Es más fácil desintegrar un átomo que un pre-concepto.

La frase del título se le atribuye a Albert Einstein y yo la recuerdo a menudo. Hace mucho tiempo me contaron un anécdota que no sé si estará basada en un hecho real o simplemente forma parte de una de tantas situaciones inventadas para libros de autoayuda. A mí me la relataron como si de verdad fuese cierto y así la cuento. Parece ser que se hizo una investigación con monos (no sé muy bien porque nos fascina tanto el comportamiento de este animal) .

En este caso se trataba de comprobar los hábitos de comportamiento en casos especiales. Para ello se habilitó una jaula con un tronco en medio. En lo alto del tronco una plataforma con plátanos. Metieron a cinco monos. Obviamente los monos lo primero que hicieron fue trepar al tronco para alcanzar los plátanos pero cuando hacían esto los investigadores (que como todos estos investigadores tienen su punto de sádicos) lanzaban un chorro de agua fría a los monos que estaban debajo.

Al cabo de un tiempo cada vez que un mono subía los demás lo bajaban a hostias (o como se diga). Una vez que todos habían asimilado que subir al tronco era recibir una manta leches y dejar que otro subiera equivalía a ducha fría se llegó a la situación de equilibrio donde ningún mono intentaba subir a por plátanos.

Llegado a este punto los investigadores cambiaron a uno de los monos “resabiados” por uno nuevo que lógicamente lo primero que hizo fue intentar subir al tronco y recibir una paliza de bienvenida. Al cabo de pocos intentos más, el mono nuevo aprendió a estarse quietecito. Después se sustituyó a otro mono que recibió nuevas palizas. En estas palizas el mono anterior participaba como uno más.

Siguieron cambiando a los monos hasta que llegó el momento en que ninguno de los monos que estaba en la jaula había tenido la experiencia de la ducha fría pero no obstante seguían reaccionando pegando al que intentaba subir. Ni que decir tiene que la cosa se estabilizó de forma que aunque la plataforma estaba siempre llena de plátanos los monos no osaban siquiera amagar con subir por temor a las represalias. Obviamente, ninguno de los monos podía tener una idea del porqué de esa costumbre.

A este cuentecito yo solía colocarle varias moralejas según a quien y en qué caso lo contara. A los que trabajaban en mi equipo les solía hablar sobre el hecho de que en muchísimas ocasiones las limitaciones que nos auto-imponemos vienen de costumbres obsoletas. También la he utilizado a veces para explicar el porqué alguien que venga de fuera con mente abierta (es decir, yo… ;-)) puede ser tremendamente útil para detectar ineficiencias.

Es cierto que todos somos un poco como esos monos y habitualmente estamos constreñidos por tradiciones y costumbres de las que no conocemos su origen y utilidad e incluso muchas veces las razones del origen ya no son válidas y aún así seguimos aferrándonos a la tradición. Yo, desde siempre, he querido pensar que mi forma de ser tocapelotas es en realidad una manifestación de mi resistencia al “esto es así porque siempre ha sido así”.

En concreto en el ámbito profesional, yo siempre he intentado aplicar eso que se llama “el pensamiento paralelo”. Es algo que funciona muy de vez en cuando pero que cuando lo hace te produce una gran satisfacción. Cuando era más joven, y por lo tanto más arrogante, yo diferenciaba entre la gente que siempre tomaba el camino habitual y los que intentaban nuevas formas de hacer. Con el tiempo he comprobado que todos en algún momento solemos terminar paseando por caminos trillados. Mi admiración ahora se centra en aquellos que cuando se dan cuenta de lo incongruente de la costumbre son capaces de poner en solfa su experiencia y están abiertos a lo nuevo siempre y cuando lo nuevo tenga algún tipo de base.

Para ilustrarlo puedo poner un caso que me sucedió hace muchos años en una industria. Estaba hablando con el director de fabricación. Un tipo con más de cuarenta años de experiencia que había diseñado las fábricas que habían colocado a esta empresa en primera línea mundial. Estábamos intentando calcular los escandallos de costes que es algo así como la receta del producto final y su coste (es decir, cuanta mano de obra, cuanta materia prima, cuanta energía, etc se necesita para fabricar una unidad de producto). Ellos echaban una determinada materia prima y calculaban que esta materia prima se podía aplicar al producto que se fabricaba dos horas más tarde. La razón es que esta materia prima se añadía a una tina industrial intermedia de forma que ellos calculaban que dos horas más tarde llegaba al producto.

En principio pusimos eso de “dos horas aproximadamente” pero yo quise hacer un cálculo simple. Si la tina tenía una determinada capacidad en litros y el flujo de materia prima era x litros por segundo, bastaba hacer una división simple para saber cuantos segundos pasaban desde que la materia que se echaba por arriba llegaba a salir por debajo (el cálculo real físico era algo más complejo pero se podía aproximar). Curiosamente me salían treinta y cinco minutos. Cuando se lo dije el director de fabricación me miró, abrió su cuaderno e hizo la división a mano. La repasó una decena de veces hasta decir: “joder, es verdad”. Después me explicó que ese tiempo de dos horas se estaba utilizando por convenio desde hacía más de treinta años y que afectaba incluso a los parámetros de fabricación. Volvió a pensar y pensando en voz alta llegó a una conclusión. La tina es nueva pero la anterior tenía la misma capacidad pero la fábrica ha aumentado su capacidad de producción. Por lo tanto, es lógico pensar que anteriormente el tiempo de propagación era mayor. Antes de que yo pudiera decir algo volvió a decir con un punto de cabreo: ¡Pero de todas formas, el flujo no es ahora cuatro veces mayo ni mucho menos con lo que este dato siempre ha sido erróneo!.

En un principio me hizo gracia ver al señor de sesenta años cabreado con él mismo y repasando uno por uno todos los cálculos que daba por correctos. Más tarde aprendí a valorar el tremendo mérito que tenía que una persona de esa capacidad técnica (un referente no sólo en su empresa sino en el sector) no sólo admitiera su equivocación sino que además no tuviese el menor reparo en repasar todos sus cálculos anteriores. Para completar mi admiración descubrí que fue él mismo el que informó al director de organización otorgándome un mérito que, por otra parte, había surgido casi de casualidad.

Recordé la anécdota de los monos y me congracie con el hecho de que afortunadamente los humanos al menos teníamos la capacidad de replantearnos las cosas y rectificar llegado el caso.

Hace no mucho tuvimos que revisar un procedimiento para una entidad pública. Descubrimos que el procedimiento se podía gestionar mucho más eficientemente, con menos coste y sobre todo mucho más rápido evitando comprobaciones redundantes (en algunos casos hasta quintuplicadas). Cuando fuimos a explicarlo el responsable nos miró con condescendencia y sin recapacitar mucho en lo que habíamos presentado nos dijo:

- Claro, eso nos pasa por contratar a gente de fuera. Verás, es que esto se hace así porque de toda la vida se ha hecho así y no vamos a llegar nosotros ahora a cambiarlo.

Confirmé entonces las diferencias entre los genios como el del caso anterior y los mediocres que pegan palizas a quien intenta subir al tronco.

Poco después, escuché en la radio los problemas de la justicia y la cantidad de casos pendientes de juicio y el hecho de que los jueces pedían la informatización de los procedimientos. Me reí pensando en que seguro que aún así la cosa sería lenta porque al final nos encontraríamos con una legión de monos que defendieran que “esto siempre se hizo así”.

Hoy me llama mi madre. Por un tema de herencia y como mi padre no dejo testamento tenemos que hacer un trámite en la que dos testigos tienen que jurar ante notario que mi madre estaba casada con mi padre y que nosotros somos sus hijos. Le pregunto: ¿pero no existe el libro de familia y el registro civil?. Mi madre me dice que sí pero que el abogado (familiar mío) dice que hay que hacerlo así porque esto siempre se hizo así.

Nochevieja

Nunca me han gustado las llamadas “fechas especiales”. Ya cuando era un chaval me gustaba más salir cualquier día de diario que los fines de semana. Incluso, haciendo honor a ese título honorifico que una amiga un día me otorgó (“el sevillano más raro de mundo”), ni cuando llegaba la época de semana santa y feria yo me alegraba por ello. Eso no quita para que como es normal, en estas “fechas señaladas” saliera todos y cada uno de los días hasta el alba, pero definitivamente yo prefería un “martes cualquiera de noviembre” que es la frase que desde siempre uso para referirme a cualquier día normal y corriente.

En realidad yo siempre he pensado que las fiestas están inventadas para gente como uno de mis amigos que suele decir que él se pasa la mayor parte del tiempo trabajando en algo que no le gusta para pagarse el tiempo de vacaciones en el que realmente disfruta la vida. En mi caso, mi filosofía de vida ha sido siempre intentar conseguir hacer cada día lo que realmente me gusta y tal vez por eso prefiero mi rutina a la excepcionalidad de la fiesta. Es la mejor forma –sigo opinando- de plantearse la vida.

La opción intermedia era la de los romanos que llegaron a tener casi dos tercios de los días del año festivos. Lo curioso de todo esto es que hace muy poco descubrí que en cierta medida los romanos pensaban como yo. Yo sabía hace tiempo que los romanos dividían los días en fastos (fasti) y nefastos (nefasti) pero lo que descubrí no hace mucho es que en realidad, en los días fastos que supuestamente serían los festivos era cuando se realizaban la mayoría de las actividades rutinarias mientras en los nefasti la gente solía aburrirse como ostras ya que al tratarse de “días divinos” la mayoría de la actividad estaba mal vista o directamente prohibida. Es decir que en realidad, los días de fiesta eran en cierta medida los días normales y los días nefastos eran las fechas especiales.

De entre todas las fiestas las que peor llevo desde siempre son las navidades. Hace tiempo descubrí que, frente a lo que yo pensaba, este caso es de los pocos en los que me alineo con la mayoría. En general toda la época navideña es, para mí, un auténtico coñazo y muy especialmente las dos fechas más significadas: la Nochebuena y la Nochevieja. En los dos casos las fiestas sirven para recordarnos tiempos mejores o para recalcar nuestra desdicha. En el primer caso, por aquello de que se trata de la fiesta familiar por excelencia, suele servir para que la depresión entre a borbotones a todo aquel que está sólo, a quien ha perdido a un ser querido, a quien se ha enfadado con alguien de la familia y en general a toda familia que no puede celebrarla junta o bien ha sufrido una desdicha de cualquier naturaleza. Es decir, a una mayoría.

La otra fiesta tiene que ver más con la decepción. La Nochevieja es la noche donde se supone que tenemos que pasarlo bien. Pero no vale con lo que cualquier otra noche sería pasarlo bien. Se trata de una “noche especial” y por eso hay que pasárselo “mejor que en ninguna otra noche”. Tanta expectativa tiende a ser defraudada. Tal vez sea eso lo que induce a esa costumbre tan castiza de vestirse de forma tan “especial” (sólo en esa noche se pueden ver disfrutar del espectáculo de los vestidos de lentejuelas, bolsitos de mano y complementos brillantes junto a trajes de caballero de hace diez años que combinan perfectamente con foulards blancos y corbatas de cuero) para lograr alcanzar el coma etílico antes del amanecer.

Tanto me aburren estas noches que yo aprovechaba en su día para sacarme unas pelas organizando fiestas. No se me ocurría mejor forma de pasar las fiestas especiales que ganando pasta para gastármela luego en los garitos junto a esa panda de “inadaptados sociales” formado por enfermeras, periodistas, camareros, estudiantes crápulas y en general gente de “bien vivir” que se puede encontrar cualquier noche de un día de diario en sitios escogidos.

Sin embargo, esas fechas, por mucho que yo huya de ellas, existen y en nuestro subconsciente colectivo siempre se remarcan. Y sino ya se encarga la batería de tópicos mediáticos de hacerlo. Por eso no hay nada peor que un suceso trágico suceda coincidiendo con una de estas fiestas. Al hecho de que la memoria no te deja de martillear se une la paradoja de que tu dolor se desenvuelva en todo el entorno mediático y parafernalia social de la fiesta que obliga a la “alegría y jolgorio oficial”.

Por todo lo anterior, mientras viajaba por la A4 a las doce de la noche del día treinta y uno de diciembre con el fondo de fuegos artificiales que salían de los pueblos cercanos a la autovía, y a pesar de que tenía razones para pensar en mil cosas, yo no podía dejar de darle vueltas al lo cruel que será que el próximo año, y el siguiente y los que llegaran después, mientras todo el mundo levanta copas, se atraganta con uvas y desea felicidad, mi madre recordará que tal día como ese perdió a la persona con la que convivió más de cincuenta años. Una razón más para odiar la Nochevieja.