pero, sinceramente, en ese momento yo no entendí en su justa medida el consejo. Al fin y al cabo es lo mismo que decirle a un chaval de dieciocho años que disfrute el hecho de que pueda salir una noche de marcha y levantarse al día siguiente tan campante o decirnos a cualquiera de los que vivimos en nuestro país que disfrutemos el hecho (mágico para cientos de millones de personas) de abrir un grifo en nuestra casa y que salga agua. O explicarnos a cualquiera de nuestra generación el privilegio que consiste en poder expresar tu opinión sin miedo a que te metan en la cárcel por ello.

Son consejos que todo el mundo entiende porque tenemos capacidad de raciocinio pero que nos cuesta interiorizar porque, al fin y al cabo, como pasa con todos los consejos, hasta que no nos toca vivirlos no llegamos a entenderlos en su justa medida.

Por diversas circunstancias que se han aunado en los últimos tiempos, me he acordado bastante del consejo que me dio mi cuñado. Algunos casos cercanos de padres fallecidos y el hecho de que en mi última visita navideña vi a mis padres (especialmente a mi padre pero también a mi madre) bastante envejecidos ha hecho que, por fin, comience a darme cuenta de eso tan habitual de “que razón tenía…”.

Por primera vez en mucho tiempo comienzo a darme cuenta del inmenso lujo que supone poder disfrutar de mis padres y aunque sé que no captaré realmente toda la grandeza de este lujo hasta que lo pierda definitivamente, creo que, al menos, he ganado algún tiempo (esperemos que muchos años aunque me temo que no). Creo que es a lo más que puede aspirar un consejo. A ganar algo de tiempo.

Hace unos días me invitaron a una montería para este fin de semana en una finca de uno de mis socios. Cuando rechacé la invitación un amigo/conocido que tengo me reprochó el hecho de no asistir.

- Tu no sabes la de gente que se gasta dinerales por ir de caza y a monterías y tu que tienes la suerte de poder ir en condiciones privilegiadas, dices que no.
- Lo cierto es que para ese fin de semana tenía programado bajar a Sevilla a ver a mis padres.
- Bueno, pero eso lo puedes hacer cualquier otro fin de semana y lo de la montería es sólo este.
- Es tu opinión. Yo, lujo por lujo, prefiero ir a ver a mis padres.

El tipo asintió porque es obvio que nadie va a decirte a la cara que es preferible una montería a pasar un fin de semana con tus padres más que nada porque “queda mal” pero vi en su mirada que no lo entendía. Seguramente, él no está en la situación aún de entenderlo. No se si entristecerme o alegrarme por él.