¿Cómo el papel?

Una de mis peculiaridades (hay quien las llama rarezas) de toda la vida ha consistido en expresar conclusiones sin explicar los razonamientos. Puede parecer paradójico que a mí me pase eso cuando yo suelo pedir (a veces exigir) argumentos de todo pero es que me da mucha pereza explicar las cosas.

Como creo que no termino de explicarme ilustraré con un ejemplo genérico a que me refiero. A menudo cuando alguien me pregunta o simplemente cuando quiero decir algo comienzo por un proceso mental que me lleva a una conclusión. Entonces suelto la conclusión como si todos los que me escuchan hubieran escuchado el razonamiento. Como a veces el razonamiento es bastante complejo (surrealista es otro adjetivo que han utilizado mis amigos) el resultado a menudo es que la gente se queda a cuadros mirándome y pensando (o directamente diciendo en voz alta) “que raro es este tío”.

Podría poner ejemplos concretos. A veces eso mismo me ha sucedido en los comentarios de blogs. Razón por la cual, y después de un par de experiencias bastante desagradables, mido mucho lo que comento (y ni aún así…)

Hace unos años tuve la suerte (a mi cualquier proceso industrial me entusiasma) de conocer de cerca el proceso industrial de la fabricación del papel. La fórmula del papel es lo más simple del mundo. Se trata de tener una solución de fibras de celulosa, extenderla y secarla. Las fibras de celulosa salen de la madera o se reutilizan del papel reciclado.

Cuando el director de fabricación de la empresa donde llevaba a cabo mi proyecto me explicó sobre una pizarra el proceso industrial me pareció sorprendentemente simple. Básicamente se trataba de mezclar con agua y triturar papel reciclado en una especie de batidora gigante (llamada “Pulper”), filtrar mecánicamente esa pasta hasta eliminar impurezas, distribuirla sobre una especie de tela plana y pasarla por unos rodillos calientes inyectados en vapor que hacían que la solución se fuese secando hasta obtener papel que se iba enrollando al final.

En los meses posteriores, debido al proyecto que tenía que realizar, tuve que conocer en detalle todo el proceso y pase innumerables horas en la fábrica observándolo y analizándolo de cerca. Puesto que la mayoría de los operarios de la fábrica sólo atendían a una pequeña porción de la cadena, podría decir que mi visión aunque profana era mucho más amplia que la de la mayoría del personal. Con el tiempo fui tomando conciencia de lo complicado que era mantener una línea de producción de papel en funcionamiento. Sobre todo si como era el caso, además se pretenden realizar distintos tipos de papel de calidad estándar a partir de papeles reciclados diversos.

El caso es que, para mí, se quedo impreso en mi cabeza como el ejemplo de un proceso tremendamente simple en esencia pero complejo y delicado en la práctica. Hace algún día alguien me contaba un caso personal sobre una situación que tenía que ver con una relación sentimental me dijo: “es algo que en teoría es sencillo, simple y lógico pero, en la práctica es muy difícil de llevar a cabo, ¿entiendes a que me refiero?”. Yo contesté: “Claro, es como el papel”.

El tipo se me quedo mirando y, aunque no lo dijo con palabras, se notaba clarísimamente en su mirada que estaba pensando “este tío es muy raro”.

Si es que al final habrá que explicarlo todo joder!

Como tirar veintiseis mil millones a la mierda..

Hace siglos los países buscaban el reconocimiento a la fuerza y usaban sus conquistas como moneda internacional de respeto. Oiga usted que yo soy ciudadano romano, sabe usted cuantos barbaros nos hemos cargado?, un respeto eh?.

Aunque ahora sigue siendo en muchos casos igual (oiga usted que soy ciudadano americano…) de pronto y desde hace un tiempo ha surgido una nueva manía patriótica que consiste en “la imagen”. Entroncando con el post anterior, esa exaltación del éxito deportivo tiene mucho que ver con la extraña fascinación que tenemos por la imagen entendida como la admiración (o envidia) que los demás tienen por nosotros. Somos un país cojonudo, y si no me cree usted ahí tiene la medalla de bronce en tiro de pichón.

El problema de la buena imagen es que es mucho más difícil de conseguir de lo que parece. Debe ser por eso de que es complicado pretender caer bien a la fuerza. Tiene usted dos posibilidades, me admira sinceramente o le parto la cara. Al fin y al cabo eso tan abstracto que es “la imagen” es difícil de cultivar y como decían los antiguos de la reputación y la honra familiar, se tarda una vida en conseguir y un segundo en perder.

Según el consenso, la razón primera de las olimpiadas de Pekín es obtener una imagen internacional que los chinos echan a faltar. Los chinos en general (si, efectivamente, los mil y pico millones de chinos, uno por uno) se quejan amargamente de que tienen mala imagen en occidente. Los chinos quieren que les queramos y que le consideremos un país majo. No sólo que reconozcamos la antigüedad de su cultura sino que le apreciemos. Además, y de paso, que deje de aparecer como un país poco serio y competente donde se hacen los ipod y los polos de marca (las imitaciones y también los buenos) pero que son incapaces de inventar un ipod o diseñar un polo.

Es cierto que algo hay de verdad en eso de que los occidentales menospreciamos a los chinos. Reconocemos a duras penas que muchos inventos antiguos provienen de china pero “nos olvidamos” continuamente de que, por poner sólo un ejemplo, hoy por hoy es el país con mayor porcentaje de renta dedicada a la investigación científica. Efectivamente los chinos hacen relojes falsos pero además tienen la industria aeroespacial más avanzada del mundo (junto a los indios). Ellos se quejan de que mientras lo primero es bien conocido lo segundo no tanto.

De momento los chinos tienen que aguantarse con los tópicos y la imagen que proyectan e incluso la imagen que no proyectan pero se le asocia. Por ejemplo, en mi tierra un chino es todo aquel que tiene los ojos rasgados. Una amiga mía que vive en Sevilla desde hace veinte años lleva esos veinte años puntualizando a amigos y conocidos que ella “NO ES CHINA” sino inglesa, nacida en Londres y de familia japonesa. Se llama Mydori y la última vez que estuve pregunte a mis amigos:

- Habeis visto a Mydori?
- Tu dori?
- Mydory, mi amiga?
- No se quien es tu dory
- Vale, que si habéis visto a la china
- Ahhhh.. si coño, ayer estuvimos tomando una copa. ¿Pero porque le llamas tu dori?.

Aparte de eso todo el mundo sabe que los chinos (esos que viven en china, Corea, japón, Vietnam, etc…) son todos iguales, que en el descanso en los partidos de futbol cambian a los once y nadie se da cuenta, nacen, se reproducen y mueren dentro de la tienda que esta siempre abierta, están genéticamente incapacitados para decir algo en español excepto “Gracias, buenas noches”, y trabajan a euro por día en sótanos cosiendo pantalones vaqueros y, como decía Woody Allen, no miran, sospechan.

Pero los chinos además viven en una dictadura. Y sólo hay algo más obsesionado por la imagen que un nacionalista y es un nacionalista dictador. Y ahí entran los juegos. Mientras que el COI defiende que le dio los juegos a China para apoyar la democratización del país, otros sospechan (y alguno sin ser chino) que en realidad lo que pretende China es hacer propaganda de su régimen y un lavado de imagen internacional. La verdad es que la primera explicación queda bien pero a veces se olvida que la sede de la olimpiada la deciden poco más de cien tipos, la mayoría de las veces tan pendientes del sentimiento de la gente como el príncipe de Mónaco o el sultán de algún emirato perdido.

Y bien, el caso es que la olimpiada se le dio a China y como no estaban para echar cohetes (o mejor dicho era de lo poco que podían hacer, echar cohetes) tuvieron que hacer frente a un gasto intensivo para acondicionar al menos la ciudad. Han arreglado, demolido y construido todo lo que han podido (llevándose algunos parajes naturales y monumentos, según parece) e intentan arreglar lo que puede al estilo Chino o sea prohibiendo. No escupir, no comer perro, no gritar… Todo ello con un solo motivo: ser motivo de admiración del mundo. Nunca se sabrá el montante total pero sólo como presupuesto del comité organizador se han gastado veintisimil millones de dólares. Una minucia.

Y la cosa empezó con el plato fuerte. La ceremonia de inauguración era normalmente un mal necesario en cualquier olimpiada hasta que Barcelona la instauró como un evento de primera categoría. Por lo poco que vi, los chinos se lucieron. Ok, objetivo cumplido. De hecho, desde ahora miraré a mi amiga china (si, la londinense de padres japoneses) con otra cara.

No obstante hoy me enterado de una noticia realmente cruel. Por lo visto durante la ceremonia cantó (o cantuvo) una niña muy mona, muy chinita ella. Lo impactante es que resulta que la niñita cantaba en playback. La verdadera cantante se llamaba Yang Peiyi (aunque en su barrio le llaman la china) y no salió en la tele porque tiene “la cara rechoncha y dientes poco alineados”.

Pues bien señores chinos, debe usted saber que por mi ya podían haberse metido los dólares por el culo uno a uno hasta contar veintiséis mil millones porque se acaban de cargar mi imagen de China. ¿Cómo se puede hacer eso?. He visto la foto en una web y la niña además es lindísima. Con cara de pan como todas las chinas pero preciosa y con expresión simpática. Estoy seguro que la modelo que salió no tiene culpa pero aún así ya me cae mal. No puedo evitarlo. El imbécil de encargado de la ceremonia dijo que se sustituyo a Yang Peiyi por “interés nacional”.

Como se puede ser tan cruel como para hacer cantar a una cría (que imagino tendrá cinco o seis años) y después decirle que no sale. Le dijeron que era por fea? O tal vez es que era “demasiado china”.




Pues por mucha cultura milenaria que sea, para mí son unos paletos. Y si, tendrán mucho dinero y mucha industria aeroespacial pero no tienen ni pizca de sensibilidad. Me da igual los millones que se hayan gastado.

Estoy tan indignado que he estado a punto de llamar a mi amiga mydori para decirle que ya no somos amigos. Por china.

Acojonaos los tenemos... (a por ellos y tal..).

Siempre me ha llamado la atención esa especie de orgullo colectivo que se tiene con tu equipo de lo que sea o con los deportistas de tu país, región, ciudad, etc… Incluso en el caso de que el tipo no represente al país sino a sí mismo, el mero hecho de que sea de tu país te convierte en un partícipe de su triunfo (o de su fracaso, aunque en este caso suelen apuntarse muchos menos). Por eso este año hemos ganado Wimbledon, el Giro y el Tour mientras que en Formula uno nos va regular.

La verdad es que no es lógico, pero a todos nos pasa. A veces la cosa roza el surrealismo como en el caso de aquel alemán de nombre Johann que aquí fue apodado “Juanito” y que no tenía ni la más repajolera idea de español ni de nuestro país pero que fue adoptado gracias a su facilidad para darnos medallas de oro en un deporte tan castizo y con tanta tradición en España como el esquí de fondo. Eso sí, cuando se le pilló dopado hasta las orejas, entonces volvió a ser “el esquiador de origen alemán y recientemente nacionalizado”.
Yo siempre recuerdo (Y alguna vez lo he referido en el blog) la frase de un monólogo de Senfield donde un tipo decía:

- ¡Hemos ganado!

Y otro le contestaba:

- No perdona, han ganado ellos y nosotros lo hemos visto.

Si normalmente este sentimiento patriótico se mantiene en épocas de grandes eventos donde participan selecciones o equipos nacionales la cosa llega al paroxismo. Confirmado que somos los mejores de Europa así en general (y más en particular jugando al futbol), ahora nos toca las olimpiadas. Reutilizando el eslogan (que a mí siempre me suena a poco elegante) de “a por ellos” todos somos una piña con nuestros olímpicos. Incluso hasta escuché en el telediario que el príncipe “había interrumpido sus vacaciones de verano” para asistir a la olimpiada. Espero que después del palizón al menos su papa tenga la delicadeza de mantener abierto el palacio de Mallorca durante el mes de septiembre para que puedan reponerse convenientemente de cara a la siempre exigente temporada de esquí que le espera.

Pero para ser fan de la selección no hace falta ser de sangre azul. Incluso los plebeyos nos emocionamos con las proezas de nuestros deportistas. Y si en los tiempos de Franco las proezas solían ser un meritorio cuarto puesto de Mariano Haro o una anomalía histórica como el oro de Paquillo Fernandez Ochoa ahora, gracias a la evolución de nuestro deporte, en cada olimpiada descubrimos nuevas disciplinas donde somos protagonistas de heroicas hazañas.

Es otra de las características singulares de las olimpiadas: ese inusitado interés en deportes absolutamente ignorados de los que en la mayoría de las ocasiones no sabemos ni en qué consisten pero que te hacen temblar de emoción por el simple hecho de que el tipo de ahí que va de rojo nació en Plasencia.

En cierta forma, yo que he sido en mi juventud practicante de un deporte minoritario ( con un entrenador de los pocos con medalla olímpica antes de Barcelona, por cierto), me alegro de que aunque sean cinco minutos, de pronto los deportes minoritarios sean tan seguidos como el futbol.

Por ello, hace un par de días me alegré de que los telediarios comentaran la gran gesta que consistía en que una señorita había conseguido ganar el primer partido de Bádminton en unas olimpiadas. Era la ronda de treintadosavos de final pero la cosa era digna de reseñar.

Ayer por la mañana yo vivi esa combinación de circunstancias (patriotismo e interés por los deportes más inusitados) en primera persona (o más bien como espectador de primera fila). Me encontraba a media mañana en una cafetería en plena sierra madrileña practicando el sano y muy español deporte del levantamiento de tostá sobre barra fija cuando pusieron en la tele un combate de esgrima. Uno de ellos era español y fue entonces cuando los esforzados “tostalaris” (y algún “porralari” disidente) que objetivamente mirábamos a dos tipos vestidos de soldados del imperio de la guerra de las galaxias dando sablazos al aire, sacamos a relucir nuestro sentimiento patriota. El protagonista tenía el muy castizo apodo de “Pirri” y en aquella barra castellana, todos “fuimos Pirri” por unos minutos. Incluso alguno se atrevió a entonar el “a por ellos” de rigor.

Aunque la señorita que narraba (que énfasis, que entonación….) se empeñaba en ilústranos un poco explicando que era un “tocado” y lo importante que era no solo darle al otro sino evitar que el otro te diera (quien lo hubiese sospechado…) era evidente que el español medio no tiene una cultura "esgrimista" (o como se diga) elevada. Ni incluso el hecho de que sea el único deporte olímpico de origen español hace que el esgrima tenga el eco que se merece. De hecho, en Sevilla, en las barberías tradicionales, cuando vas a pelarte o afeitarte el barbero suele preguntarte ¿fútbol o toros? Para saber sobre que hablar mientras te afeita. Jamás se ha escuchado un caso en el que se diga ¿esgrima o toros?.

Y así estábamos todos absortos y con la emoción a flor de piel. Los lances eran como siguen. Los dos señores de blanco impoluto comenzaban a bailar. De pronto uno se tiraba hacia el otro estoque en mano el otro se apartaba y se cruzaban dos gritos y sonaban ruidos metálicos. Inmediatamente después uno pegaba saltos y sin que nadie supiese muy bien como había sido, un punto subía al marcador de la pantalla. Cuando subía al de Italia todo el mundo ponía mueca de desaprobación (mierda de italianos…) y cuando subía al de nuestro Pirri, el personal soltaba momentáneamente la tostá para jalearlo convenientemente.

En esto uno de los espectadores pregunta. ¿Y si quedan empatados cuando se acaba el tiempo que se hace?. Otro responde “supongo que iran a los penaltis no?”.

Debo decir, que en este caso, Pirri y con él todo el orgullo de un pueblo varias veces centenario como el español salió vencedor de forma totalmente justa porque pincho un par de veces más que el otro. Y no sólo eso sino que nuestro Pirri, después de un par de combates más (uno perdido y otro ganado) consiguió esa misma tarde alcanzar la medalla de bronce demostrando de esta forma la evidente superioridad de la raza hispana. Aún hoy, transcurrido el tiempo, no puedo evitar que se me escape alguna lágrima que rebota en mi teclado al recordar la gesta de Pirri.

Y mañana Tiro con Arco… A por ellos oeeeeee

Crisis for dummies

Una aclaración con respecto al título. Puede que alguno no sepa qué o quiénes son los dummies. En contexto general un dummy es el muñeco que se usa en las pruebas de choque de los coches (crash test). En jerga coloquial americana se usa para llamar a los bobos. En este artículo y en el ámbito del post, los dummies somos usted y yo.

La economía es algo tan complejo como la vida. Saber cómo irá la economía sería algo así como intentar prever cómo le va a ir a la niña de la vecina del quinto con el novio ese que se ha echado, que le viene a recoger todas las tardes y que parece buen chico.

La cuestión es que el chico en cuestión, que estudia para notarías parece muy buen partido pero vete tú a saber si aguantará las largas noches de estudio a base de coca. Nadie sabe cuánto tiempo se sostendrá a base de rayitas y si al final se irá definitivamente con la hermana de su camello a la que se tira de vez en cuando a escondidas del traficante. Quién sabe si el camello le dará más mierda de la habitual cuando se entere de que se tira a la hermanita que su madre le prometió cuidar en el lecho de muerte cuando su padre le reventó las entrañas con su última paliza. Esa cría que, aunque para el resto de los mortales se ha convertido en una señorita de bandera, para él sigue siendo la niñita con trenzas a la que llevaba al zoo.

Por otra parte, tal vez el problema no sea el novio opositor sino la misma vecinita que en realidad mantiene una relación prohibida con el marido de la del tercero que, no contento con engañar a su mujer, también engaña a su amante y suele irse de putas y que ya una vez le pegó una venérea.

En cualquier caso, lo más normal será que la niña y el opositor se casen y formen una familia modelo durante unos años. Incluso cabe la posibilidad de que continúen juntos superando y ocultando mutuamente y a los demás la adicción del tipo a la coca y a las jovencitas (que ha complementado con su ludopatía incipiente) y el encoñamiento de ella con su ex-vecino y con su nuevo vecino cuya hija adolescente ha sido vista alguna vez con el notario.

De pronto un día, alguien no va al trabajo y se encuentran un cadáver en el suelo de la cocina. Se comienza un proceso de investigación superficial (se les pregunta a los amigos) que nos lleva a atar cabos y de pronto alguien deduce: “no, si esto tenía que pasar”. Ese es el economista. Por supuesto el economista no se ha dado cuenta de nada ni ha advertido que algo fallaba durante años pero, una vez que todo ha pasado, te lo explica de forma sorprendentemente lógica.

En realidad, ese es el buen economista y de esos hay poquísimos. El economista malo que es el que más abunda simplemente no tiene la más mínima idea de que ha pasado pero como algo tiene que decir suele venir a contarte que en realidad lo que ha pasado ha sido un lamentable incidente: “Parece que ayer discutieron porque ella era del Madrid y él del Barcelona, son cosas que pasan”. "A donde nos va a llevar el futbol", comentan los que escuchan el prograba matinal donde se explica la desgracia.

Basados en ese diagnóstico, este tipo de economista llamado a menudo "experto" o "analista" te aconsejará que confíes en la fiabilidad de la pareja de al lado ya que los dos son del atlético y no corren ningún riesgo de pelea. Se trata de esa pareja que ayer comenzó una discusión porque alguna vecina había observado una actitud sospechosamente cariñosa entre el papa y la canguro en la piscina de la urbanización.

Por último está el político que la mañana anterior había previsto que la pareja del notario y la hija de la del quinto duraría cien años y que esta tarde dijo que iban a “implementar” un “paquete de medidas” para evitar que volvieran a suceder estos “lamentables incidentes” provocadas por algo tan poco previsible como el fútbol. Mientras un ministro con voz monocorde entona un "es que el furbo es asin", uno de sus colegas. mucho más proactivo, aprueba una ayuda para regalar a cada vecino del bloque una botella de detergente para quitar las manchas de sangre.

Lo cierto y verdad es que, finalizando por fin con el símil, la crisis llegó sin avisar como llegan todas las crisis y se irá sin avisar (como suele suceder también). Desde mi posición tengo el raro privilegio de ser un observador de excepción. Pero mucho cuidado, no sólo observador. En mi empresa, cuyas perspectivas el año anterior no eran malas, la facturación ha descendido un cincuenta por ciento en lo que llevamos de ejercicio. Lo peor del asunto es que, de mis observaciones y conversaciones con otros empresarios (amigos, clientes y proveedores) mi empresa es casi una excepción pero una excepción favorable. Conozco empresas cuya facturación se ha reducido a la décima parte. De hecho tenemos impagos de empresas supuestamente solventes con cientos de empleados.

Es cierto que todos los que saben algo de economía o los que de alguna forma somos aficionadillos, barruntábamos cosas. No se trata de entonar un “lo ves, te lo dije” pero si era bastante evidente (y en este blog yo lo he escrito) que el modelo basado en burbuja (de consumo e inmobiliaria) no es precisamente el más sano del mundo pero siendo sinceros, la cosa ha sorprendido a todo el mundo. Tanto al ingenuo desinformado (Zapatero, por ejemplo) como al más informado. Muestra de esto es que la crisis ha llegado no sólo a las empresas y sectores que todos esperaban sino a todas las demás. También, debido a la globalización, la cosa se ha extendido desde los países más susceptibles (USA y España entre ellos) a otros con modelos mucho más robustos en teoría (Alemania por ejemplo).

Los empresarios están notando esto desde Navidad hacia acá. Lamentablemente, en Septiembre se espera que la cosa se expanda den forma generalizada a los trabajadores. Aunque la mala fama general de los empresarios hace que la gente piense que lo primero que hacen es proteger sus ganancias y echar a la gente, de lo que yo conozco, suele ser justo al revés. Tal vez sea por puro egoísmo simplemente con la esperanza de que la cosa mejore pero los empresarios suelen aguantar lo que pueden antes de echar a la gente. Pero en muchos casos el colcohón se acabó. En mi empresa, en las últimas dos semanas nos han dado un par de noticias que si se confirman pueden significar salvar el año, pero sino, ya hay planificados despidos. Septiembre parece que será un mes movidito en este sentido.

Así pues, aunque me reafirmo en mi opinión de que saber que ha pasado tiene la utilidad justa (en mi caso para sacar el dinero de la bolsa y, hace un tiemopo no ceder a la tentación de hipotecarme de nuevo) a veces te encuentras con un economista que une al conocimiento la capacidad pedagógica suficiente como para explicarte de forma clara (o al menos no indescifrable) muchas de las causas de que estemos en una crisis, de que esta crisis sea profunda y de que afecte a tanta gente en tantos sitios.

Uno de ellos lo descubrí hace un tiempo mediante un correo que me enviaron y el otro día lo descubrí aquí. Lo recomiendo fervientemente.

Después de releerlo volví a leer el diagnóstico de un ministro hablando de la razón evidente de esta crisis: el petróleo. Desde que me enteré de que nos regalaran dos bombillas soy un dummy sonriente.

Intrascendencia

Una de las cosas que suelo reservar para mis brevísimas vacaciones (todo el mundo dice que son cortas pero las mía son objetivamente cortas) es leer algo que no tenga que ver ni en lo más remoto con mi trabajo. Suele ser el momento ideal de leer alguna de las novelas que compro durante el año con el auto-convencimiento de que las leeré “cuando tenga tiempo”. Este año me ha dado tiempo de leer tres (nada reseñable, excepto tal vez el grato recuerdo de una conversación con Santiago sobre la importancia estratégica del Coltan gracias a la última novela homónima de Vazquez-Figueroa).

Otra cosa que para cualquiera puede ser normal pero para mí, a fuerza de poca costumbre, se me hace excepcional es leer el periódico sin prisas. Hace unos días, y para celebrar ese día raro que siempre me reservo para descansar del descanso , esa jornada que suele transcurrir entre que llego de mis vacaciones y el día de reencuentro con mis obligaciones, me compré el periódico y me lo leí enterito. No sólo los grandes titulares sino las pequeñas reseñas que suelen ser noticas y reportajes igual de intrascendentes que los de las primeras páginas, pero mucho más curiosas.

Esta lectura reposada y detallada del periódico fue (cómo pasa el tiempo) ya hace casi una semana. Entre este momento y el actual han sucedido muchas cosas ya que la vuelta de mi semana de reposo (tal cual si tuviese que ponerme al día en un imaginario balance y pagar la deuda contraída en esta semana de descanso) ha sido particularmente movidita y ocupada.

Hoy, mientras venía al trabajo he escuchado en una radio un rap en español y me ha acordado de una noticia del periódico de hace una semana que hablaba sobre una competición denominada “Batallas de Gallos” que consiste básicamente en improvisar “rimas rap” para enfrentarse a un contendiente. Esto se ha hecho desde la edad media pero ahora se le da el toque “rapero” a la cosa. Obviamente la improvisación es mínima y la calidad de las rimas(o como quiera llamarse) es pésima. Me quedó el recuerdo de un –a modo de- verso impactante y de gran capacidad poética:

“tienes los ojos azules, es normal que te enculen”.

Obviamente al análisis del "verso" da para mucho. Se podría incidir nuevamente en aquello de la “nueva cultura adolescente” (o más concretamente de la nueva ausencia de cultura) aunque he de reconocer que la frase no es más que una reformulación de la que solía decir un amigo: “Esa tía tiene unos ojos… pa comerte tol coño”.

Sin embargo, yo me quedo con la reflexión que me hecho muchas veces sobre los mecanismos de la memoria y sobre el concepto de trascendencia. Hace tiempo leí sobre el mecanismo físico que la memoria usa para “estampar” los recuerdos. Como, cada vez que recordamos algo, el recuerdo se borra primero y luego se vuelve a grabar (lo que produce ese hecho tan normal de que dos personas recuerden un mismo hecho de forma totalmente diferente que, además, probablemente sucedió de una forma distinta a esas dos versiones).

También leí como el recuerdo ocupa un espacio físico y como nuestro cerebro sólo puede almacenar una cantidad finita de recuerdos. En definitiva que el saber si que ocupa lugar y es un lugar limitado. Alguna curiosidad más sobre este hecho: el cerebro, a modo de bibliotecario, suele reordenar continuamente el espacio físico donde se almacenan los recuerdos (produciendo nuevamente esa “lectura y escritura” que hace que perdamos fidelidad) agrupando los conocimientos según su área y ámbito y despejando zonas contiguas. Es decir, que en términos informáticos, el cerebro desfragmenta la memoria como un sistema operativo desfragmenta un disco duro (si el lector no sabe que es desfragmentar un disco duro es probable que sea hora de que lo vaya haciendo en su PC en programas->accesorios->herramientas de sistema).

Lo más preocupante es que se ha llegado a comprobar empíricamente que el cerebro también decide borrar cosas y ese borrado se realiza a veces cuando se introduce nueva información y a veces de forma espontánea. Por supuesto, no se conocen las razones ni los criterios que rigen ese comportamiento.

¿Y porque esta comedura de olla (yo prefiero llamarlo profunda reflexión) sobre el funcionamiento del cerebro y los mecanismos de la memoria?. Puede parecer onanismo mental (en el sentido más puro y ajustado a la historia bíblica de eyaculación en tierra) pero en realidad creo que es una preocupación justificada. Después de una semana de no parar con problemas, con cientos de cosas de que ocuparme y tras leer un periódico repleto de asuntos políticos y económicos y sesudas reflexiones sobre la crisis, resulta que de lo que me acuerdo es de la dichosa frase de los ojos azules.

Mis dudas y cuitas son múltiples. ¿Debería reformular mi propio concepto de trascendencia?. ¿habrá borrado mi cerebro alguna información para introducir la frase en cuestión?. Y lo más inquietante ¿Qué pensaré la próxima vez que tenga frente a mí a alguien con los ojos azules?. Espero que al menos se trate de una mujer.