Differential Academia

Nunca he sido demasiado de toros. A pesar de provenir de la ciudad con la plaza de toros donde más se entiende de toreo (en Madrid todo el mundo sabe que lo único que quieren es un toro de setecientos kilos) yo soy un ignorante (en la medida de lo que yo considero la ignorancia claro está que es lo que otros denominan en ámbitos tan variados como la política o consultoría como “expertise”). De hecho, tengo mis duda éticas sobre el toreo y lo que de crueldad supone. Tantas y tantas discusiones sobre este asunto he escuchado entre amigos y conocidos y tantos argumentos a favor y en contra que ya no sé con qué quedarme.


Me contaba mi padre que cuando él llegó a Sevilla lo normal era discutir sobre toros y toreros y no sobre futbol. Hoy en día no cabe ninguna duda que la fiesta nacional es el “jurgol” por más que no sea precisamente de origen muy hispano. No confunde su origen ni incluso la curiosa manía que tenemos de españolizar anglicismos (de football a futbol) o el honorable pero vano esfuerzo que supone el hecho de que uno de los más insignes, importantes y brillantes conjuntos aún mantenga el muy castizo sufijo “balompié” frente a la marabunta de medianía representada por los mucho más vulgares “futbol club”.

Aunque yo soy más de futbol que de toros y obviando consideraciones éticas y morales si yo me encontrara hoy con uno de esos barberos tradicionales que antes de acometer la tarea te preguntaban “toros o futbol” sin duda alguna contestaría “toros”. Y es que hay algo que siempre me ha subyugado de los toros que no tiene que ver con el asunto en sí (aquí que cada uno ponga a su antojo: espectáculo, arte, tortura…) sino más bien con lo que lo rodea y es la parafernalia que lo adorna y, muy especialmente, la terminología y estilo literario barroco que fluye en todo lo que huela a tauromaquia. Desde que era un crío yo leía las críticas taurinas del ABC no porque me interesara lo más mínimo si Pepe Luis Vazquez o Curro Romero habían hecho una buena faena sino por esa extraña sensación de derroche que se siente al apreciar un escrito mucho más por la forma que por el contenido.

Lo cierto es que, aún hoy, cuando por casualidad leo o escucho en la radio una crítica de toros no puedo por menos que compararla con la mediocridad de cualquier crítica deportiva en general y de la crítica futbolística en particular y es obvio que se trata de una comparación aún más cruel de lo habitual. No hay que exagerar ni irse al esperpento del tipo ese que retransmite el futbol en la sexta y que opina que el silencio, ese gran tesoro que tantas veces despreciamos, debe mancillarse con su “que te pasa Salinas?”, o su no menos poético: “hoy, futbol con patatas!”. Incluso los argentinos, cuyas retransmisiones son sin duda mucho más elaboradas y ricas que las nuestras han hecho famoso a un tipo que ante uno de los mejores goles del mundo, el marcado por Maradona a Inglaterra, dijo algo tan sumamente brillante como “ta-ta-ta”.

Los periodistas deportivos, esos que tanto se quejan de las respuestas monótonas y llena de tópicos de los futbolistas son los mismos que, aparte de pegarse con los seguratas de los campos para conseguir acercarse al ídolo de turno y preguntar “manolillo, que tal? ó “y ahora qué?”, en un alarde de virtuismo verbal llaman esférico a la pelota, arco a la portería (curiosa analogía por los cojones) o pierden la verticalidad cuando tropiezan.

Los periodistas taurinos son capaces sin embargo de rellenar una página de pura poesía a partir de diez minutos de “un tipo pasándole un trapo rojo a una vaca por la cara” como definía un buen amigo el para otros, nobilísimo arte del toreo. Porque donde los menos avezados vemos a un tipo dando pases a un toro esta gente ve lo siguiente:

y allí, , con las manoletinas clavadas al albero y la media distancia tomada, surgió de la bruma de mediocridad en que se había convertido la soleada tarde, una tanda limpia, nítida como un manantial, todo hecha a base de cintura y pecho y con la ligazón por bandera. Ni la cumbre del bramido final del ensabanado evitó que el tendido se fundiera como bronce para terminar haciendo gárgaras de oles .

Oiga usted, no es lo mismo. Probablemente no sea del estilo más claro y conciso que existe pero yo me pregunto. Si mañana viniese alguien que no tuviera ni idea de toros ni de futbol, ni de política (vamos, como un ministro pero que no sepa de futbol ni de toros) y leyese una crítica parlamentaria, otra futbolística y otra taurina, ¿Cuál creería que es la actividad más respetable, noble y culta?.

Tal vez de esta reflexión me viene la manía que tengo cuando me acerco a algo que desconozco de leer criticas o comentarios y buscar la belleza más en la forma que en el contenido (del que por lo general en estos casos aún no puedo discernir demasiado). Me encanta recrearme en la jerga y terminología típica. Como soy bastante curioso, mi poco tiempo me da para asomarme a un gran número de aficiones que van desde las maquetas de trenes hasta el BDSM pasando por el aeromodelismo, la pintura al oleo, la grafología o la papiroflexia. Sin embargo lo cierto que es no termino de encontrar esa afición cuya parafernalia me atraiga salvo alguna excepción. La matemática y, cómo no, los relojes.

Y es que, aunque el hecho de que me gusten los relojes no tiene que ver estrictamente con esto, siempre se agradece que la belleza se destile en todo lo que tenga que ver con ellos. No hace mucho vi un reloj y me enamoré de él. No tenía idea de cuál era hasta que después de mucho investigar lo descubrí por casualidad en un libro. El reloj es precioso pero ¿qué me dicen del nombre?, se llama Tourbillon Differentiel Academia.

Suponga la lectora y el lector (las vascas y los vascos también) que alguien le llama y le dice. Tengo aquí un reloj pero no sé si te gustará. Se llama Tourbillon Differentiel Academia.

- Joder, cómpralo ya!.

Ayer, me reafirme en mi idea cuando en una pausa para café decidí “acercarme” a un blog que habla sobre relojes y me encontré un comentario que no era precisamente halagador sobre el reloj que se presentaba. Más bien al contrario era un comentario decididamente contrario e hiriente. Pero contenía sustanciales diferencias en su forma con el típico comentario hiriente que puede encontrarse detrás de una noticia de futbol. El comentario decía así:

La bruñida caja del Audemars Piguet, que enclaustra su nimio y saturado mecanismo, sólo nos muestra la pasmosa e impúdica desnudes de este amasijo de engranajes; y, además exhibe como falaz novedad o divertimento para incautos, el brioso crepitar de sus párvulas piezas.
Podría decirse que un simple cristal de zafiro desfalca la dignidad del delineo de la esfera.


Esta modalidad esqueleto, ahíta y paradójica en su concepción, no hace mayores aportes a la progresión en los diseños en la alta relojería.

Deberían monopolizar en menor grado, este tipo de línea, y convertirlas en ediciones especiales, porque desde el punto de vista creativo, no hacen mayores aportes a la manufactura de estos instrumentos de medición.

Lo realmente curioso es que esta brillante pero cruel diatriba se refería a este "horroroso" reloj:






No quiero imaginar lo que este hombre podría escribir si ve uno de esos relojes cibernéticos que tanto se estilan. En realidad si lo quiero imaginar. Supongo que no diría nada. En según qué ámbitos, para hacer una crítica hay que tener un mínimo de respeto. Y todavía hay gente que me pregunta el porqué me gustan tanto los relojes.

PD: Por cierto, como podrán observar y a la espera de que el señor del comentario anterior no opine lo contrario, el Dewitt Tourbillon Differential Academia es algo más que un nombre bonito:




Aquí se puede ver el movimiento del tourbillon:




y aquí su primo de nombre tambien feo, donde se aprecia mucho mejor:


5 comentarios:

quince dijo...

Várgame, y yo que no hago uso y "disfrute" del clásico medidor de tiempo mecánico pórtatil y de pulsera!!

Por lo menos he entendido porqué este modelo en concreto se llama Torbellino, está curioso, aunque qué quiere que le diga, a mí me marea un poco tanta ruedecita con perdón, si se les puede llamar así. Simple que es una pa estas cosas.

Los toros me gustan estéticamente y sobre todo vivitos y coleando en el campo, a salvo de que los sacrifiquen en nombre del arte.

De los toreros digo lo mismo, pero ellos se meten en la plaza un poco porque quieren y un mucho por el vil metal ... en mi molesta opinión.

Siempre es un gustazo muy ameno y didáctico leerle, don Tito. Un día le van a poner a usted un piso.

Miroslav Panciutti dijo...

Toros, fútbol, relojes ... Estás que te sales. En todo caso, sin duda es fantástico que las cosas las cuenten con arte; las formas son muy importantes

el peregrino gris dijo...

Creo que el nombre del reloj no puede ser más elegante.
Como lo son, en efecto, infinidad de críticas taurinas extraordinariamente escritas, entre las que se contaban las del maestro Joaquín Vidal, para mi gusto el mejor sin discusión.
Las crónicas de D.Joaquín eran puro arte literario, una delicia, además de lecciones - exigentes - de tauromaquia. Seguro que en la Real Maestranza habría aficionados que entendieran más que él, pero en Las Ventas, desde luego, ninguno.

Marta dijo...

Porque a ves es tanimportante la forma como el fondo, o quizás siempre.

pegasux69 dijo...

Solo con oir eso de "Tourbillón" uno se imagina que debe de ser la ostia, más que si se llamase "Tourbillito". Un saludo