El código Firnás

No me canso de admirar y de sorprenderme de los mecanismos de la memoria. Esa inmensa cantidad de puntos que se conectan de forma caprichosa. Hace unos días leí un post sobre París (de Miroslav) y terminé acordándome de Ibbas Ibn Firnas. El proceso en este caso, como en todos, es relativamente inmediato (muy “relativamente”).

Dicen por ahí (creo que le llaman la teoría de los seis grados) que si piensas en dos personas cualquiera la relación entre una otra se puede establecer en seis pasos (este conoce a aquel, que es concuñado del otro, etc…). Yo he comprobado que, al menos en mi caso y supongo que en el caso de cualquiera, pasar de un asunto sin nada que ver en la mayoría de las ocasiones supone un par o tres de saltos. Eso si, a veces los saltos son de triple tirabuzón con lazo.

En este caso, el proceso fue el siguiente. Miroslav hablaba de Paris y sus avenidas y alguien comentó el hecho de que esas avenidas tenían la anchura justa de una brigada de artillería (se hacía así, según parece, para sofocar revueltas). A mí esa sumisión de la forma a la función me recordó una charla con un ingeniero trianero (de Triana en la provincia de Sevilla) en la que contaba el porqué de algunas de las características del puente del Cachorro que es el único puente de los que se hicieron en el 92 (con motivo de la expo) diseñado por un sevillano. Un puente por cierto, llamado también “de los léperos” por la curiosidad de que primer se hizo el puente y después se hizo pasar el rio por debajo.

Pensando en ese ingeniero muy conocido (Jose Luis Manzanares) recordé que no hacía mucho leí que se estaba encargando (no se si ya está terminado o no) de un puente que llevará el nombre de Firnas “et voila!”, de de las avenidas de París a Firnas en un par de pasos.

Firnas (Abbas Ibn Firnas) es un tipo curioso pero lo realmente curioso es que, habiendo nacido en Ronda sea una celebridad en el mundo árabe mientras que aquí apenas se le conoce. Yo supe de él gracias a mi amigo Santiago mientras hablábamos sobre Da Vinci. Santiago, que solía tener unas opiniones muy particulares, no compartía esa admiración que a mí siempre me produjo Da Vinci. Su razonamiento era que se trataba de un tipo totalmente sobrevalorado por la historia. Él estaba de acuerdo en el hecho de que como artista “no era malo” pero en lo que no estaba de acuerdo es en su fama como ingeniero. En realidad, Da Vinci no era un ingeniero sino un dibujante. Poquísimas cosas de las que dibujó pudo llevarlas a la práctica. A pesar de que yo soy una especie de fan de sus diarios y sus dibujos esquemáticos, hay que reconocer que algo de verdad hay en esto. Pocas, por no decir ninguna, de las máquinas y artefactos que diseñó se construyeron.

De hecho han habido intentos incluso muy recientes que han fracasado. En los diarios de Da Vinci se puede constatar la famosa frase moderna de “el powerpoint lo aguanta todo” y es que una cosa es dibujar una ballesta o una máquina submarina y otra muy distinta que la flecha salga disparada o que el artefacto no se inunde. No obstante, para mí el simple hecho de imaginar algo tan novedoso me hace pensar en que detrás hay un genio. Ni esa me admitió mi amigo. Según él hay mucha diferencia entre un genio y un tipo informado. Una vez más es absolutamente cierto ( y la historia está llena de ejemplos) que hay tipos que más que imaginación lo que tienen es cultura o acceso a un conocimiento no demasiado extendido. Desde Pitágoras hasta Marconi la historia de los descubrimientos e inventos esta lleno de tipos que “pasaban por ahí” y con más o menos aportación se han llevado la fama.

Siguiendo con el razonamiento, Santiago me puso algún ejemplo de engranaje o máquina diseñada por Da Vinci que fue descrita e incluso fabricada mucho antes. Algunas por los griegos. En medio de esta disertación me dijo “y el ala delta, ese gran invento, base de todos los desarrollos aeronáuticos posteriores que no estaría mal del todo si no fuese porque tu paisano Firnas no sólo la dibujo sino que diseñó aerodinámicamente, la fabricó y voló con ella siete siglos antes”.

¿Cualo?, fue mi respuesta inteligente. Yo había oído hablar de Ícaro y Dédalo e incluso de los diseños de máquinas voladoras de Roger Bacon pero era la primera vez que alguien me hablaba de un tipo que realmente había volado, siete siglos antes que el diseño de da Vinci y además, ¿paisano?. Herido en mi orgullo por tanta ignorancia no tuve más remedio que investigar. En primer lugar como ya dije, lo de paisano depende de cómo de amplio consideres el término. Digamos que Santiago se refería a que nació en Andalucía. Abbas Ibn Firnas fue, efectivamente, un sabio andalusí nacido en Ronda. Ya comenté en otro post que todo lo que he descubierto de esta cultura me fascina. Durante esa investigación (que desde aquí animo a que repita quien como yo en su día, se sienta intrigado por este tipo bastante poco conocido por sus paisanos) descubrí que el tipo era un filósofo al estilo que se llevaba entonces. Un astrónomo, poeta, químico, físico y matemático. Un tipo que lo mismo se montaba un planetario en su casa (donde simulaba eclipses de sol), fabricaba un reloj de agua o tallaba cristales.

Dicen, y a partir de aquí las versiones son parecidas pero todas con detalles diferentes, que en el año 852 fue uno de los testigos de cómo otro andalusí temerario se lanzaba de una torre de Cordoba con una especie de capa a modo de paracaídas. Este tipo (otro que debería estar en la historia) se llamaba Firman (Amman) y tal vez por la similitud con Firnas, en muchos sitios se confunden y se considera este vuelo (más bien caída) como el primer intento de Abbas. Por lo que se sabe, el tal Firman terminó perjudicado pero menos de lo que se esperaba (si es que van como locos y luego pasa lo que pasa). El hecho de que este tipo no se matara parece ser que fue lo que inspiró a Firnas a aplicar sus vastos conocimientos (que no Bastos conocimientos.. esos son los de Belén Esteban) para el diseño de su máquina. Por cierto, he hecho la prueba de Google: Belen Esteban más de medio millón de entradas, Abbas Ibn Firnas unas diez mil.

La máquina voladora de Firnas era por lo que se sabe, muy similar a lo que hoy sería un ala delta con una estructura de madera recubierta de tela de seda e incluso (aquí no se ponen de acuerdo) un dispositivo de timón de dirección. A diferencia de los sabios del renacimiento, Abbas decidió probar su aparato y lo hizo en el año 875 a la tierna edad de 65 años (lo cual, una vez más, deja en ridículo esa tontería tan repetida de que antiguamente prácticamente nadie llegaba a los cuarenta años confundiendo esperanza de vida con los años que viven los hombres de media).

Sobre el vuelo hay multitud de versiones. Desde la más repetida (y probablemente la real) que dice que voló durante unos diez segundos y que efectivamente planeó hasta que aterrizó regular tirando para mal (se rompió las dos piernas y la espalda) hasta la más poética y que yo, como soy “asin”, voy a dar por oficial en este blog y es que voló durante diez minutos y al final aterrizó de forma suave en medio del rio Guadalquivir.

Lo cierto y verdad es que el primer tipo que hizo cálculos aeronáuticos de verdad (la máquin de Da Vinci jamás hubiera volado) y además la probó con éxito fue un señor que vivió por aquí hace unos mil doscientos años. Lo curioso de todo esto es que Abbnas Ibn Firnas es una celebridad en los países de cultura árabe donde no cabe duda de que fue el primero hombre que voló (y un “poquito” antes que los hermanos Wright). Hay multitud de estatuas y representaciones de este señor, calles, universidades, estatuas. Como curiosidad uno de los aeropuertos de Bagdad lleva su nombre y al otro (al más famoso) se va por una carretera llamada también con su nombre.

Aquí, a no ser que yo sea un cazurro que no se entera de nada (lo cual no descarto), creo que muy poquitos lo conocerán. Afortunadamente, ahora se hará (o ya se ha hecho, no lo sé) un puente con su nombre y espero que al menos la gente vaya conociendo a este señor y ya de paso a muchos de los que conformaron una cultura fascinante.

En cualquier caso, creo que la fama no llegará hasta que alguien no escriba “El código Firnas” (y que conste que estoy dando una idea cojonuda).

Los abogados hacen más miserables muchas de las experiencias cotidianas de nuestras vidas.

El título del post es una frase que leí una vez y cuya autoría desconozco pero cuando la leí me acordé inmediatamente del sucedido que relato en este post. Así pues, aunque largo, no creo que haya un título más adecuado.

En el último post de Miroslav (ya no es el último pero es lo que pasa cuando no tienes tiempo ni para hacer un post de una vez) se trata un asunto en el que interviene intrincada en la historia la institución del “colegio profesional”. A mí me ha recordado una historia (me resisto a llamarla anécdota) que me sucedió hace unos años. Es algo que he procurado a propósito olvidar muchas veces pero que cuando lo recuerdo me sigue indignando.

No es que sea una cuestión tan importante pero normalmente a mí se me quedan grabadas las situaciones en las que he sentido impotencia. Una vez conté en un post llamado la furia la única vez que yo recuerde que he perdido los papeles totalmente. Todo fue a consecuencia de una cosa que me había sucedido años atrás cuando un grupo de fachas me pegó una paliza. Siempre digo que lo que menos me dolieron en aquellos momentos fueron los golpes sino la sensación de injusticia e impotencia.

En este caso que me la ha recordado la mención a los colegios profesionales. En mi caso el protagonista es un abogado. Antes de relatar toda la historia querría matizar que mi historia ha hecho que mi parte visceral me lleve indefectiblemente a los prejuicios contra cualquier abogado pero mi parte cerebral intuye que dicha generalización, como casi todas, implica injusticia (aunque es probable que en este caso la cosa este más reñida entre ambas partes).

La cosa comenzó a finales de los noventa cuando una tía mía -fallecida ya- recibió como varios vecinos del pueblo, una notificación de expropiación. Como no quiero alargarme más de lo habitual (mucho) obviaré los detalles legales del caso que además no tienen nada que ver con la historia que me indignó. El caso es que al poco de suceder aquello, y cual buitre al acecho, apareció un abogado de Madrid que vecino por vecino fue ofreciendo sus servicios ya que, según él, tenía mucha experiencia en este tipo de casos. Fueron seis vecinas, todas ellos señoras ancianas, las que aceptaron. El abogado les pidió un adelanto de la minuta de doscientas mil pesetas. A pesar de que en la mayoría de las ocasiones, las señoras cobraban pensiones de viudedad mínimas, todas pagaron religiosamente (estas señoras suelen hacer todo religiosamente) las pelas. A partir de este momento del abogado nunca más se supo.


Trascurrido un tiempo mi tía me lo contó y obviamente me indigné. Lo primero que se me ocurrió fue que el tipo fuese un estafador y lógicamente, ni siquiera fuera abogado. Yo tenía una tarjeta con su nombre y su número de colegiado de Madrid pero eso, es obvio, se puede hacer en cualquier sitio. Lo que no me cuadraba es que el estafador hubiese dado un número de cuenta para hacer un ingreso. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enteré por medio de un amigo abogado que hizo las averiguaciones oportunas que ese señor era efectivamente abogado y estaba colegiado.

En ese momento, e indignado por lo que le había hecho a mi tía (la persona más buena y más ingenua que he conocido en mi vida con diferencia) comencé a intentar ponerme en contacto con él. En un principio me cogió el teléfono un par de veces y me dio alguna excusa peregrina pero después directamente me colgaba. Incluso fui a su despacho en la calle Rio Rosas pero me fue imposible hablar con él. En ese momento, yo aún tenía la esperanza de que realmente se encargara de algo o que, al menos, devolviese el dinero a mi tía.

Pasado el tiempo, y ante la evidencia de que ese señor no pensaba devolver un duro, a sugerencia de abogados del departamento de legal del la empresa en la que trabajaba, le envié varios Burofaxes (o será Bureau-Faxs) conminándole a que devolviera el dinero o, al menos, enviara una minuta a modo de factura que indique a santo de qué se había gastado esas doscientas mil pesetas. Nunca recibí factura. Insisto en que la estafa fue a varias personas pero yo tenía un poder de mi tía con lo que solo reclamaba por mí aunque de buena gana hubiera apoyado una demanda global.

A pesar de que yo estaba en esa época particularmente ocupado y viajando, opté por pedir consejo a un abogado bastante famoso (o debería decir abogado de gente famosa) que conocí poco antes por cuestiones profesionales. Me dio tres opciones: La primera consistía en litigar pero teniendo en cuenta que él denunciado era abogado y por las averiguaciones que hizo no le sobraba el trabajo (o sea que disponía de tiempo) sería una cosa larga y costosa que para doscientas mil pesetas no tenía mucho sentido. La segunda era avisar a unos clientes suyos que le debían favores y por un módico precio le darían una paliza o le destrozarían el coche (sólo hasta llegar a las doscientas mil pesetas en daños, me puntualizó). La tercera era realizar una queja al departamento de deontología profesional del colegio de abogados de Madrid. Elegí esta última. Siempre he pensado que escogí una opción incorrecta.

En ese momento comenzó la insufrible relación con el colegio de abogados. Lo primer que hice fue enviar un simple mail contando mi historia de forma sucinta. Pasados días y semanas no había respuesta alguna hasta un día me contestaron formalmente. Y cuando escribo "formalmente" es porque, en ese honor constante que hacen los abogados a la burocracia más rancia, la respuesta a mi mail se produjo por carta certificada con acuse de recibo. A partir de ahí, todas las comunicaciones se realizaron con ese método y con retrasos entre interpelación y respuesta de meses. En realidad, si obviamos los plazos, el proceso fue bastante sencillo. Primero me pidieron que redactara mi queja y la registrara en el colegio de abogados. Así lo hice. Al cabo de algún mes, me contestaron (una vez más certificado y con acuse de recibo, lo que a mí que viajaba constantemente se me hacía más incomodo aún) que iban a demandarle al abogado sus alegaciones. Transcurridos unos meses, el colegio de abogados me respondió diciendo que no había obtenido respuesta del sujeto (lo cual ya comienza a ser curioso) y me instaba a depositar las pruebas de los ingresos y las peticiones para obtener la minuta (siempre por Burofax) para abrir un expediente (creo que el verbo es incoar).

Una vez recibida la información, me enviaron nueva comunicación acusando recibo y fijando un plazo (ahora no recuerdo pero de meses) en las que trasladarían al abogado la información para ver si esta vez se dignaba responder. Pasó el tiempo y no respondió. El instructor me envío entonces una comunicación en la que me decían que esta vez sí, el caso pasaría a ser “juzgado” por el comité deontológico. Fijaron fecha para dentro de unos meses. Transcurridos más de dos años desde que registré la reclamación me informaron de la sentencia.

La sentencia literal me daba tanta rabia que la destruí (me ponía de mala leche cuando la veía). Aparte de eso, como suele ser habitual cuando tratas con abogados, precisaba de un tiempo de decodificación considerable. Venía a decir algo así:


- Se ha demostrado que la señora tal le ha pagado al colegiado tal doscientas mil pesetas de lo que da fe el resguardo de transferencia del banco.
- Se ha demostrado que el abogado no ha respondido a los numerosos requerimientos de su cliente para obtener una minuta detallada tal y como manda la ley y los artículos para el desempeño de la profesión en sus disposiciones aplicables.
- El abogado tampoco ha contestado a ninguno de los requerimientos por conductos oficiales que se le ha hecho desde el colegio para que aporte información o proporcione dicha minuta profesional.


Lo surrealista viene a continuación:

Puesto que no se dispone de minuta alguna, el colegio no puede deducir si el dinero entregado al abogado se corresponde adecuadamente con los servicios profesionales prestados y si es correcta su tarificación.


La sentencia concluía que, ante la imposibilidad de disponer de valorar los servicios al no disponer de una minuta profesional que detalle el objeto facturado, se rechaza la petición del demandante de proceder a la devolución del importe y se sentencia al abogado a siete días de suspensión por falta administrativa grave al no contestar a las peticiones de información del instructor de la queja que es una infracción reseñada en los estatutos del colegio de abogados de Madrid.


Después de dos años de cartas certificadas con acuse de recibo (algo que se podría haber solucionado en días, tomándose su tiempo) resultó que esa especie de juzgado paralelo del colegio sentenció a un estafador a pasarse una semana sin ir a un juicio que, además, podía elegir para cumplir en los siguientes tres meses. Vaya, que es como si a mí me suspenden diez días sin ir al Bernabeu a ver al Madrid.

Mi estado de indignación era tal que mi amigo Santiago me recomendó tomar alguna infusión relajante (el siempre recomendaba alguna planta rara). Incluso se ofreció a pagarme el dinero sabiendo que evidentemente, el dinero era algo accesorio en esta historia. De hecho, yo le mentí a mi tía y le devolví las doscientas mil pelas que entonces ya eran euros.


Lo lamentable de todo esto es que cada vez que he referido esta historia a un abogado o a alguien que tiene que ver algo con la administración de justicia me dice que es algo normal pero lo realmente penoso es que este tipo de lógica abyecta la práctica ni más ni menos que el colegio de los que, al fin y al cabo, terminarán siendo jueces.


Hace unos años un amigo mío que tenía una empresa fue denunciado por un proveedor. Le encargo a este proveedor un trabajo. El proveedor no lo hizo (ni apareció) y al cabo del tiempo contrató a otro proveedor que al fin lo hizo. Años después, el primer proveedor vino pidiendo derechos de propiedad intelectual porque decía que, aunque lo hizo otro, se lo encargaron a él primero. A mí me llamaron por si tenía que declarara como testigo. Yo acepte pero pensé que la denuncia era tan surrealista que era imposible siquiera que se tuviese en cuenta. El abogado de mi conocido me dijo. Ten en cuenta que “en habiendo” abogados y jueces por medio todo es posible.


Años después me encontré con el abogado que me aconsejó y cuando le conté la historia me dijo. ¿Lo ves?, tenías que haber elegido la opción de la paliza. Y, como buen abogado, apoyó su afirmación con una pregunta retórica: ¿Que te parece más justo para un tipo que ha estafado a un grupo de ancianas pensionistas, una semana sin poder ir a un juicio o un par de hostias bien dadas?. A veces aún lo sopeso. Todo puede ser que algún día me cruce con el tipo en cuestión y escriba el post "la furia 2".

Que el tiempo no te cambie

Como creo que sucede a todos, yo tuve una época en mi primera adolescencia donde, apenas en unos meses me sucedieron una gran cantidad de cambios físicos que coincidieron con cambios aún más drásticos (y os aseguro que los físicos fueron espectaculares) en mi personalidad.

Uno de ellos fue en la música. Es probable que hoy día, cualquier chaval que (seguramente por equivocación) lea esto no entenderá muy bien este cambio o se confunda pensando que yo era demasiado infantil pero en mi época y al menos en mi entorno, los chavales con once o doce años no solíamos escuchar música más allá de la música parrandera de fiestas populares o la música infantil cuya máxima expresión eran las canciones de los payasos de la tele (Hola don pepito…). Hoy es raro que un niño de seis años no conozca a los grupos pop de moda pero entonces (insisto, al menos en mi entorno) no era así.

En mi caso no fue hasta octavo de EGB (que como ya he dicho alguna vez a mi me pilló algo más joven de lo habitual) y sin duda influido por un amigo repetidor que incluso tocaba en un grupo, cuando comencé a “introducirme” en el mundo de la música “de adultos”. De hecho, fue gracias a él y a mi inconsciencia preadolescente que organicé mi primer concierto.

Otras grandes diferencias con respecto a los tiempos que vivimos ahora es que entonces un chaval de mi edad apenas manejaba dinero, que los equipos de música eran raros y caros (incluso los más modestos radiocassettes) y que los discos y las cintas costaban una pasta y para regocijo de la SGAE las copias eran raras y difíciles de conseguir. Aún me recuerdo grabando los discos de Silvio Rodriguez a puro micrófono en una habitación en silencio y ese “te doy una canción” con mi madre de fondo diciendo… “venga, que ya está la cena…”.

También recuerdo nítidamente mis primeros discos que fueron el “Desayuno en America” de Supertramp y el Discovery de la ELO. Poco después, con la experiencia y el intenso bagaje musical que dan los meses, abandoné la música más comercial para regresar al pasado y descubrir a Pink Floyd, Deep Purple, Eagles o Jethro Tull. Transcurrida la inmensa cantidad de tiempo que va desde los trece a los catorce y hecho ya un hombre, mis gustos se asentaron o tal vez debería decir que se desparramaron porque descubrí que en la música, como en muchas otras áreas de la vida, soy terriblemente ecléctico y lo mismo escuchaba rock andaluz, que la nueva trova cubana, música electrónica, rock sinfónico (y sicodélico) o rock duro.

Solo había una excepción en mis gustos y era por supuesto la “música comercial” que era como llamábamos “los entendidos” a la música de los cuarenta principales, o la que salía en los pocos programas de televisión. Por aquel entonces yo conocí a un tipo que me parecía “guay”. Era amigo de otro amigo y estaba pelín colgado. De familia bien y con bastante pasta, el chaval llamaba la atención porque se apuntaba a cualquier moda (rocker, mod, punk). Yo lo conocí en una fiesta en la que iba disfrazado como los protagonistas de “la naranja mecánica” con su camisa y pantalón blanco, su bastón y su bombín. Cuando me lo presentaron me soltó la famosa frase “hola hola hermanito” que se decía en esa película (nunca leí el libro) y que fue una de las frases fetiche en nuestra pandilla durante años. Para dejar bien claro la personalidad de este chaval habría que apuntar que esa fiesta no era para nada una fiesta de disfraces.

Este tipo al que llamaré Kiko para la ocasión y al que con el tiempo le perdí la pista, tenía un gusto musical curioso. Un día, sabiendo que yo iba a Madrid a ver a un familiar, me pidió un disco de hacía unos años y que no encontraba en Sevilla. Se trataba de “el fin de una década” de Burning. Se lo compré y antes de regresar lo escuché. Era un disco impresionante. Tanto me gustó que a pesar de que recuerdo que costaba casi mil pesetas me compré uno para mí. De hecho es de los pocos vinilos que sigo conservando. Me gusto tanto y me llamó tanto la atención este disco que desde entonces los gustos musicales de Kiko eran para mí una referencia y me compré algunos de sus discos preferidos (con desigual éxito).

Sin embargo, como de natural soy poco mitómano un día se me cayó de golpe la imagen de tipo especial que tenía de Kiko. Fue cuando, estando en su casa, me enseñó varios discos de Tequila. Por aquel entonces, para los tipos guays como yo, Tequila era algo así como unos “backstreet boys” cualquiera. Eran el grupo de fans por excelencia, portada continua en “Super Pop” con cuyos posters se empapelaban las carpetas de las niñas tontas (esas que por cierto me ponían tanto). En definitiva que para mi entre "Los Pecos" y Tequila la diferencia era únicamente que estos últimos iban despeinados.

Al reprocharle a Kiko su gusto y cuando le dije que a mí me daría vergüenza tener esos discos él me vino a decir algo así como “Estos tipos son unos genios e independientemente de las fans, serán un grupo de culto en el futuro”. Para convencerme aun más me dio todos los discos de tequila en cinta de cassette. Una de las rarezas de Kiko es que se compraba muchos discos en vinilo y en cinta para escucharlos en distintos sitios donde disponía de plato o de cassette. En estos tiempos de oro para la SGAE (donde sin embargo es probable que no se vendiera una décima parte que ahora) la gente hacía estas cosas en vez de grabar las cintas.

Me dejó las cintas y pasado un tiempo las escuche. Ante mi vergüenza, como si de pronto hubiese descubierto que me gustaban los hombres, me di cuenta que me encantaban esos cuatro discos de Tequila. Por supuesto, los escuchaba en solitario y jamás hice alarde de ello. Guardé las cintas y mis gustos para mí y en las ocasiones en las que surgió denosté públicamente a esos chavalitos que tanto gustaban a las pijas de primeros de los ochenta. Tanto es así que no hace demasiados años, en una caja que guardó mi madre en el trastero cuando se mudaron de piso encontré las cuatro cintas originales y bastante deterioradas.

Pasado el tiempo me he acordado muchas veces de Kiko y de sus palabras que resultaron proféticas (“estos tíos terminaran siendo un grupo de culto”). Es probable que los más jóvenes (incluso los menos viejos) se sorprendan ante esa imagen de grupo de fans de Tequila pero es lo que eran. Una de las canciones, creo que de su disco “Viva Tequila” se titula “que el tiempo no te cambie”. Como me suele suceder, a mi la música me funciona como un activador de recuerdos mucho más eficiente que las fotografías y recuerdo que cuando escuché esa canción yo la interioricé (como muchos hacemos) con mi propia experiencia y desde la atalaya que dan los quince o dieciséis años, miré con cariño a esa época lejanísima de cuando tenía trece o catorce y todo mi mundo comenzaba a cambiar.

Hoy, creo que debido a que Tequila “ha vuelto” he escuchado la canción en el coche y es curioso como en realidad, me he acordado de aquella época en la que yo era tan maduro. Después, cuando he llegado al trabajo he visto el video y me he encontrado con que hasta ellos mismos en dicho video parecen colocar a los protagonistas en una adolescencia bastante crecidita. Después me ha dado por pensar en la letra de la canción. ¿Me habrá cambiado tanto el tiempo?. Yo creo que en lo esencial no tanto, pero claro, es sólo mi opinión. O tal vez sólo sea un deseo.

En cualquier caso, despues de ver el video y mientras rememoraba las cosas de Kiko he recordado una frase de su película fetiche:

Es curioso que los colores del mundo real solo parecen verdaderos cuando los videamos en una pantalla