Contando hasta diez

1992
- Pues nada que me voy.
- Pero vas a dejar un puesto fijo por un “tal vez”?.
- Pues si, el tal vez me atrae más.
1995
- Y ahora te vas?
- Sip. Ya me hice a la idea de irme a Madrid.
- Pero si te ofrecen un puesto aquí, porque no te quedas?
- Me gusta más el de Madrid.
1998
- A Zaragoza?.
- Me gusta lo que me ofrecen .
2003
- Con lo bien que estas aquí, puesto fijo, buen sueldo, posición… y te vas para montar una cosita que no sabes si saldrá o no?.
- Ya ves.
1985-2009
- Lo tuyo es aversión al compromiso.
- Vale, pues será.

A veces me ha llamado la atención en mi propia intrahistoria como siendo un tipo bastante serio y responsable al que le encanta la rutina (o sea básicamente aburrido) si miro hacia el pasado me encuentro con cierta costumbre de darle esquinazo al destino previsible. Ya hace tiempo que no me planteo si es una virtud o un defecto, simplemente soy así.

Puedo escribir y no disimular
es la ventaja de irse haciendo viejo
no tengo nada para impresionar
ni por fuera ni por dentro.


Hace un tiempo, por razones largas de explicar (y más aún para mí) me estaba empezando a hartar de mi situación. No era una sensación nueva ni las circunstancias eran novedosas. En realidad, los observadores externos dirían que mi situación era privilegiada e incluso a mi mismo me costaría encontrar algún aspecto negativo que obligara a un cambio de rumbo en mi vida. No obstante, como aquel que siente un ligero malestar y adivina que ha pillado la gripe, yo ya comencé a barruntar que necesitaba algo. Un día, no se muy bien porqué, se me metió en la cabeza que necesitaba cambiar de aires, y decidí que lo mejor sería cruzar algún charco y buscar allende los mares.

La noche en vela va cruzando el mar
porque los sueños viajan con el viento
y en mi ventana sopla en el cristal
mira a ver si estoy despierto.


La idea que se me instaló en el coco no era ni pasar dos semanas de vacaciones ni irme a vivir definitivamente a otro país sino más bien algo intermedio. Mi idea era pasar temporadas aquí y allá aprovechando que mi trabajo siempre ha necesitado pocas maletas.

Si la novela de mi vida hubiese estado ambientada en el siglo XVIII hubiese sido un dardo y un mapa pero como estamos en el siglo XXI busque con el Google earth y encontré un sitio frente al mar. No buscaba sol y playa aunque el destino lo tuviese. No quiero vivir en uno de esos resorts de vacaciones, así que encontré una ciudad vivible.


A los pocos que les he ido adelantando algunos de mis planes han reaccionado más o menos como me esperaba. Hace mucho que me conformo con no conocerme así que no aspiro a que me entiendan. Ya he dicho que ni yo mismo sé cómo puede ser que a alguien amante de la rutina se le crucen a veces los cables y se lance (aunque cada vez con más red, es cierto).

Y no volveré a sentirme extraño
aunque no me llegue a conocer
y no volveré a quererte tanto
y no volveré a dejarte de querer


la idea que surgió como una locura fue tomando forma de insensatez completa y un día (bendito/maldito internet) en media hora compre un billete de avión, alquile un apartamento y un coche y me lancé a la aventura de conocer. Dicho y hecho, casi nueve horas de avión te colocan en un mundo distinto, mucho más ineficiente, más incomodo y mucho más dulce y amable. Y en circunstancias totalmente distintas, con destinos casi opuestos, yo volví a sentir como ese chaval de ventitantos que llegaba a la gran capital con la sensación de punto y aparte.


ya lo tengo todo controlado
y alguien dijo no, no, no, no, no
que ahora viene el viento de otro lado
déjame el timón
y alguien dijo no, no, no


Y aquí estamos, con nuevo vuelo confirmado y preparando para comprar un apartamento con vistas al mar. Buscando ropa para vestir al muñeco y, más por educación que por convicción, intentando explicar que no estoy loco, que hoy en día plantearse una vida a caballo entre uno y otro lado del atlántico no es tan tremendo y que no tengo ninguna razón especial ni de carácter económico, ni de carácter sentimental. Que la cosa tiene algunos inconvenientes y muchas ventajas, que vivir consiste en caminar no en llegar y que tener cuarenta y dos años y proponerse un cambio no significa forzosamente que tenga ningún complejo ni que no se me levante.


En definitiva que eso del concepto de la seguridad no es más que una leyenda urbana que no sé muy bien por qué nos empeñamos en propagar. Que a veces es conveniente contar hasta diez pero que muchas veces diez es demasiado tarde. Y que, en cualquier caso, y aunque normalmente mis saltitos suelen estar muy medidos, si alguna vez caigo mal tampoco será el fin del mundo. Ya me han dado besos y pegado alguna que otra bofetada y casi todas, con el tiempo, se recuerdan con cariño.

Lo que no llegará al final
serán mis pasos, no el camino.
No ves que siempre vas detrás
cuando persigues al destino.

Siempre es la mano y no el puñal
nunca es lo que pudo haber sido
no es porque digas la verdad
es porque nunca me has mentido.

No voy a sentirme mal
si algo no me sale bien
he aprendido a derrapar
y a chocar con la pared
que la vida se nos va
como el humo de ese tren
como un beso en un portal
antes de que cuente 10.

Y en estas estamos cuando escucho la nueva canción de fito y claro, con esa manía que tengo (y me consta que no soy el único) de asociar canciones a vivencias me da por unir puntos.