Fronteras

Leo con alborozo poco contenido que los presidentes de Castilla-La mancha y de Castilla Leon se han reunido en zona fronteriza (Talavera de la Reina) para facilitar el intercambio de servicios en las zonas limítrofes de las dos comunidades. Según dicen la nota "Ambos resaltaron la necesidad de superar fronteras".

Soy perfectamente consciente de que las buenas intenciones y las buenas palabras no constituyen la confirmación de una buena acción y mucho menos tratándose de políticos pero hoy me siento optimista y de pronto me da por pensar que tal vez en un futuro más o menos próximo todo nuestro mundo sea mucho mejor.

Seguro que quien me lea me tachará de insensato pero ¿quién me quita a mí la esperanza de que algún día las fronteras entre Castellanos-Manchegos y Castellanos-Leoneses se diluyan como azucarillo en agua?. Tal vez nosotros no lo veamos pero al menos las bases están puestas y puede ser que las próximas generaciones si que lo consigan. A duras penas puedo imaginar un mundo en que los toledanos de Sotillo de las palomas puedan sentirse en la abulense Mijares como si estuviesen en su mismo país pero todo llegará porque no hay quien detenga al progreso. La unión de todos los humanos en esta nuestro planeta-casa se está gestando y comienza en estos pequeños gestos.

Porque estas noticias aparentemente sin importancia pueden abrir puertas a muchas otras. Por ejemplo, una vez que las fronteras entre Castilla-La Mancha y Castilla-León sean superadas ya nada impide que la comunidad de Madrid y Extremadura abran líneas de comunicación. Ya sé que a veces peco de demasiado optimista pero es que la expectativa de viajar desde Madrid a Cáceres sin cruzar fronteras me entusiasma.

Desde que he leído la buena nueva no hago otra cosa que arrojarme cubos de agua fría para refrenar mi entusiasmo. Soy consciente de que la superación de fronteras siempre tiene que luchar con efectos colaterales indeseables. No son pocos en Albacete los que recelan de la posible avalancha de fontaneros sorianos que les dejen sin trabajo. Tampoco en Zamora están muy por la labor de acoger a los inmigrantes Ciudad-Realenses atraídos por el efecto llamada. Habrá que recorrer un buen trecho hasta que las diferentes culturas puedan convivir pero tengo la certeza de que tarde o temprano alguien descubrirá que, aunque hoy día nos pueda parecer inconcebible, los zarajos conquenses podrán ser acompañados de un buen vino de Toro.

Así pues, hoy son Castilla-La mancha y Castilla-Leon pero mañana serán Asturias y Cantabria y pasado, quien sabe, Andalucía y Extremadura. Desde aquí os digo que veo un futuro no muy lejano donde un hombre será igual (o al menos parecido) sin importar el hecho de que haya nacido en Almendralejo o en Dos Hermanas, en Alcobendas o en Mieres. Donde un Mostoleño de bien pueda trabajar en Seseña sin miedo a sentirse perseguido ni “ilegal” y donde, a diferencia de mi caso, un Sevillano no tenga que pasar Despeñaperros en patera para conseguir fundar una vida en la capital. Quién sabe si, en el colmo de la integración, un ministro pueda cazar en Jaén con la misma licencia que le permite cazar en Toledo.

Es un solo un pequeño paso en la dirección correcta pero ya se sabe que un gran viaje comienza siempre por un paso. Un proverbio por cierto que con muy pequeñas matizaciones es propio de África, China, América y Europa. Porqué, al fin y al cabo todos somos muy parecidos por más que nos empeñemos en crear divisiones artificiales. Hoy, en Talavera de la Reina, dos políticos han comenzado la demolición de esas barreras anti-naturales. Mañana, Toledanos y Abulenses, Albaceteños y Sorianos, Vallisoletanos y Conquenses podrán mirarse a la cara y disfrutar algo más del hecho de ser diferentes pero iguales. A quien le tocará mañana?.

Differential Academia

Nunca he sido demasiado de toros. A pesar de provenir de la ciudad con la plaza de toros donde más se entiende de toreo (en Madrid todo el mundo sabe que lo único que quieren es un toro de setecientos kilos) yo soy un ignorante (en la medida de lo que yo considero la ignorancia claro está que es lo que otros denominan en ámbitos tan variados como la política o consultoría como “expertise”). De hecho, tengo mis duda éticas sobre el toreo y lo que de crueldad supone. Tantas y tantas discusiones sobre este asunto he escuchado entre amigos y conocidos y tantos argumentos a favor y en contra que ya no sé con qué quedarme.


Me contaba mi padre que cuando él llegó a Sevilla lo normal era discutir sobre toros y toreros y no sobre futbol. Hoy en día no cabe ninguna duda que la fiesta nacional es el “jurgol” por más que no sea precisamente de origen muy hispano. No confunde su origen ni incluso la curiosa manía que tenemos de españolizar anglicismos (de football a futbol) o el honorable pero vano esfuerzo que supone el hecho de que uno de los más insignes, importantes y brillantes conjuntos aún mantenga el muy castizo sufijo “balompié” frente a la marabunta de medianía representada por los mucho más vulgares “futbol club”.

Aunque yo soy más de futbol que de toros y obviando consideraciones éticas y morales si yo me encontrara hoy con uno de esos barberos tradicionales que antes de acometer la tarea te preguntaban “toros o futbol” sin duda alguna contestaría “toros”. Y es que hay algo que siempre me ha subyugado de los toros que no tiene que ver con el asunto en sí (aquí que cada uno ponga a su antojo: espectáculo, arte, tortura…) sino más bien con lo que lo rodea y es la parafernalia que lo adorna y, muy especialmente, la terminología y estilo literario barroco que fluye en todo lo que huela a tauromaquia. Desde que era un crío yo leía las críticas taurinas del ABC no porque me interesara lo más mínimo si Pepe Luis Vazquez o Curro Romero habían hecho una buena faena sino por esa extraña sensación de derroche que se siente al apreciar un escrito mucho más por la forma que por el contenido.

Lo cierto es que, aún hoy, cuando por casualidad leo o escucho en la radio una crítica de toros no puedo por menos que compararla con la mediocridad de cualquier crítica deportiva en general y de la crítica futbolística en particular y es obvio que se trata de una comparación aún más cruel de lo habitual. No hay que exagerar ni irse al esperpento del tipo ese que retransmite el futbol en la sexta y que opina que el silencio, ese gran tesoro que tantas veces despreciamos, debe mancillarse con su “que te pasa Salinas?”, o su no menos poético: “hoy, futbol con patatas!”. Incluso los argentinos, cuyas retransmisiones son sin duda mucho más elaboradas y ricas que las nuestras han hecho famoso a un tipo que ante uno de los mejores goles del mundo, el marcado por Maradona a Inglaterra, dijo algo tan sumamente brillante como “ta-ta-ta”.

Los periodistas deportivos, esos que tanto se quejan de las respuestas monótonas y llena de tópicos de los futbolistas son los mismos que, aparte de pegarse con los seguratas de los campos para conseguir acercarse al ídolo de turno y preguntar “manolillo, que tal? ó “y ahora qué?”, en un alarde de virtuismo verbal llaman esférico a la pelota, arco a la portería (curiosa analogía por los cojones) o pierden la verticalidad cuando tropiezan.

Los periodistas taurinos son capaces sin embargo de rellenar una página de pura poesía a partir de diez minutos de “un tipo pasándole un trapo rojo a una vaca por la cara” como definía un buen amigo el para otros, nobilísimo arte del toreo. Porque donde los menos avezados vemos a un tipo dando pases a un toro esta gente ve lo siguiente:

y allí, , con las manoletinas clavadas al albero y la media distancia tomada, surgió de la bruma de mediocridad en que se había convertido la soleada tarde, una tanda limpia, nítida como un manantial, todo hecha a base de cintura y pecho y con la ligazón por bandera. Ni la cumbre del bramido final del ensabanado evitó que el tendido se fundiera como bronce para terminar haciendo gárgaras de oles .

Oiga usted, no es lo mismo. Probablemente no sea del estilo más claro y conciso que existe pero yo me pregunto. Si mañana viniese alguien que no tuviera ni idea de toros ni de futbol, ni de política (vamos, como un ministro pero que no sepa de futbol ni de toros) y leyese una crítica parlamentaria, otra futbolística y otra taurina, ¿Cuál creería que es la actividad más respetable, noble y culta?.

Tal vez de esta reflexión me viene la manía que tengo cuando me acerco a algo que desconozco de leer criticas o comentarios y buscar la belleza más en la forma que en el contenido (del que por lo general en estos casos aún no puedo discernir demasiado). Me encanta recrearme en la jerga y terminología típica. Como soy bastante curioso, mi poco tiempo me da para asomarme a un gran número de aficiones que van desde las maquetas de trenes hasta el BDSM pasando por el aeromodelismo, la pintura al oleo, la grafología o la papiroflexia. Sin embargo lo cierto que es no termino de encontrar esa afición cuya parafernalia me atraiga salvo alguna excepción. La matemática y, cómo no, los relojes.

Y es que, aunque el hecho de que me gusten los relojes no tiene que ver estrictamente con esto, siempre se agradece que la belleza se destile en todo lo que tenga que ver con ellos. No hace mucho vi un reloj y me enamoré de él. No tenía idea de cuál era hasta que después de mucho investigar lo descubrí por casualidad en un libro. El reloj es precioso pero ¿qué me dicen del nombre?, se llama Tourbillon Differentiel Academia.

Suponga la lectora y el lector (las vascas y los vascos también) que alguien le llama y le dice. Tengo aquí un reloj pero no sé si te gustará. Se llama Tourbillon Differentiel Academia.

- Joder, cómpralo ya!.

Ayer, me reafirme en mi idea cuando en una pausa para café decidí “acercarme” a un blog que habla sobre relojes y me encontré un comentario que no era precisamente halagador sobre el reloj que se presentaba. Más bien al contrario era un comentario decididamente contrario e hiriente. Pero contenía sustanciales diferencias en su forma con el típico comentario hiriente que puede encontrarse detrás de una noticia de futbol. El comentario decía así:

La bruñida caja del Audemars Piguet, que enclaustra su nimio y saturado mecanismo, sólo nos muestra la pasmosa e impúdica desnudes de este amasijo de engranajes; y, además exhibe como falaz novedad o divertimento para incautos, el brioso crepitar de sus párvulas piezas.
Podría decirse que un simple cristal de zafiro desfalca la dignidad del delineo de la esfera.


Esta modalidad esqueleto, ahíta y paradójica en su concepción, no hace mayores aportes a la progresión en los diseños en la alta relojería.

Deberían monopolizar en menor grado, este tipo de línea, y convertirlas en ediciones especiales, porque desde el punto de vista creativo, no hacen mayores aportes a la manufactura de estos instrumentos de medición.

Lo realmente curioso es que esta brillante pero cruel diatriba se refería a este "horroroso" reloj:






No quiero imaginar lo que este hombre podría escribir si ve uno de esos relojes cibernéticos que tanto se estilan. En realidad si lo quiero imaginar. Supongo que no diría nada. En según qué ámbitos, para hacer una crítica hay que tener un mínimo de respeto. Y todavía hay gente que me pregunta el porqué me gustan tanto los relojes.

PD: Por cierto, como podrán observar y a la espera de que el señor del comentario anterior no opine lo contrario, el Dewitt Tourbillon Differential Academia es algo más que un nombre bonito:




Aquí se puede ver el movimiento del tourbillon:




y aquí su primo de nombre tambien feo, donde se aprecia mucho mejor:


Flexiproteccionismo

Los humanos seguimos siendo animales y nos regimos, antes que nada parece ser, por instintos. Aparte del instinto de apalearnos y aparearnos que determina gran parte de nuestra actividad, no terminamos de abandonar determinadas formas de pensamiento y conducta por más que la lógica nos demuestre una y otra vez que es incorrecta.

Por ejemplo, nada indica ni puede indicar jamás que el hecho de conseguir echar la culpa a otro pueda solucionar un problema pero basta que no encontremos entre la espada y la pared (cada vez me gusta más la perversión “entre la espalda y la pared” de aquella famosa modelo) para que rápidamente giremos la cabeza a derecha e izquierda para encontrar un culpable. Un ejemplo ilustrativo de esto la tenemos tan cerca (y a la vez tan lejos) en nuestros mandamases (y mandamasas) que, en tiempos de crisis, pasan gran parte del tiempo buscando un culpable en vez de intentar buscar una solución. Hasta hace dos días la culpa era de los americanos y de Bush y del petróleo y su subida vertiginosa. Ahora, con la bajada vertiginosa del petróleo parece que apuntan a los bancos a los que les acusan a la vez de prestar dinero sin cuidar a quien se lo prestaban y a no prestar dinero porque se han vuelto cuidadosos. Esta polémica no deja de recordarme la de hace unos meses cuando todo el mundo le echaba la culpa de la crisis a la bajada excesiva del precio de dinero y a la vez se pedía que volviese a bajar el interés.

Y es que cuando lo pasamos mal aún somos más dados a echar mano del instinto primario. Y uno de nuestros instintos más primarios es nuestro sentido de pertenencia a tribus. Ese instinto suele llevar aparejado otros como por ejemplo el odio o desprecio a los que no pertenecen a nuestra tribu. Si hablásemos de ética podríamos hablar de xenofobia pero como el término tiene un sesgo decididamente peyorativo los políticos se han inventado aquello del nacionalismo que, según ellos, queda mucho mejor y es más justificable desde un punto de vista moral. Una de las manifestaciones más evidentes del nacionalismo es sin duda el proteccionismo.

Hace un tiempo escribí sobre el equilibrio de Nash donde se demostraba que, económicamente hablando, el bien de los demás era lo mejor para todos y lo difícil que era de aceptar por las personas. Existen cientos de estudios econométricos, matemáticos e históricos que demuestran que nada bueno ha surgido del proteccionismo y que el progreso de la humanidad siempre ha coincidido con el libre comercio. Las épocas y regímenes proteccionistas siempre han sido grises cuando no marcadamente negras (cual cojones de grillo, que diría el entomólogo).

En los últimos días, visto que esto de la crisis parece que arrecia (parece mentira releer algunas cosas de no hace un año cuando me criticaban por decir que ya estábamos en crisis) estoy observando que mucha gente está sacando sus instintos a pasear. El ministro Sebastián, mostrándonos a todos que la formación académica no nos hace más inteligentes, ya ha abierto el melón al reclamar que consumamos productos españoles. Cosa curiosa además porque hoy día es complicadísimo saber que es español o que no es porque, ¿qué es más español, un televisor Sony fabricado en Barcelona o un Jersey Pulligan catalán de pura cepa que fabrica en Marruecos?. Y si un tipo de Fuenlabrada capital se gana la vida vendiendo figuritas de la virgen del Rocío fabricadas en china, ¿donde lo metemos?. ¿Le compro la figurita para encima de la tele o no?. Coño Sebastian es que no se pueden decir las cosas y luego no explicarlas!.

Pero aparte de la estupidez de nuestros políticos, que ya se les presupone (al menos yo la tengo descontada), observo últimamente que la cosa esta derivando peligrosamente a aquello de “lo nuestro para lo de aquí”. Curiosamente, me disponía a escribir este post cuando he leído otro de Lukre que se titula “Trabajos británicos para trabajadores británicos” que me reafirma en mis sensaciones. Aparte del racismo y xenofobia habitual, observo que mucha gente empieza a vestir el mono de la intolerancia con el vestido del proteccionismo y con el adorno del “bien común pero para los de aquí”. Lukre en ese post nos dice que ella “no es de aquí” haciendo referencia a su origen argentino. Sin embargo ella es española legalmente. Yo creo que Lukre no tiene en cuenta lo que normalmente se conoce como “nacionalismo flexible” que consiste en ajustar el “aquí” para que lo de “yo soy de aquí” se te ajuste convenientemente. Yo por ejemplo, no soy de aquí (de aquí de Madrid como dicen en los concursos) porque soy de allá (de Andalucía). ¿Cómo solucionar este problema?. La clave está en la flexibilidad.

Esta doctrina socio-económica a la que desde aquí propongo el nombre de “nació-proteccionismo flexible segundepende” o flexiproteccionismo es sin duda la mejor para estos tiempos de crisis. Bajo el lema “Lo nuestro para los de aquí” yo defiendo fervientemente la nueva doctrina que se basa en el entendimiento suficientemente flexible de los términos “nuestro” y “aquí”.

Por ejemplo, cuando se trata de pagar impuestos, “lo nuestro” incluirá todos los impuestos de todos los europeos y el “aquí” debe ser restringido a nuestra localidad, cuando no barrio, bloque o planta si pudiera ser. Cuando se trata de empresas, lo nuestro toma un carácter universal y se debe defender que cualquier empresa debe tener la máxima facilidad para instalarse en cualquiera de nuestros polígonos industriales siempre y cuando, con la misma convicción, defendamos que sus trabajadores deben ser de nuestra nacionalidad. Porque señores, una cosa es que venga una empresa japonesa y se instale en Badalona pero lo que no puede ser es que venga un señor de Rumanía o Extremadura a llevar lo que por derecho debe ser Badalonés. ¡Ya está bien de los rumanos que vienen aquí a quitarnos nuestros puestos en las fábricas de Siemens, Ford o Nissan!. Y no sólo eso, ahora, con la excusa de que son europeos quieren se quieren quedar con nuestras ayudas europeas que tanto esfuerzo les cuesta a nuestros compatriotas europeos alemanes y franceses. No señor, por ahí no paso. Yo soy europeo sí, pero europeo como los alemanes no como los búlgaros.

Esta nueva doctrina (que así a bote pronto se me ocurre podría ser aplicada perfectamente en la Chipunia de Miroslav) defiende con igual fuerza y firmeza que nuestros productos deben poder ser vendidos a los señores clientes extranjeros siempre y cuando esos señores no se conviertan en indeseables que quieran trabajar en nuestras fábricas o vendernos sus productos que, como todo el mundo sabe, no tienen ni punto de comparación con los nuestros (hechos con componentes chinos). Ah!, y que no se nos olvide. Compremos productos españoles, pero no catalanes ni vascos ni gallegos. Y si son extremeños, que no sean de la zona cercana a Portugal. A no ser que usted sea catalán en cuyo caso debe tener cuidado de que los productos sean catalanes pero evitar el valle de Arán.

Por último y no menos importante, esta doctrina promulga que cualquiera que no sea de aquí y quiera trabajar aquí tenga que pagar impuestos aquí pero que a la hora de que se ponga enfermo o acabe en el paro se valla para allá. No estamos “aquí” para aguantar vagos de “allí”. Ya está bien hombre.

Lo lastimoso de todo esto es que, aparte de consideraciones puramente éticas, resulta que el proteccionismo es la mejor receta para el desastre económico mundial. A todos los que dicen eso de “trabajos españoles para los españoles” o “compremos productos españoles” yo les preguntaría cuantas de las cosas que tienen en su casa pueden asegurar que son de aquí y si estaban mejor cuando no podían comprar nada que fuese de fuera o ahora. Y si aún así pensamos que la España de la postguerra franquista, la cuba de los ochenta, la Alemania del este, la URSS o, cada vez más, la Venezuela de Chavez es la solución y el modelo a seguir, adelante. Consumamos televisiones Perez, Consolas Urquiola y móviles Cugat. Ya está bien de dar de comer a esos extranjeros que en algunos casos ni siquiera son cristianos.